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SIGANLA :))
TOM 11 (ADAPTADA-TERMINADA)
sábado, 16 de julio de 2016
jueves, 14 de julio de 2016
8 9 10 y 11-final
Capítulo 8
Después de aquello volvió a haber
cierta tensión entre Tom y Coreen pero
Chistera resultó ser el cebo perfecto
para hacer salir a la joven de la casa. Le
encantaba ir a ver a la yegua durante
los entrenamientos y mientras ella observaba los
progresos del animal, el ranchero
observaba los de ella. Allí, a salvo de los recuerdos
de su horrible matrimonio y en
compañía de su mejor amigo, Coreen mejoraba a ojos
vista. Sus mejillas adquirieron un
saludable color sonrosado, sus ojos brillaban más,
sonreía a menudo, y estaba empezando a
ganar un poco de peso. Sin embargo, por
mucho que Tom se sintiera menos
culpable al verla recuperarse y deseara que se
quedara allí para siempre, Coreen
seguía ansiosa por salir adelante por sí misma.
Esa tarde, mientras almorzaban, ella
parecía querer decir algo pero no
atreverse, así que su amigo intercedió
por ella:
—Tom, Corrie y yo hemos estado
pensando en irnos pasado mañana al
apartamento de Victoria.
El levantó la vista del plato y miró
reprobador a su hermano.
—Ya hemos hablado de esto, Bill.
Coreen se pasaría casi todo el día allí sola.
¿Qué necesidad hay? Aquí está muy bien
cuidada.
—Pero si estoy casi recuperada
—protestó Coreen—. Ya no tengo mareos y los
dolores prácticamente han
desaparecido.
—Puede, pero aún no has superado el
trauma. Has pasado por tanto... Además,
¿eres infeliz aquí?
La joven vaciló y lo miró tímidamente.
—Bueno, no...
—Entonces no hay más que hablar. Te
quedas —la cortó él con una sonrisa
satisfecha por haber zanjado el
asunto.
—Yo te lo agradezco, Tom —murmuró
Coreen—, pero quiero arreglármelas por mi
cuenta: ser independiente, encontrar
un trabajo, tener mi propia casa...
Tom soltó los cubiertos ruidosamente
sobre el plato y la miró francamente
exasperado.
—Pero no tienes porque lanzarte de
cabeza al vacío. Espera a que pase el año y
hayas recibido el dinero del fideicomiso.
¿Qué tiene de malo esto? ¿Por qué no quieres
quedarte aquí hasta entonces?
—Tom, no quiero ser una carga para ti
sólo por esa estúpida condición en el
testamento de Barry. Ya te dije que no
quiero su dinero. Además, no soy parte de
vuestra familia y no tienes por qué
ocuparte de mí.
—Demonios, Coreen, ya sé que no tengo
por qué hacerlo —masculló él—, pero
«quiero» hacerlo. Esta casa es muy
grande, y Bill y yo vivimos aquí solos. Tú le
haces compañía y eres su mejor amiga.
—Pero...
—Coreen: preocúpate sólo de
recuperarte del todo —la cortó él en un tono suave
pero firme—. No pienses en el mañana.
Ya tendrás tiempo para eso.
El entrenador al que Tom había
contratado para trabajar con Chistera era un
hombre afable llamado Robert Foster de
unos cincuenta años que llevaba toda su vida
preparando caballos pura sangre para
las carreras. Había convencido a Tom para que
contratara también a su hijo Barney
como jockey, quien, aunque no se dedicaba a ello
de manera profesional, estaba en ese
momento sin empleo y le serviría muy bien por su
corta estatura y su habilidad natural
como jinete. Así pues, Barney acompañaba cada
día a su padre y, desde el principio,
por su proximidad en edad con Coreen y su talante
abierto y bromista, hizo amistad con
la joven.
El único problema fue que Tom lo
advirtió y no le gustó nada, por lo que cortó de
raíz reemplazándolo por un hombre
llamado Bruce Lloyd, jockey profesional, más
mayor, muy serio, y bastante poco
agraciado. Coreen, que echaba de menos a Barney, y
se había extrañado con el cambio,
inquirió al señor Foster sobre el asunto.
El hombre le dijo que Tom le había
encontrado un trabajo a su hijo en Victoria en
una empresa de diseño gráfico y
multimedia, que era lo que realmente le gustaba al
joven y que Barney estaba loco de contento.
Coreen dudaba de las aparentemente
nobles razones del ranchero y
sospechaba que había algo más. Necesitaba saber si
estaba en lo cierto y, decidida a
averiguarlo, fue en su busca esa misma mañana. Lo
encontró en el estudio hablando por
teléfono. Coreen se quedó en el umbral pero él le
hizo un gesto impaciente de que
entrara y la joven así lo hizo.
El ranchero estaba poniendo de vuelta
y media a la persona con la que estaba
hablando, y puso fin a la conversación
con una brusca exigencia y colgó el aparato
antes de que su interlocutor pudiera
replicar.
—¿Y bien? —le preguntó a Coreen—. ¿En
qué puedo ayudarte?
—El padre de Barney me ha dicho que le
has encontrado un trabajo en Victoria.
—¿Y?
Coreen quería preguntarle si le había
buscado aquel empleo porque ella había
estaba pasando mucho tiempo con él,
pero no quería que pareciera que estaba
acusándolo de estar celoso. Bien sabía
ella que ése no podía ser el motivo.
—Vamos, pregúntamelo —la invitó Tom.
Coreen enarcó las cejas.
—¿Que te pregunté qué?
—Si lo he hecho para alejarlo de aquí.
Ella entrelazó las manos sobre su
regazo.
—¿Lo has hecho por eso? —le preguntó.
—La verdad es que sí.
Coreen lo miró boquiabierta. ¡Lo había
admitido!
—Oh, ya veo.
—Si contraté al hijo del señor Foster
fue sólo como un favor especial. Desde un
principio a quién tenía intención de
contratar era a Lloyd.
—No tienes que excusarte —le dijo
Coreen en un tono apagado mientras se volvía
hacia la puerta. Recuerdos
desagradables regresaron a su mente en ese momento, y su
voz sonó ausente cuando murmuró—: todo
lo que me agrade tiene que desaparecer, ¿no
es así?, incluso las personas. Una vez
Henry me trajo un cachorro de perro pero no
pude tenerlo más que dos días porque
Barry le pegó un tiro...
Una de las fuertes manos de Tom la agarró
por el brazo y la hizo girarse hacia él.
La joven contuvo el aliento asustada
por su brusquedad, pero él no la soltó.
—Yo no le he pegado un tiro a ese
chico, le he buscado un empleo, un buen empleo
—masculló irritado mirándola con ojos
relampagueantes—. Nunca haría nada
deliberadamente para herirte, así que
deja de juzgarme por el mismo rasero que a mi
primo.
Cuando se enfadaba, Tom resultaba
verdaderamente intimidante pero la joven
recordó entonces el día que le había
lanzado el paquete de harina y él no le había
hecho nada. La otra mano del Tom se
deslizó hasta la cintura de Coreen y la sujetó
suavemente cuando ella trató de
apartarse. La mirada en sus ojos se había tornado
curiosa, especulativa.
—Bill dice que me tienes miedo —le
dijo de repente—. ¿Es cierto?
La joven bajó la vista azorada al
pecho de Tom, observando cómo subía y bajaba
acompasadamente.
—Es que eres tan ... volátil.
—Siempre lo he sido —respondió él—. Me
viene de familia. Pero ya te he dicho
que eso no me convierte en un hombre
violento, Coreen.
—Lo sé —asintió ella—, ni siquiera
cuando estás cubierto de harina —añadió con
una leve sonrisa. Él la tomó de la
barbilla y, para su sorpresa, Coreen se encontró con
que estaba observándola con una
extraña mezcla de solemnidad y curiosidad.
—Cuando entré en la cocina le estabas
diciendo a Bill que Barry utilizaba tus
sentimientos hacia mí para
atormentarte y que...
Ella trató de apartarlo.
— ¡ Por favor, no ... !
—No, Coreen, mi intención no es
avergonzarte —le dijo él con suavidad,
sujetándola por los brazos—. Escucha,
lo que quiero es explicarte que nos hacía lo
mismo a los dos: siempre me decía que
yo era la razón por la que tú lo rechazabas, por
la que no dejabas que te tocara.
—Pues era mentira —murmuró Coreen sin
poder mirarlo—. Yo nunca sentí nada
por él, y él jamás me hizo sentir nada
excepto miedo y dolor. Lo que ocurría entre
nosotros no tenía nada que ver
contigo.
—Pero yo no lo sabía, yo lo creí, y me
sentía horriblemente culpable de su
infelicidad —respondió Tom
abruptamente—. Cuando éramos más jóvenes, Barry era
como mi sombra. Después de la muerte
de su padre siempre me vio como una especie
de figura paterna.
Coreen meneó la cabeza.
—Él te envidiaba. Tú eras todo lo que
él no llegaría a ser jamás. Una vez... una
vez me dijo que había empezado a
cortejarme porque creía que yo te gustaba. Para él
era una especie de competición:
conseguir arrebatarte las cosas que tú querías —se
rió amargamente—. Tiene gracia,
¿verdad?, que se casara conmigo sólo para darse
cuenta de que en realidad tú no
estabas interesado en mí en absoluto.
—Y te hizo pagar por ello, ¿no es así?
—murmuró él. Ella se estremeció.
—No quiero hablar de eso.
Tom dejó escapar un suspiro de
irritación consigo mismo. ¿Cómo podía haber
estado tan ciego y haber creído las
mentiras de aquel canalla?
—Además, ahora ya ha acabado —dijo
ella al cabo de un rato. Se apartó de él,
porque su proximidad la incomodaba, y
al alzar la vista hacia sus ojos, vio en ellos un
verdadero torbellino de emociones pero
no fue capaz de distinguirlas.
—¿Te ha hablado Bill alguna vez de
nuestros padres? —inquirió Tom vacilante.
Coreen asintió con la cabeza y él se
pasó una mano por los cabellos entrecanos.
—La diferencia de edad entre ellos
destruyó su matrimonio.
—A ella le encantaban las fiestas y
todos los acontecimientos sociales, y llegó un
momento en que él fue incapaz de
seguir su ritmo. Ella continuó saliendo a pesar de
todo, dejándolo atrás. Al poco tiempo
se enamoró de un hombre más joven que nuestro
padre, era inevitable que ocurriera, y
lo abandonó. Él vivió dolido por su
comportamiento el resto de su vida,
culpándonos a Bill y a mí por su marcha.
Siempre decía que, si no hubiera sido
porque él le había insistido en que quería tener
hijos, no lo habría dejado.
Coreen contrajo el rostro ante el tono
herido de Tom, sintiéndose mal por el
muchacho que una vez fue. Debió ser
realmente doloroso para ellos.
—Pero eso es absurdo, Tom. Si no
hubierais existido Bill y tú, habría buscado
cualquier otra excusa, ¿no lo ves? Si
ella lo hubiera amado de verdad, jamás lo habría
abandonado. Se habría quedado en casa
con él en lugar de irse a esas fiestas. No
habría querido ir a ningún lugar sin
él.
Tom se volvió hacia ella, entornando
los ojos.
—¿Es esa tu definición de un
matrimonio feliz? ¿Dos personas que son
inseparables?
—No —corrigió ella—, dos personas con
intereses comunes que se aman y tratan
al otro con respeto y buscan las
mismas cosas en la vida. A Barry le gustaba aparentar:
los coches grandes, las mujeres
sofisticadas... —añadió encogiéndose de hombros—.
Sólo le caían bien las personas que
tenían su misma visión prejuiciosa del mundo y su
actitud hedonista. Yo nunca coincidí
con él en nada. A mí lo que me gusta es el aire
libre, los animales...
Desde que Henry les contara la
espantosa verdad, Tom tenía la sensación de
estar descubriendo a una Coreen
totalmente distinta y desconocida, pero, en ese
momento, pensándolo, cayó en la cuenta
de que en el fondo siempre había sabido todas
aquellas cosas de ella: que no le
gustaban las fiestas, que había ido infinidad de veces
con Bill al rancho, y que le encantaba
montar a caballo. Simplemente se había
dejado engañar por Barry, creando en
su imaginación a una Coreen ficticia que nada
tenía que ver con la que él había
tratado hasta su boda. La expresión atormentada en
su rostro tenía perpleja a Coreen que
estaba observándolo con curiosidad.
—Nunca te he conocido de verdad
—murmuró Tom lentamente.
—Nunca te tomaste la molestia
—contestó ella. Suspiró y se dio la vuelta—. ¿Qué
importancia tiene eso ahora de todas maneras?
—añadió con la mano en el pomo.
—Si la compañía de Barney significa
tanto para ti, puedo pedirle que vuelva —le
dijo él con amargura. Ella no se
volvió.
—No, está bien, él... su padre me ha
dicho que está muy contento —dijo—. Sólo
pretendía mostrarse amistoso conmigo,
Tom, nada más. Bill y tú habéis sido muy
amables conmigo, pero es que yo... —no
pudo continuar. ¿Cómo decirle que se sentía
sola, que necesitaba a alguien con
quien charlar? Bill tenía su trabajo, y si le
hubiera dicho eso, habría parecido que
le estaba suplicando que le hiciera compañía—.
No importa.
—¿Te sientes sola, Coreen? —inquirió
él suavemente, como leyéndole el
pensamiento. La mano de la joven se
tensó sobre el pomo de la puerta.
—¿Acaso no nos sentimos todos solos?
—le preguntó en un tono triste. Abrió la
puerta y salió.
Coreen se sorprendió de encontrar a
Tom en la cocina la mañana siguiente cuando
bajó a desayunar. Bill le había dicho
que tendría que marcharse temprano porque
tenía una cita de negocios en Houston,
así que la joven se dio el lujo de dormir un poco
más.
—Dormilona... —la reprendió Tom
suavemente—. Anda, siéntate y toma algo. La
señora Bird ha salido a comprar unas
cosas que necesitaba pero ha dejado el desayuno
preparado.
—¿Cómo es que estás aquí? —inquirió
ella tomando asiento—. Son más de las
diez.
—Oh, tenía algo que hacer esta mañana
—respondió él muy misterioso. Le sirvió
una taza de café y se la colocó
delante—. Venga, tómate algo rápido. Tengo una
sorpresa para ti.
—¿Para mí? —repitió ella abriendo
mucho los ojos. El asintió, sonriendo como un
niño travieso.
—Pero no voy a decirte qué es, así que
no preguntes. Vamos, desayuna.
Cuando hubo terminado, salieron por la
puerta trasera y la condujo al establo.
Una vez en el interior, él abrió la
puerta del primer pesebre, y le hizo un gesto para
que pasara dentro. Y allí, acurrucado
sobre una mantita entre la paja, había un
cachorrito de collie. Coreen casi se
quedó sin respiración al verlo. Era precioso. Se
puso de rodillas junto al animalillo,
que abrió los ojos cuando lo acarició, y emitió
pequeños gemidos. Enternecida, Coreen
lo tomó entre sus brazos y lo abrazó,
echándose a reír cuando el cachorro le
lamió la barbilla. Lágrimas de sorpresa y
gratitud rodaban incesantes por sus
mejillas. Tom se acuclilló junto a ella.
—Ya está vacunado y registrado, y es
todo tuyo. Ahora ya sólo tienes que
ponerle un nombre y... ¡Corrie!
—exclamó cuando vio las lágrimas en su rostro.
—Gracias —musitó ella emocionada,
sonriéndole—. Oh, gracias, Tom, es la cosa
más bonita que... —y, de un modo
impulsivo, le puso una mano en el cuello e hizo que
bajara la cabeza, estampando un beso
en sus labios. Cuando se dio cuenta de lo que
acababa de hacer, se sonrojó
profusamente y apartó el rostro volviendo a centrar su
atención en el perrito.
—Lo llamaré Shep. ¿Verdad que es
precioso? —murmuró.
Pero Tom permaneció callado. Sus ojos
estaban fijos en la figura inclinada de
Coreen. Aquella era la primera vez que
la veía feliz desde que llegara al rancho.
—Bueno, me temo que tengo que volver
al trabajo —dijo tras un ligero carraspeo.
Coreen se incorporó también con el
animal en los brazos y buscó sus ojos como
tratando de hallar algo en ellos.
—¿Por qué? —le preguntó en un susurro.
Tom puso su dedo índice sobre los labios
de la joven.
—Tal vez porque me gusta verte feliz.
—Cuidaré muy bien de él, te lo
prometo.
—Estoy seguro de que lo harás —asintió
Tom. Y se marchó, dejándola con el
cachorro.
Capítulo 9
Coreen y Shep se hicieron inseparables
a partir de entonces. El cachorrillo la
seguía en sus paseos por el rancho, y
se acurrucaba en un rincón cuando ayudaba a la
señora Bird en la cocina.
Una tarde que estaba particularmente
aburrida, entró seguida de Shep en el
estudio para preguntarle a Tom si, por
entretenerse, podía ayudarlo en alguna cosa.
—Ah, aquí vienes con tu perro guardián
—farfulló él divertido al ver al animal
levantando la vista de un libro de
cuentas que estaba revisando.
—¿Verdad que es adorable? —se rió
Coreen. El cachorro estaba teniendo un
efecto extraordinario en ella,
devolviéndole la alegría y la vitalidad. Además, la
vulnerabilidad del animalillo hacía
salir los instintos protectores de la joven, como en
una singular ocasión que Bill le había
referido a su hermano.
—Me han dicho que ya le estás sacando
las castañas del fuego —mencionó
refiriéndose a eso. Ella se sonrojó.
—Bueno, era un perrazo enorme —se
excusó—. No podía permitir que le hiciera
daño a Shep...
—¿Qué fue lo que le tiraste? —inquirió
él, intentando acordarse—. ¡Ah, sí!, unas
zanahorias... —dijo entre carcajadas.
Coreen se sonrojó aún más.
—Bueno, el caso es que funcionó: lo
ahuyenté. Además, como sigas burlándote,
azuzaré a Shep contra ti.
Pero el perrito se había acercado al
ranchero y estaba lamiéndole la mano y
meneando la cola y Tom le dirigió una
mirada elocuente a su dueña.
—Traidor —increpó Coreen al animal.
—Déjalo, no puede evitarlo, me adora
—replicó Tom moviendo una ceja al estilo
James Bond—. Todas las criaturitas
pequeñas me adoran: perros, gatos, niños...
Coreen se rió.
—¿Alguna vez has pensado en tener
hijos? —le preguntó sin pensar.
Los ojos de Tom se elevaron hacia los
suyos, y de pronto descendieron hasta el
vientre de la joven, permaneciendo
allí tanto tiempo, que Coreen entreabrió los labios
inconscientemente, sintiéndose
acalorada, y notó que su cuerpo respondía de maneras
que jamás habría imaginado. Sus ojos
volvieron a encontrarse, y la joven lo observó sin
aliento mientras la ardiente mirada
masculina bajaba hasta sus labios y volvía a subir.
Tom se puso de pie, sosteniéndole la
mirada mientras rodeaba la mesa para ir junto a
ella. Se colocó tan cerca que la joven
podía sentir el calor de su cuerpo y su aliento
contra su frente.
—Hace años que no me permito siquiera
pensar en ello —le dijo—. ¿Sabes por
qué?
Coreen meneó la cabeza muy despacio.
—Porque la gente creería que soy su
abuelo en vez de su padre. Sí, Coreen, los
años no pasan en balde. Además, cuando
crecieran, no podría hacer con ellos las cosas
que otros padres hacen con sus hijos.
Cuando les llegara el momento de ir a la
universidad yo sería ya un
pensionista.
Sin embargo, ella apenas estaba
escuchándolo.
—Pero eres tan guapo... —murmuró
involuntariamente—. Sería... una lástima que
no tuvieras hijos. Serían unos niños
tan preciosos...
El ritmo del corazón de Tom se
disparó. Jamás había deseado tanto a una mujer.
—¿Y tú? —inquirió tratando de
controlarse.
—Nunca quise tenerlos con él —murmuró
Coreen con voz entrecortada—. Me
aseguré de evitarlo.
Tom pareció tensarse.
—¿Quieres decir... de modo permanente?
—inquirió con una nota de ansiedad que
Coreen no supo a qué atribuir.
— Oh, no, tomaba anticonceptivos
—contestó ella. Tom, que no se había dado
cuenta de que estaba conteniendo el
aliento, dejó escapar un suspiro de alivio y
Coreen, que lo advirtió, lo miró
extrañada.
—¿Hay alguna razón por la que te
importaría el que no pudiera tener hijos?
—inquirió quedándose de piedra al
darse cuenta de lo directa que había sido. Tom
estaba aún más sorprendido que ella.
Se quedó mirándola un momento, completamente
en blanco, y después frunció el ceño y
escudriñó en sus ojos como buscando la
respuesta hasta hacerla sonrojar.
—No lo sé.
Se acercó a ella, tomó su rostro entre
sus manos y acarició sus labios con los
pulgares.
—No cierres los ojos —le dijo con voz
ronca, inclinándose despacio hacia ella—.
Quiero que sepas todo el tiempo que
soy yo. Todo el tiempo...
«Como si pudiera olvidarlo...», se
dijo Coreen hecha un manojo de nervios. Y la
boca masculina descendió sobre la
suya, tomándola en un sensual beso. Coreen se tensó
y puso las manos en la pechera de su
camisa, como para mantener el espacio vital entre
ellos pero Tom no se detuvo. Con una
mano, él le acariciaba la mejilla, y la otra bajó
hasta su espalda, atrayéndola hacia
él. Mientras se besaban, no dejaron de mirarse a
los ojos, y Tom pudo ver cómo se
dilataron las pupilas de la joven cuando se movió y sus
senos se frotaron contra su ancho
tórax. La mano en el hueco de su espalda la atrajo
aún más hacia él y Coreen sintió cómo uno
de los fuertes muslos de Tom se introducía
entre los suyos, provocando un
contacto muy íntimo que era nuevo y excitante para
ella.
Tom levantó la cabeza para mirarla. Su
respiración se había tomado tan
entrecortada como la de ella. La mano
que tenía contra la mejilla de Coreen descendió
hasta los labios, trazando su contorno
con los dedos, al tiempo que la otra la atrajo
aún más hacia él; esto la hizo
apreciar cierto cambio en la anatomía masculina que la
turbó. Instintivamente, trató de
apartarse de él, pero Tom dio un paso atrás,
quedándose sentado en el borde de su
escritorio, y tiró de ella al mismo tiempo que
abría las piernas y la aprisionaba
entre ellas.
Coreen se sonrojó profusamente y no
era capaz de alzar su vista más allá de la
barbilla de Tom.
—Mírame, Corrie —le susurró él. Ella
obedeció y Tom vio en sus ojos timidez,
aprehensión y también excitación, todo
a la vez.
Él entreabrió los labios para dejar
escapar el aire que había estado conteniendo,
y sus manos la alzaron un poco hacia
él, colocándola en una posición todavía más íntima.
Gimió ante las maravillosas
sensaciones que lo invadieron, y apretó los dientes para
contenerse. La mantuvo allí con
firmeza, emitiendo un suave gruñido por el placer que
le produjo involuntariamente Coreen al
moverse nerviosa para apartarse de él.
—¡Tom...! —protestó enfebrecida al ver
que él no la dejaba ir.
—Quiero que sientas el placer que me
da tenerte tan cerca de mí, Corrie —le
dijo él mirándose en sus ojos—. ¿Te da
vergüenza?
—Es que nunca había hecho esto
contigo... —balbució ella.
—No, eso es verdad —asintió Tom. Sus
ojos descendieron hasta la blusa de
Coreen, donde claramente se marcaban
los pezones de la joven. Ella sabía muy bien lo
que estaba tratando de averiguar, y no
pudo menos que pensar que su cuerpo era un
traidor por delatarla.
Una de las largas piernas del ranchero
rodeó las de ella a la altura de la rodilla,
sosteniéndola contra él, mientras
deslizaba una mano por debajo de la blusa. Ted la
miró a los ojos y fue subiendo la mano
hasta alcanzar el sostén de encaje. Acarició un
pezón con el índice y el pulgar y notó
cómo Coreen se estremecía de arriba abajo.
—¿Es aquí donde te hirió? —inquirió
quedamente. Ella tragó saliva.
—No. Es... es el otro —respondió en un
hilo de voz.
—Tendré mucho cuidado —le prometió Tom—.
No tengas miedo.
Tom alargó la mano por detrás de su
espalda para alcanzar el enganche del
sostén, lo desabrochó, y segundos más
tarde su mano había tomado uno de sus senos
desnudos, haciéndola gemir extasiada.
Retiró la mano un momento, y con las
dos tomó el dobladillo y empezó a levantar
la tela. Coreen trató de detenerlo
agarrando sus muñecas, pero él sacudió la cabeza y
siguió subiéndole la camisa y el
sostén hasta dejar sus pechos al descubierto.
El impacto de su mirada sobre su
cuerpo hizo que Coreen se quedara muy quieta.
Tom observó en silencio la fina y
alargada cicatriz, donde todavía se podían apreciar
los lugares donde habían estado los
puntos de sutura. Apretó la mandíbula, furioso con
el hombre que lo había hecho, y desvió
sus ojos hacia el otro seno, admirando largo
rato su perfección, su firmeza, y el
erecto y oscuro pezón.
Cuando Coreen vio cómo inclinaba la
cabeza, estaba demasiado hipnotizada como
para darse cuenta de lo que iba a
hacer, y cuando abrió la boca sobre su seno indemne,
y comenzó a succionar, se puso tensa y
un gemido ahogado escapó de su garganta. Tom
se apartó al momento, para ver si
había sido pasión o temor lo que la había hecho
emitir ese sonido.
—¿Te hago daño? —le preguntó
suavemente. Coreen se mordió el labio inferior,
dudando entre decirle la verdad o una
mentira, pero Tom no necesitaba que
contestara. Podía leer la respuesta en
sus ojos.
—No tienes que avergonzarte —le
susurró—. Yo también estoy disfrutando. Eres
tan suave... Cuando pongo mis labios
sobre tu pecho es como si estuviera tocando
pétalos de rosa.
Se inclinó de nuevo y esa vez ella no
se resistió en absoluto sino que le dejó
hacer, jadeando suavemente mientras él
succionaba hasta hacerla temblar.
Tom la alzó en sus brazos y de pronto
Coreen se encontró tumbada sobre la
mesa, entre un mar de papeles. Los
labios masculinos se posaron de nuevo sobre los
suyos, besándola con insistencia,
mientras que una mano se introducía por entre sus
muslos, abriéndole las piernas. Tom
empujó sus caderas contra las de ella, y la joven
pudo sentir su excitación, a pesar
incluso de la tela de los pantalones entre ellos.
Coreen jadeó y se impulsó hacia arriba
frenética, tratando de estar aún más cerca de
él, al tiempo que las manos de Tom se
colocaron debajo de sus nalgas, empujándola
también hacia él en un ritmo
enloquecedor.
Coreen le clavó las uñas en los
hombros y se estremeció, emitiendo unos gemidos
tan intensos que los labios de Tom,
que habían vuelto a apoderarse de su seno, tuvieron
que abandonarlo para ahogarlos. Tom
estaba casi tan perdido en el placer como ella y
siguió sacudiendo sus caderas contra
las de ella en un auténtico delirio y de su
garganta escapó un gruñido gutural de
placer.
Coreen nunca hubiera imaginado que
algo así pudiese ocurrir entre un hombre y
una mujer cuando estaban completamente
vestidos. Mordió el labio inferior de Tom,
hundiendo sus dedos entre sus cabellos
plateados, sin dejar de moverse debajo de él,
dejándose llevar por el frenesí hasta
que las oleadas de placer que la invadían
comenzaron a hacerla convulsionarse.
Y, a pesar de todo, aquello no era suficiente, y
no había manera de estar más cerca de
él de lo que ya lo estaba a menos que...
Tom se dio cuenta entonces de lo lejos
que estaban yendo, y sus manos se
aferraron con brusquedad a las caderas
femeninas, intentando detener su movimiento.
—No... —jadeó él, apartándose de ella
mientras aún estaba a tiempo y
apoyándose en la pared—. Dios, Corrie,
no...
Ella se incorporó, mirándolo sin
comprender, y con el movimiento la camisa volvió
a caer, ocultando su torso desnudo.
—¿Por qué has parado, Tom? —inquirió
consumida por el deseo—. No quería que
pararas...
Pero él había cerrado los ojos con
fuerza y estaba apretando los dientes,
luchando por controlar la desesperada
necesidad de poseerla.
—Tom, por favor... —le rogó ella yendo
hacia él y poniendo las manos sobre su
pecho. Él abrió los ojos y apartó el
rostro.
—No. Si seguimos podría dejarte
embarazada —masculló.
Tal y como lo había dicho, parecía que
aquello pudiera ser el fin del mundo para
él. Y entonces Coreen recordó sus
palabras: no quería tener hijos, no quería ataduras...
Lo había olvidado en medio de los
besos y las caricias, pero él no. Se había dejado
llevar igual que ella, pero no hasta
el punto de olvidar las posibles consecuencias.
Coreen inspiró temblorosa.
—Sí —musitó al cabo de un rato,
bajando la vista—. Qué tonta soy... haber
olvidado eso...
Tom apenas podía oírla. Su cuerpo
estaba paralizado por un dolor que no había
experimentado desde sus años de
adolescente.
—Coreen, no lo hagas más difícil...
—le rogó. Ella se apartó mientras él se
concentraba en su respiración, hasta
que la rigidez de su cuerpo empezó a disiparse.
Coreen lo observó, registrando en su
mente cada uno de los detalles que delataban su
deseo y cómo lentamente, muy
lentamente, iba logrando dominarlo.
—Deja de mirarme, ¿quieres? —masculló
él azorado.
—Tengo curiosidad —dijo ella con
sinceridad—. Nunca te había visto en ese
estado.
Tom la atravesó con la mirada.
—Estarás orgullosa de haberme puesto
así —le dijo sarcástico.
—En cierto modo sí —respondió ella—.
Ningún hombre me había deseado jamás
hasta ese punto. ¿Siempre os duele
cuando intentáis conteneros?
El soltó una risa de incredulidad.
—Oh, por amor de Dios... —farfulló
como si no pudiera creer que estuvieran
teniendo esa conversación.
—Bueno, pero, ¿os pasa siempre o no?
—insistió Coreen—. En algunas revistas he
leído que sí, y en otras que no, pero
todas coinciden en que podéis controlaros. Barry
decía que él no podía controlarse y
que le dolía mucho pero eso no es cierto, ¿verdad?
Tom resopló.
—Depende de lo excitado que uno esté
—masculló entornando los ojos—. ¿Lo
excitabas hasta el punto que me has
excitado a mí y luego lo rechazabas?
Coreen se puso lívida. No comprendía
que era la frustración de Tom la que
hablaba, la frustración por no
permitirse a sí mismo amarla como deseaba, y ella
atribuyó sus crueles palabras a que
seguía sin creer que ella no tenía la culpa de la
muerte de su primo. Coreen dio un paso
atrás.
—No hubiera podido
excitarlo de ningún modo aunque hubiera sido una Mata Hari
—le dijo herida—. El siempre me
acusaba de ser frígida pero la realidad era que él
era...
La ira por la actitud de Tom la estaba
sacudiendo de tal modo que no pudo
terminar la frase.
—¿Qué era? —inquirió él. Coreen dejó
escapar una risa amarga. ¿La creería
siquiera si se lo dijera?
—¿Acaso importa ya? —le espetó—. Está
muerto.
Y salió del estudio sin mirar atrás.
A la hora de la cena, Coreen se
encontró con que sólo había dos platos en la
mesa. Bill y ella se sentaron a comer
sin esperar a Tom y observó que su amiga
parecía muy callada pero no dijo nada
al respecto.
—¿Ha ocurrido algo? —se decidió a
preguntarle al fin. Bill contrajo el rostro.
—La verdad es que no estoy muy segura
—contestó—. ¿Habéis discutido Tom y
tú?
Coreen bajó rápidamente la vista.
—Más o menos —murmuró—. ¿Por qué?
—Parece ser que esta tarde salió a ver
a un proveedor, y llamó a la señora Bird
desde el aeropuerto para decirle que
se iba a Nassau... sin cambiarse, ni hacer
maletas...
Coreen sintió como si la hubieran
golpeado. Sabía muy bien porqué se había
marchado. Tras lo ocurrido entre ellos
en el estudio, su mente retorcida debía estar
imaginando que iba detrás de él, que
había estado tratando de seducirlo para que se
casara con ella, y por eso se había
apresurado a poner tierra de por medio. Podía
esperar cualquier cosa de él después
de que le hubiera dado a entender que creía que
ella había sido la culpable de que
Barry se diera a la bebida y se hubiera matado por
negarle su cuerpo.
—Ya veo —murmuró al darse cuenta de
que Bill estaba esperando a que dijera
algo.
—Y parece ser que se marchaba con
Lillian.
Aquello fue la gota que colmó el vaso.
Coreen soltó el tenedor y rompió a llorar
amargamente.
—Oh, Dios mío, esto es exactamente lo
que me temía —murmuró Bill con
tristeza, levantándose y yendo a sentarse
junto a su amiga, abrazándola en un intento
de consolarla—. Pobre Corrie, el amor
no muere por mucho que uno trate de ignorarlo,
¿no es cierto? A pesar del modo en que
te ha tratado sigues enamorada de él.
— ¡Lo odio!, ¡lo odio! —sollozó Coreen
angustiada.
—Lo sé. Es un bruto —asintió Bill,
sacando un pañuelo de su bolsillo y
poniéndolo en su mano.
—Sigue pensando que Barry murió por mi
culpa —gimoteó Coreen.
—Por supuesto que no piensa eso —replicó
Bill—. Lo que pasa es que está
convencido de que es demasiado mayor
para ti y no quiere aceptar el hecho de que
estáis hechos el uno para el otro. Le
van quedando cada vez menos excusas, y por esa
razón salta con las cosas más
absurdas. No creas nada de lo que te diga, Corrie. Ha
dejado que lo que le ocurrió a nuestro
padre lo obsesione y está afectando a su vida. Y
lo peor es que no sólo se está
haciendo daño a sí mismo sino que también te lo está
haciendo a ti.
A pesar de sus palabras, Coreen lloró
hasta que se notó la garganta en carne
viva.
—No puedo quedarme aquí —dijo
sonándose con el pañuelo que le había dado
Bill cuando estuvo más calmada—. Todo
esto está destrozándome...
—Lo sé, Corrie, pero, ¿crees que estás
bien como para...?
—Estoy bien —la cortó Coreen tajante—.
El otro día, Tom me adelantó algo de
dinero del fideicomiso, y de momento
me las apañaré con eso. Además, no voy a
quedarme de brazos cruzados. Voy a
buscar un trabajo, y lo encontraré. Tiene que
haber algún puesto libre que pueda
ocupar en Victoria, como camarera, o secretaria, o
lo que sea.
Bill contrajo el rostro.
—Pero, escucha, Corrie, no puedes...
—¡Tengo que hacerlo! —exclamó Coreen
atormentada—. Si me quedo terminaré
hincándome de rodillas ante él,
suplicándole un poco de afecto. ¿Es que no lo ves,
Bill? ¡Lo amo!
Su amigo se mordió el labio inferior.
—Te lo está poniendo realmente
difícil, ¿no es verdad?
—Es mucho peor —murmuró Coreen,
dejando escapar una risa amarga—. No
quiere ninguna clase de compromiso, no
quiere niños, y mucho menos a mí. Me lo dijo
antes de marcharse —añadió, sin
referirle lo que había ocurrido en el estudio.
—Tom me matará cuando vuelva y vea que
te has ido —dijo Bill.
—No es verdad —replicó su amiga con
pesadumbre—. Se sentirá aliviado.
Capítulo 10
Al día siguiente, domingo, Coreen
estaba ya en Victoria.
—Si necesitas algo ya sabes cuál es el
número del rancho —le dijo Bill cuando
hubieron llenado el frigorífico y su
amiga estuvo instalada—. Vendré el sábado próximo
con Shep —se quedó mirándola un
momento vacilante—. ¿Seguro que estarás bien?
—Pues claro que sí. Esto es Victoria,
no Nueva York —murmuró Coreen con una
sonrisa. Su amiga meneó la cabeza.
—Deberíamos haber hecho esto antes —le
dijo—. Tenía la esperanza de que mi
hermano se diese cuenta de lo idiota
que estaba siendo pero parece que me equivoqué.
Supongo que se está haciendo demasiado
viejo para cambiar.
Coreen se encogió de hombros.
—Si hubiera querido casarse ya lo
habría hecho hace años. Me he dejado llevar
por mis sueños. Qué absurdo, ¿no?, que
lleve años enamorada de un hombre que no
siente nada por mí...
Bill suspiró con tristeza.
—Te veré el sábado. Llámame si
necesitas cualquier cosa.
Coreen le aseguró que lo haría y fue
al vestíbulo para despedirla. Pasó el resto
del día sintiéndose muy sola, ansiando
que sonara el teléfono, que fuera Tom quien la
llamaba para decirle que todo era un
error. Pero no ocurrió y a la mañana siguiente
Coreen se había hecho ya a la idea de
un futuro sin él.
Bill le había dado un par de
direcciones de sitios donde podía acudir en busca
de trabajo y no sólo fue a esos sino
también a otros cuatro que vio en el tablón de
anuncios de la agencia de empleo.
Increíblemente, tuvo la suerte de estar en el lugar
adecuado en el momento adecuado. Una
de las ofertas era de una inmobiliaria que
necesitaba una recepcionista y, aunque
Coreen no contaba con experiencia, la mujer
que la entrevistó le dijo que era
exactamente el perfil que estaban buscando y que
querían que empezara inmediatamente.
Y así, el martes, Coreen estaba ya
trabajando. Ese primer día le explicaron la
rutina del puesto y se pasó el día
archivando, atendiendo llamadas, concertando citas
para su jefe y los otros cuatro
agentes de la inmobiliaria... Cuando llegó al
apartamento al final de la jornada
estaba rendida porque no estaba acostumbrada a
tanta actividad, pero era un cansancio
gratificante. Por primera vez en su vida se
sentía útil, sentía que había tomado
las riendas de su vida. Y poco a poco, su
autoestima empezó a crecer.
Para el sábado, cuando llegó Bill con
un excitado Shep, Coreen estaba
radiante. Se había cortado el pelo y
llevaba ropa nueva. Le brillaban los ojos y las
sombras que había habido bajo ellos
habían desaparecido.
—¡Estás estupenda! —exclamó Bill—. ¡No
puedo creerme lo cambiada que
estás!
—Nunca había imaginado lo maravilloso
que podía ser ganarse una misma la vida y
poder hacer lo que quieras, sin tener
que depender de nadie. Con el sueldo que tengo ni
siquiera necesitaré el dinero del
fideicomiso y podré pagaros el alquiler del
apartamento —le dijo, agachándose para
acariciar al impaciente perrito—. Dios mío,
cómo has crecido en estos días, Shep.
¡Te he echado tanto de menos...!
También echaba de menos a Tom pero
estaba esforzándose por no pensar en él.
No podía dejar que pensara que estaba
penando por él.
—¡¿Que Coreen se ha ido?! —exclamó Tom
fuera de sí cuando regresó dos
semanas después mientras cenaban—.
¿Cuándo?
Bill contrajo el rostro. Sabía que no
se lo iba a tomar bien.
—El día después de marcharte tú. Le he
dejado nuestro apartamento en alquiler.
Ha encontrado un trabajo como
recepcionista en una inmobiliaria y está realmente
transformada, tendrías que verla.
A Tom le llevó un momento hacerse a
las noticias. No había imaginado que se
marcharía. Se había ido fuera con la
esperanza de controlar su pasión antes de romper
definitivamente sus lazos con ella. Lo
que había ocurrido aquel día en el estudio había
sido tan increíble que apenas había
podido conciliar el sueño los días que siguieron.
Estaba loco por ella pero no podía
ceder, tenía que apartarse de ella porque era
lo mejor para ambos. Aquello era lo
que se había dicho el día que tomó el avión, pero
tras dos semanas de negar sus
sentimientos, lo único que había conseguido era
frustrarse aún más. Sólo podía pensar
en los dos angustiosos años que había pasado
con Barry. Lo único que había
pretendido era ahorrarle el calvario de atarse a un
hombre mucho mayor que ella y acabar
siendo infeliz. Pero, a pesar de sus nobles
motivos, le había causado tanto
dolor...
—Por cierto, ¿cómo está Lillian?
—preguntó Bill de repente en un tono
sarcástico, mientras cortaba un trozo
de rosbif de su plato. Tom la miró contrariado.
—No lo sé, bien, supongo.
—¿No lo sabes? ¿Qué pasa, la perdiste
en Nassau? —lo picó ella. Tom alzó la
vista y la miró furibundo.
—Nos encontramos en el aeropuerto pero
no íbamos juntos.
—Pero tú le dijiste a la señora Bird
que...
Tom gruñó de pura frustración. ¿Era
eso lo que Coreen había creído, que se había
marchado con Lillian después de lo que
habían compartido?
—Da igual que fuera un malentendido
—replicó su hermano—. El modo en que la
has tratado todo este tiempo... —murmuró
sacudiendo la cabeza—. Coreen se pasó
toda la noche llorando después de que
te fueras —añadió sin sentir lástima por él
cuando palideció—. Se marchó de aquí
maldiciéndote, pero el sábado, cuando la vi,
estaba resplandeciente. Ni siquiera te
mencionó.
Tom miró furioso a su hermano que
siguió comiendo tranquilamente como si no
ocurriera nada.
—Mmm... esto está delicioso —murmuró—.
¿Has perdido el apetito?
Tom apartó su plato indignado.
—Sí.
—¿Por qué te irritas? Todo este tiempo
no has hecho más que decir que la
querías fuera de tu vida y al final lo
has conseguido. ¿No estás contento?
Tom no contestó sino que apuró
malhumorado el café que quedaba en su taza.
—Además, eres demasiado viejo para ella,
¿recuerdas? —insistió Bill,
poniendo el dedo en la llaga—. Y
tampoco quieres hijos. Coreen todavía es joven y está
a tiempo de volver a casarse y formar
una familia. Y hablando de formar una familia...
Eso mismo me dijo el señor Foster el
otro día de su hijo Barney, que estaba pensando
que ya era hora de sentar la cabeza y
formar una familia —sus ojos brillaron
maliciosos al ver cómo Tom apretaba la
mandíbula—. Oye, ¿no le habías encontrado un
trabajo en Victoria a Barney? ¿Verdad
que sería divertido que se encontrara con
Coreen? A lo mejor acaban casándose...
Tom se levantó de la mesa, con tales
náuseas que no podía ni mirar la comida que
quedaba sobre la mesa. Fue hasta su
estudio sin ver siquiera por dónde iba, y dio un
portazo tras de sí. Abrió el mueble
bar que tenía allí y sacó una botella de whisky.
«No», se dijo a sí mismo, «ésa no es
la respuesta». Se quedó mirando un buen rato la
botella y el vaso en su mano.
—¿Y por qué no? —masculló irritado
sirviéndose un trago. Una hora más tarde,
Bill lo encontró derrumbado sobre el
escritorio, completamente bebido.
—Pobre hermano... —murmuró el joven
chasqueando la lengua—. Eres incapaz de
hacer la menor concesión, ¿no es
cierto?
—Me ha dejado... —farfulló Tom.
—No, tú la dejaste marchar a ella
—corrigió Bill—. Coreen está enamorada de ti.
—No —replicó él obstinadamente—. Nunca
me ha amado, es demasiado joven
para saber lo que es el amor.
—El amor no tiene edad, Tom —le dijo
su hermano—. Todos estos años te ha
querido pero tú no has hecho más que
apartarla de ti. Tú eres lo único que ella quiere
en el mundo, aun con tus canas y tu
mal carácter.
—¡Oh, Dios, no, no...!, ¡soy demasiado
mayor para ella! ¡Demasiado mayor para ser
su marido, demasiado mayor para ser padre...!
Se cansaría de mí, ¿es que no lo ves?
Con los años querría a alguien más
joven a su lado y entonces me partiría el corazón si
me abandonara...
Bill frunció el ceño y se quedó de
piedra mirándolo con incredulidad. ¡Estaba
admitiendo que estaba enamorado de
ella!
—Tom... —lo llamó suavemente. Él se
había llevado las manos a la cabeza y estaba
balanceándose en el asiento, adelante
y atrás, mientras murmuraba:
—No he querido a nadie más... a nadie
más... desde la primera vez que la vi... La
deseo tanto... la quiero más que a mi
vida...
Exhaló un profundo suspiro y volvió a
derrumbarse sobre la mesa.
Bill meneó la cabeza tristemente. Era
tan absurdo que dos personas que se
amaban de aquel modo no pudieran estar
juntas... Haciendo que se apoyara en el lo
llevó al sofá y lo hizo echarse allí
cubriéndolo con una manta que había en el armario.
Después apagó la luz y salió cerrando
la puerta tras de sí.
A la mañana siguiente, para sorpresa
de Bill sin embargo, Tom apareció a la
hora de desayunar duchado, y con una
expresión muy tranquila como si no
hubiera pasado nada la noche anterior.
Cuando ocupó su asiento en la mesa miró a su
hermano con cierta altivez como desafiándola
a decir algo. Pero Bill estaba
demasiado contrariada como para
atreverse.
—Em... hoy tengo que ir a Victoria por
un asunto de trabajo —le dijo a su
hermano—. A lo mejor paso la noche
allí para ver a Coreen si acabo muy tarde.
—Estupendo.
Bill se quedó mirándolo.
—¿Quieres que le diga algo de tu
parte?
Tom estaba untándose una tostada y no
la miró.
—No.
Bill meneó la cabeza incrédula y se
sirvió otra taza de café.
—Has desperdiciado varios años de tu
vida siendo noble —le dijo—, y aun así te
niegas a cambiar de actitud... Puede
que Coreen vuelva a casarse, pero es a ti a quien
ama. ¿Permitirás que se case otra vez
con alguien a cuyo lado no podrá ser feliz?
Tom no reaccionó en absoluto.
—Es su vida. Tiene derecho a cometer
sus propios errores.
—Enamorarse de ti es el mayor error que
cometió jamás —farfulló Bill con
dureza dejando la taza sobre la mesa—.
Nunca ha dejado de amarte, pero tú no has
hecho más que herirla y ser cruel con
ella —se levantó de la mesa, mirándolo irritado—
Ojalá nunca me hubiera hecho amiga de
ella. Así tal vez le habría ahorrado todos sus
sufrimientos.
Los ojos claros de Tom se elevaron
amenazadores hacia los suyos.
—No tienes derecho a entrometerte en
mi vida, Bill, ni en la de Coreen.
—No me estoy entrometiendo —replicó
ella—. No pienso volver a intentar hacer
de Cupido, te doy mi palabra, pero a
cambio espero que consideres al menos
mantenerte alejado de ella para que
pueda vivir en paz lo que le quede de vida.
Tom bajó la vista al plato.
—Eso es lo que he pretendido siempre
—murmuró.
Bill vaciló, sintiéndose mal, pero no
había nada más que pudiera hacer. Había
tratado de hacerle ver que estaba
siendo un cabezota, pero él simplemente se negaba
a dejarse ayudar.
Capítulo 11-FINAL
Curiosamente, tal y como había
vaticinado Bill, Coreen se había chocado un día
con Barney en las calles de Victoria,
y la joven se había sentido muy feliz de
encontrarse con una cara conocida.
Retomaron su amistad y empezaron a quedar un
día, y otro, y otro...
Bill se quedó a pasar la noche con su amiga
como le había dicho a su hermano,
y aunque no mencionó nada de su
conversación ni de que se había emborrachado,
Coreen sí mencionó a Barney. Le dijo
que había decidido que seguir con su amor
imposible por Tom no haría más que
matarla a disgustos y que al fin estaba disfrutando
de la vida.
Era una buena actriz, se dijo Bill,
que a pesar de todo conocía muy bien a su
amiga y sabía que se estaba haciendo
la fuerte. Sin embargo, ya no había nada que ella
pudiera hacer, y no podía sino esperar
que Barney, si iba a ser finalmente quien se
casara con ella, la hiciera feliz.
Coreen se merecía ser feliz.
Lo que Bill ignoraba, era que no había
sentimientos de esa índole entre el
joven y su amiga. Simplemente
disfrutaban de la compañía del otro y de hecho, Barney
ya estaba enamorado de otra persona,
una mujer casada, lo cuál hacía su idilio tan
imposible como el de Coreen y ese
había sido un punto más en común que los había
acercado. A los dos les encantaba el
cine y Coreen empezó a invitarlo al apartamento
para ver juntos una película de
alquiler, hasta que se convirtió en una costumbre.
Cuando Bill se enteró de lo inocente
que era su relación lo encontró muy divertido, y
se unió a ellos, haciéndose también
amiga de Barney.
—Últimamente vas mucho a Victoria
—comentó Tom una noche durante la cena.
—Es que lo paso muy bien con Coreen...
y con Barney.
Tom se puso rígido.
—¿Barney?
—Sí, tiene gracia, ¿verdad? Al final
acabaron por encontrarse... Victoria no es
una ciudad tan grande... y los viernes
quedan por la noche para ver películas de vídeo.
Creo que pasan mucho tiempo juntos.
—¡¿Está acostándose con él en «mi»
apartamento?! —rugió Tom. Bill lo miró de
hito en hito.
—Por amor de Dios, Tom, escúchate... ¿Es
ésa la clase de mujer que crees que es
Coreen?
Tom estaba rabiando de celos y no
podía pensar con claridad por las violentas
emociones que lo sacudían. Coreen...
con Barney...
—Después de su matrimonio con un
hombre que la maltrataba, ¿crees que va a ir
saltando de cama en cama?
Probablemente incluso le dé pánico tener relaciones
íntimas...
—No conmigo —masculló él sin darse
cuenta de que lo había dicho en voz alta.
Bill abrió mucho los ojos. Se había
quedado de una pieza.
—No me he aprovechado de ella si es
eso lo que significa esa mirada
desaprobadora —le dijo su hermano con
una sonrisa burlona—. Todavía tengo mis
principios.
—Oh, claro, tus principios... Tom, por
favor, otra vez no... —murmuró el,
riéndose con incredulidad. ¿Cuánto más
iba a seguir escudándose en eso?
—No, escúchame. ¿Recuerdas lo mal que
lo pasamos cuando éramos niños por lo
que ocurrió entre nuestros padres?
—Lo recuerdo muy bien, pero tú lo has
trastocado —replicó el—. Nuestra
madre nunca amó a nuestro padre. Se
casó con él porque era rico e influyente, y nunca
nos quiso a nosotros porque
interferíamos con su estilo de vida. Fue papá quien insistió
en que quería tener hijos.
—Pero ella debía estar enamorada de él
cuando se casaron —insistió él.
—Ni siquiera tú te crees eso —le
espetó ella—. Es sólo algo a lo que te has
aferrado todo este tiempo para evitar
tus sentimientos por Coreen.
El domingo Coreen se levantó tarde, se
puso unos vaqueros gastados y una
camiseta y se sentó en el sofá a
desayunar, decidida a haraganear todo el día. De
pronto aquella paz y quietud se vio
interrumpida por el timbre de la puerta. Coreen
resopló pensando que se trataría de
algún vendedor pesado y se levantó sin ponerse
siquiera las zapatillas. Sin embargo,
al asomarse a la mirilla, el corazón le dio un
vuelco: el hombre que había al otro
lado de la puerta era Tom Kaulitz. Se dio la vuelta y
cerró los ojos, apoyándose en la
puerta con el pulso acelerado.
—Coreen, abre.
—¿Cómo sabes que estoy en casa? —le
espetó ella enfadada—. ¡Podría haber
salido!
—Si me estás respondiendo es obvio que
estás.
Ella suspiró con pesadez. ¿Por qué no
habría mantenido la bocaza cerrada...? Se
giró, quitó la cadena y abrió la
puerta, haciéndose a un lado.
—Pasa —masculló—, después de todo,
éste es tu apartamento.
Tom entró y la siguió hasta el salón,
dejando su sombrero vaquero sobre la repisa
del office. Iba vestido con traje y
corbata, y tenía un aspecto muy formal.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó
quitándose la chaqueta y sentándose en
uno de los sofás. Coreen ocupó el que
estaba enfrente y se cruzó de brazos.
—Bien —murmuró—. No he destrozado los
muebles ni nada parecido, como
puedes ver —añadió al ver que él
estaba mirando en derredor como escrutándolo todo.
—¿Ni siquiera te has revolcado en el
sofá con tu amigo Barney algún viernes por
la noche? —inquirió él en un tono
sarcástico sin poder evitarlo. Eran los celos los que
hablaban por él. Coreen alzó la vista
hacia él y vio que sus ojos relampagueaban
furiosos pero no se amilanó. Había
ganado confianza en sí misma y no contestó siquiera
a aquella puya. Tom la miró
impresionado.
—Tranquila, en realidad no me importa
nada lo que hagas con Barney —mintió.
«Como si no lo supiera ya», se dijo
Coreen. No había sabido nada de él desde que se
marchara a Nassau. ¿Podía haber un
indicador más claro de que no tenía el más mínimo
interés en ella? Sin embargo, a pesar
de todo, advirtió que parecía cansado, muy
cansado.
—No tienes buen aspecto —murmuró
involuntariamente en un tono suave. Tom se
puso tenso al instante—. Oh,
perdóname, ya sé que no quieres que me preocupe por ti.
Dios no permita que vuelva a
ocurrir...
Tom se puso en pie, metiéndose las
manos en los bolsillos y fue hasta el amplio
ventanal.
—¿Por qué has venido, Tom? —inquirió
ella con un suspiro hastiado al ver que él
se había quedado callado.
—Quería asegurarme de que estabas bien
—respondió él sin volverse. Coreen se
cuidó de hacerse ilusiones por esas
palabras.
—Pues lo estoy —dijo—. Estoy bien y
tengo un trabajo y estoy haciendo amigos y
no necesitaré siquiera el dinero del
fideicomiso. Puedes entregarlo para alguna obra
benéfica si quieres.
Tom se volvió con el ceño fruncido.
—No irás a hacerte pasar ahora por la
buena samaritana, ¿verdad? Ese dinero es
tuyo.
—No pretendo hacerme pasar por nada.
Ya te dije que no quería el dinero de
Barry.
—No hay ninguna cláusula que diga que
puedas rechazar ese dinero. Si no lo
quieres se quedará en el banco sin que
nadie lo toque.
Ella se encogió de hombros.
—Me da igual. No me casé con Barry por
su dinero sino por la ayuda que nos
prestó a mi padre y a mí. Al menos
hizo una cosa buena en su vida —dijo con ironía.
—¿Por qué no recurriste a mí, Coreen?
—inquirió Tom.
—Porque me dejaste muy claro que no
querías tener nada que ver conmigo. Sólo
viniste una vez a mi casa cuando mi
padre estaba enfermo y cuando lo hiciste...
—Lo sé, cuando lo hice no tuve una
sola palabra para ti —murmuró él terminando
su frase. Hubo un prolongado silencio.
—¿Qué sientes por Barney? —le preguntó
Tom al cabo—. Y por amor de Dios, no
me digas que no es asunto mío.
—No lo es —dijo ella—. Pero ya que
insistes en saberlo, es mi amigo, nada más.
—¿No estás enamorada de él?
Los ojos de Coreen contestaron a esa
pregunta antes de que apartara el rostro.
—Me gusta pero no estoy preparada para
una relación —añadió con firmeza—.
Acabo de salir de un matrimonio
desastroso.
—Lo sé —murmuró él observándola
largamente—. ¿Cómo te sientes ahora? ¿Eres
feliz?
—¿Quién lo es? —le espetó ella con un
cinismo que no cuadraba con sus años—.
Estoy... contenta con lo que tengo.
«Contenta», repitió Tom para sus
adentros. Era una palabra demasiado tibia para
alguien como Coreen que había brillado
como la más hermosa de las estrellas del
firmamento antes de su matrimonio con
Barry. Lo cierto, se dijo, es que a lo largo de
aquellos años no había hecho nada por
hacerla feliz. Sólo había pensado en sí mismo,
en cómo protegerse, en cómo evitar que
le rompieran el corazón. Nunca se había
parado a considerar el daño que le
estaba haciendo a ella con su indiferencia y su
crueldad.
—Supongo que habrá habido una
infinidad de veces en que me hayas culpado por
tus problemas —le dijo.
—Nadie es culpable de los errores de
los demás — respondió ella—. No necesito
echarle a otros la culpa para sentirme
mejor.
—Yo en cambio sí lo he hecho —murmuró
él con una mirada distante—. Y no me
he dado cuenta hasta hace poco de lo
vulnerable que soy en realidad.
—¿Tú? —le espetó Coreen sin poder
evitar soltar una risa de incredulidad—. Tú
eres como una isla, como un acorazado.
—No es cierto. Bill es lo único que
tengo —respondió él quedamente—. Y si un
día se casa, me quedaré solo con mis
estúpidos nobles principios y mi conciencia.
¿Crees que eso me servirá para
calentar mi cama en las frías noches de invierno,
cuando ansíe el tacto de una mujer
entre mis brazos?
—Nunca has tenido problemas para
encontrar compañía —respondió ella. Él
enarcó una ceja.
—No, para encontrarla no, es verdad,
pero a mi edad uno ya no sabe cuál es el
motivo real por el que se le acerca
una mujer.
Coreen tenía la impresión de que
estaba tratando de decirle algo pero no
acababa de averiguar qué era. Se hizo
un breve silencio de nuevo.
—¿Te apetece un café? —le preguntó
ella finalmente. Él asintió con la cabeza y
volvió a sentarse frente a ella.
—Hice unas galletas ayer —le ofreció
Coreen acercándole un plato.
—Gracias, pero la verdad es que no me
gustan demasiado los dulces.
Tom se había remangado, se había
quitado la corbata y se había desabrochado los
primeros botones de la camisa. Tenía
un aspecto muy sexy y la joven tuvo que reprimir
los recuerdos que acudieron a su mente
de aquel día en el estudio.
—Antes te gustaban —le dijo. Él la
complació tomando una galleta.
—Me gustaban aquellas pastas con limón
que solía comprar Bill cuando
venías a casa —dio un mordisco a la
galleta y se echó a reír. Coreen había usado
ralladura de limón—. ¿No estarías esperándome?
—le dijo burlón. Coreen se sonrojó de
pura indignación.
— ¡Por supuesto que no! No seas
arrogante. A mí también me gusta el limón.
—Oh, ya hace mucho que dejé a un lado
mi arrogancia —le aseguró él—. Siempre
acababa saliéndome demasiado cara. Sírveme
leche en el café, ¿quieres?
Coreen tomó la jarrita y vertió un
poco en su taza. No podía hacerlo él mismo,
por supuesto. Allí estaba, sentado
como el señor de la casa, viéndola realizar esas
tareas serviles. ¡Y decía que ya no
era arrogante!
—¿Cómo está Bill? —le preguntó.
—Te echa de menos, igual que Shep.
—Pienso ahorrar y comprarme una casa
con jardín, o un apartamento cerca de un
parque y así podré traerlo aquí
conmigo.
—Habría un modo más fácil de que no
tuvieras que estar separada de él: vuelve al
rancho.
La joven bajó la mirada.
—El rancho no es mi hogar.
Tom apuró su café y dejó la taza y el
platillo sobre la mesa. Se echó hacia atrás
en el sofá y se fue desabrochando uno
a uno los botones de la camisa, sosteniendo la
mirada de Coreen todo el tiempo, y la
abrió, dejando al descubierto su ancho tórax. A
Coreen se le cortó la respiración y
entreabrió los labios sin darse cuenta.
—¿No quieres... no quieres más café?
—balbució con el corazón latiéndole como
un loco.
Tom meneó la cabeza y sacó el bajo de
la camisa de la cinturilla del pantalón. A
continuación, se desabrochó el
cinturón, y lo sacó por las trabillas del pantalón,
arrojándolo a un lado. Se recostó
contra el respaldo del sofá, despatarrado, y le
dirigió una sonrisa lasciva y
arrogante.
—Ven aquí —le dijo con voz
aterciopelada.
Coreen abrió los ojos como platos.
¿Por qué la atormentaba de esa manera si no
quería nada con ella? Sintió que el
labio inferior le temblaba y se obligó a no moverse
de donde estaba.
Una sonrisa se dibujó lentamente en
los labios de Tom. Sabía lo difícil que era
para ella resistirse a él. Siempre lo
había sabido.
—¿No tendrás miedo de mí? —la picó—.
Ven, acércate. Iremos a tu ritmo y no
haré nada que no quieras.
Coreen estaba recordando su propia
debilidad aquel día en el estudio, y cómo él
había terminado apartándola de él, y
sus ojos se llenaron de ardientes lágrimas de
rabia.
—¿Te estás divirtiendo, Tom? —le
espetó con voz entrecortada—. ¿Por qué no
me golpeas también, para ver si te
produce tanto placer como el burlarte de mí?
Se puso de pie y se dirigió hacia la
puerta para abandonar el salón, pero él fue
más rápido. Apenas había dado dos
pasos cuando la agarró por la cintura, la hizo
girarse, y la atrajo hacia sí. La
mejilla de la joven quedó apretada contra el espeso
vello y los húmedos músculos de su
tórax, el aroma de su colonia penetró en sus fosas
nasales, y el calor de su cuerpo
pareció envolverla.
—No llores... —susurró él contra su
frente. Su voz no sonaba tan segura como
hacía un instante y sus manos estaban
aferradas a la cintura de la joven con cierta
brusquedad—. No estoy jugando, Corrie,
esta vez no.
—Será como siempre —sollozó ella
hipando y golpeándolo en el pecho impotente
con un puño—. ¡Déjame, ya me has hecho
bastante daño...!
El pecho de Tom se hinchó bajo su
mejilla.
—Sí, nos he hecho daño a los dos, a ti
y a mí. Pero, a pesar de todo, te aseguro
que mi intención era buena —la tomó de
la barbilla—. Mírame bien, cariño: ya no soy un
hombre joven.
Coreen estaba cansada de que le
repitiera aquello una y otra vez.
—¿Sabes cuántos años se lleva Calhoun
Ballenger con su esposa Abby? —le
espetó. Tom sabía muy bien dónde
quería ir a parar al mencionarle a esa famosa pareja
de Jacobsville. La diferencia de edad
entre ellos debía ser prácticamente la misma
que había entre Coreen y él.
—Sí, lo sé, sé que ella es mucho más
joven que él.
—Lo es —asintió Coreen—. Llevan años
casados, tienen tres hijos, y Abby se
dejaría matar por él.
Tom apretó la mandíbula.
—Lo sé —murmuró—. Y, sin duda, él por
ella también.
Coreen bajó la vista hacia los gruesos
labios de Tom y su firme mentón. El cálido
abrazo la estaba haciendo sentirse
débil, como le ocurría siempre que estaba cerca de
él. Quería rodearle el cuello con los
brazos y quedarse así el resto de su vida pero se
recordó que aquello no era más que un
espejismo. Con un profundo suspiró, bajó la
vista hasta el pecho masculino.
—¿No se me ha agotado ya el tiempo?
—le preguntó.
—¿Agotado? —repitió él sin comprender.
—Sí, ahora es el momento en que tú te
sientes culpable y me dices algo
desagradable para apartarme de ti.
Tom contrajo el rostro.
—¿Es eso lo que crees que hago?
—inquirió.
—Es la impresión que da.
Tom pasó una mano por su cabello y
empujó suavemente la cabeza de la joven
contra su pecho desnudo. El contacto
de la tersa mejilla de Coreen con su piel lo hizo
estremecer de placer.
—Supongo que es cierto que siempre me
he sentido culpable —admitió—. De
hecho, me siento culpable por lo que
Barry te hizo. Podría haberte evitado ese
sufrimiento.
—¿Cómo? ¿Sacrificándote en su lugar?
—le espetó ella con amargura.
—No habría sido un sacrificio casarme
contigo —repuso él. Se apartó un poco,
puso las manos en las mejillas de
Coreen, y la besó con ternura en la frente y los
párpados. Después, tomó una de las
manos de ella y la puso sobre su pecho.
—¿Puedes sentir los latidos de mi
corazón? —le preguntó con voz ronca.
—Sí —asintió ella quedamente—. Late...
muy aprisa.
Tom puso la palma de su otra mano
encima del seno izquierdo de la joven.
—El tuyo también —murmuró—. Acércate
más a mí, Coreen —susurraron sus
labios a escasos centímetros de los de
ella—, quiero sentir tus piernas contra las mías.
—Pero, Tom, el otro día dijiste que...
—comenzó ella.
—Lo sé.
Coreen se adelantó y contuvo el
aliento al entrar en contacto con la parte más
íntima de la anatomía de Tom.
—No te apartes —le dijo él—. No me
importa que notes lo excitado que estoy. Ya
no me importa...
Coreen subió las manos al fornido
pecho sintiendo un agradable cosquilleo al
hacerlo.
—Acaríciame —le dijo Tom tirando de
sus labios con los suyos—. Vuélveme loco.
Coreen deslizó las palmas de sus manos
extasiada por la vasta superficie, y
observó cómo los ojos de Tom se
oscurecían de placer.
—¿Te gusta? —le preguntó extasiada.
—Me gusta muchísimo —murmuró él
frotando su nariz contra la de ella. El
silencio en la habitación se veía roto
sólo por los susurros y la respiración
entrecortada de ambos—, pero me
gustaría todavía más si no hubiera ninguna prenda
entre nosotros.
Coreen se dijo que debía estar loca,
pero introdujo las manos por debajo de su
camiseta hasta encontrar el enganché
del sujetador y lo desabrochó mientras
respondía a los lánguidos besos de Tom.
Sin pensarlo, se sacó la camiseta, y de pronto
sintió sus senos desnudos contra la
densa mata de vello del húmedo pecho masculino.
—¡Dios...! —jadeó él excitado
poniéndose rígido. Coreen se quedó muy quieta y
sus ojos buscaron los de él. A Tom le
temblaban las manos cuando volvió a colocarlas en
sus mejillas para alzar su rostro.
—Abre la boca —murmuró contra sus
labios.
En los turbulentos minutos que
siguieron, las manos y bocas de ambos iniciaron
una actividad frenética, que no
parecía ser capaz de extinguir el deseo que los
consumía. Sus cuerpos se frotaban,
pero aun así no era suficiente, y Coreen se lo dijo
así a Tom en un suspiro tembloroso
mientras él devoraba sus labios.
—Sólo hay un modo de que estemos lo
suficientemente cerca el uno del otro
como para satisfacernos por completo —le
dijo Tom con voz ronca—, y tú sabes cuál
es.
—Sí, lo sé... —jadeó ella. Sus brazos
rodearon la espalda desnuda del ranchero, e
hincó sus dedos en ella—. ¡Tom!
Él la había levantado de repente en
sus brazos, y estaba mirándola con un brillo
fascinante en sus ojos claros,
formulando una pregunta para la que no hacían falta
palabras. Coreen hundió el rostro en
su cuello sudoroso y se aferró a él temblorosa.
Hiciera lo que hiciera Tom, estaría
bien. Si él no quería comprometerse, sí podría
tener un recuerdo de lo hermoso que
podría haber sido.
—Dame al menos un hijo, Tom... —le
rogó angustiada—. Dame eso si no puedo
tener otra cosa...
El enmudeció. Miró a la hermosa joven
a la que sus fuertes brazos sostenían y
sus palabras le llegaron al corazón.
—¡Corrie! —murmuró. Ella abrió los
ojos y lo miró implorante.
—¿Es algo tan extraordinario?
—inquirió—. Ya sé que no quieres ataduras, y no
te pediré nada, si es que es eso lo que
te preocupa.
Tom, incapaz de articular palabra, la
abrazó contra su pecho y la acunó.
—Oh, Tom, ¿no te gustaría tener un
hijo? —insistió ella—. Cuidaría tan bien de él,
y tú podrías venir a verlo cuando
quisieras...
El cerró los ojos, dejando escapar un
gruñido, y por un instante la fuerza de sus
manos la lastimó. Coreen se mordió el
labio inferior. Probablemente Tom sentía lástima
por ella al verla humillarse de esa
manera y no sabía qué hacer. Coreen se obligó a
respirar lentamente, en un esfuerzo
por controlar los acelerados latidos de su
corazón. ¿Cómo podría volver a mirarlo
a la cara después de lo que le acababa de
decir? ¿Por qué insistía en
humillarse, en ponerse en ridículo? ¿Cuándo iba a aprender?
—Bájame, Tom, por favor —le dijo con
la poca dignidad que le quedaba.
Sin embargo, para su sorpresa, Tom
besó sus párpados y sus mejillas, húmedas
por las lágrimas que rodaban por
ellas, y no la dejó en el suelo, sino que la llevó hasta
el sofá donde había estado sentado, y
la depositó con cuidado en él, como si fuera el
más preciado de los tesoros.
—¿Tom? —lo llamó anonadada.
El se inclinó, buscando sus labios, y
se posaron sobre los de ella en un beso casi
desesperado. Coreen subió la mano
hasta su rostro, y al acariciar la curtida mejilla, la
noto húmeda: ¿estaba... llorando?
Abrió los ojos sorprendida y despegó sus labios
de los de él, apartándose un poco para
poder ver su rostro.
En efecto, no sólo la mejilla de Tom
estaba húmeda, sino también sus ojos, y, al
contrario de lo que habrían hecho
otros hombres, la miró sin avergonzarse en modo
alguno por mostrar tan abiertamente
sus sentimientos.
—Échate hacia atrás —le dijo.
Coreen lo hizo y él trazó con sus
manos la curvatura de sus senos desnudos,
explorándolos en silencio. Se inclinó
entonces sobre ella, y con exquisita ternura
deslizó sus labios a lo largo de la
cicatriz. Frotó el endurecido pezón con la punta de su
nariz, y después lo mordisqueó y lamió
delicadamente hasta hacerla gemir. Tom pasó
una mano por detrás de su espalda, y
la arqueó hacia sus ardorosos labios.
—Probablemente no seré tan fértil como
un hombre joven —farfulló—. No lo
conseguiremos a la primera.
Y Coreen se estremeció de placer al
comprender el significado de sus palabras.
Los labios de Tom descendieron entre
sus senos y fueron imprimiendo besos por su
estómago hasta alcanzar la cintura,
zona a la que prodigó sus atenciones durante largo
rato. Cuando finalmente levantó la
cabeza para tomar aliento, se tumbó en el sofá con
una exhausta Coreen entre sus brazos.
Sus piernas se entrelazaron íntimamente, pero
de un modo tan natural, que parecía
que hubieran yacido juntos toda su vida.
Ella tenía la cabeza apoyada en el
pecho del ranchero, escuchando los
acompasados latidos de su corazón.
—¿Por qué has parado? —inquirió
soñolienta. La mano de Tom la acarició
lentamente desde la nuca hasta el
hueco de la espalda.
—Porque no voy a dejarte embarazada
hasta que nos casemos —murmuró. Coreen se puso tensa. No se atrevía a dar
crédito a lo que creía que acababa de oír.
—¿Has dicho... casarnos? —balbució en
un hilo de voz. Tom la hizo rodar sobre el
costado para poder mirarla a los ojos.
—No me gustaría que nuestro hijo fuera
ilegítimo.
—Pero si tú nunca has querido
casarte... —insistió ella. De sus ojos empezaron a
brotar lágrimas de incredulidad y
dicha y Tom las secó con sus labios, esbozando una
sonrisa de autorreproche.
—Es verdad, nunca hasta ahora he
querido casarme —admitió—, y temo que un
día te cansarás de mí y desearás haber
esperado a que apareciera alguien más joven
en tu vida pero estoy dispuesto a
arriesgarme y enfrentarme a eso como un hombre
cuando llegue el momento.
Coreen lo miró con adoración.
—Pues tendrás que esperar mucho para
que llegue ese momento —le susurró—.
Me enamoré de ti cuando apenas había
salido de la adolescencia y desde ese día no he
dejado de amarte. Renunciaría a todo
por estar contigo, Tom, a todo...
Las mejillas del ranchero se tiñeron
de rubor.
—Corrie...
—No pasa nada, Tom. Yo... yo sé que tú
no sientes lo mismo por mí —murmuró—,
pero tal vez cuando nazca el niño y
empieces a quererlo, serás feliz.
Él estaba tan embargado por la emoción
que apenas podía hablar. Acarició los
suaves labios de Coreen tratando de
hallar las palabras adecuadas.
—Esto es tan endiabladamente difícil
para mí... —comenzó. Coreen puso sus
dedos contra su boca.
—Está bien, Tom, no tienes que decir
nada. Lo comprendo.
Los ojos de él se deslizaron por su
torso desnudo y su rostro se contrajo.
—Yo... sé que debe disgustarte la
cicatriz pero tal vez con el tiempo desaparezca
—murmuró, bajando la vista ella
también.
—¿Cómo puedes pensar que me disgusta
algo de ti? —masculló él. Ella dio un
respingo ante el tono de su voz.
—Tom...
—Tus senos son perfectos —le dijo él—.
Con cicatriz o sin ella, para mí eres
perfecta. Siempre lo has sido.
¡Siempre!
Entonces fue ella quien se quedó sin
palabras. Tom peinó su cabello con las manos.
—Te deseo, Coreen, te deseo desde que
te vi por primera vez aquel día que
Bill nos presentó y desde entonces no
he podido sacarte de mi cabeza.
Esa confesión la dejó sin aliento y se
incorporó, quedándose sentada y mirándolo
sin dar crédito aún a lo que estaba
sucediendo.
—¿No vas a reírte? —la invitó Tom—.
¿No sientes deseos de refregármelo por
las narices? Te he dado motivos más
que suficientes, atormentándote todos estos
años.
—No, no quiero vengarme —respondió
ella—. Sólo tenerte al fin a mi lado. Oh,
Tom, te amo tantísimo... —murmuró—, te
amo más de lo que puedas imaginar.
—Demuéstralo. Cásate mañana conmigo.
—Mañana —asintió ella suavemente,
sintiendo como si estuviera dentro de un
sueño.
Y así, al día siguiente, el juez de
paz de Jacobsville los casó con Bill como
Testigo de Tom, y Calhoun y Abby
Ballenger como testigos a petición de Coreen. Después
de la ceremonia, los asistentes los
felicitaron, y mientras abandonaban el juzgado,
Coreen del brazo de Tom, escucharon
cómo cuchicheaban a su paso.
—Se han quedado todos de una pieza —le
dijo su esposo con humor, cuando
estuvieron de vuelta en el apartamento
de Victoria un par de horas más tarde—.
Piensan que he perdido el juicio.
—La verdad es que yo también lo pienso
—respondió Coreen, que todavía no podía
creer que se hubiesen casado. Tom se
giró y miró a su esposa, vestida con un simple
traje blanco de falda y chaqueta, y
sus ojos recorrieron su cuerpo de un modo
posesivo.
—Quiero hacer el amor contigo —le dijo
abruptamente—, ahora.
Ella se sonrojó. Había pensado que
irían a cenar, o a bailar, o a hacer algo juntos,
pero parecía que el sexo era lo único
que Tom tenía en mente y quizá también fuera la
única razón por la que se había casado
con ella.
—De... de acuerdo —balbució aturdida.
El la condujo hasta el dormitorio y
descolgó el teléfono. Todavía era de
día y Tom ni siquiera se había molestado en
apagar la luz, así que Coreen se
sintió algo incómoda cuando empezó a desvestirla.
—No te haré ningún daño —le dijo
mientras se deshacía de las últimas prendas.
La tomó en brazos, la depositó sobre
la cama, y sus ojos la recorrieron,
acariciadores, hasta que un gruñido
ahogado escapó de su garganta, como si no
aguantara más seguir siendo sólo un
espectador.
Comenzó a desvestirse ante la mirada
fascinada de la joven, y escasos minutos
después se tumbaba junto a ella,
atrayéndola hacia sí. Coreen sintió el impacto de su
total desnudez como si la quemara y
contuvo el aliento. Tom comenzó a besarla,
haciéndole abrir la boca para
adentrarse en ella, y sus manos recorrieron lentamente
su espalda. Coreen notó su excitación
contra su vientre y se tensó.
—Abre los ojos —le dijo él con voz
ronca—. Obsérvame mientras te hago mía.
Ella obedeció, sonrojándose
profusamente cuando él se posicionó sobre ella.
Tom hizo que separara las piernas y se
colocó entre ellas. Entonces, de pronto,
Coreen pudo sentirlo de un modo
completamente íntimo y el shock hizo que bajase la
vista. Sus ojos se abrieron como
platos y todo su cuerpo se puso rígido.
—No te esperabas que fuera así ¿eh?
—murmuró él. Se rió suavemente, y le
acarició la mejilla para que se
relajara—. No voy a ir rápido. No esta vez. Sólo quiero
que te acostumbres a mí, a la
sensación, pero te aseguro que pronto estarás
suplicándome.
Coreen no comprendió lo que quería
decir, no entonces, pero minutos después,
cuando la boca de Tom ya había
explorado cada centímetro de su cuerpo y sus manos
habían despertado en ella unas sensaciones
tan increíbles que estaba empezando a
sentirse mareada, lo comprendió.
Estaba temblando, y sentía una especie de necesidad
palpitante en la parte baja de su
cuerpo cada vez más insistente. Era algo nuevo para
ella pero también algo que la
asustaba.
Tom seguía manteniendo el íntimo
contacto entre ellos, pero cuando ella se
arqueó hacia él para atraerlo más
dentro de sí, se levantó un poco para evitarlo. A la
tercera, Coreen estaba ya deshecha en
lágrimas.
—Oh... por favor... —sollozó
arqueándose al límite—. Oh, por favor, Tom... te
necesito... estoy ardiendo...
—Lo sé —murmuró él con voz ronca—. Te
quema, sientes punzadas como si
tuvieras una herida...
Su mano ascendió por el muslo de
Coreen, agarrándolo con firmeza, y de pronto
tiró hacia arriba, atrayéndola hacia
su palpitante masculinidad y despacio, lentamente,
tortuosamente, se fue introduciendo en
ella.
Coreen gimió y se estremeció
maravillada, al sentirlo dentro de sí, y el asombro
de Tom al darse cuenta de que era
virgen no fue menor. Era el primer hombre que...
era el primero...
—Dios mío... —farfulló hincando los
dedos en los blandos muslos de Coreen y
conteniendo el aliento.
Los ojos de ambos se encontraron
compartiendo sin palabras lo que estaban
experimentando. Tom apretó los dientes
ante la intensa oleada de placer que lo inundó
cuando sintió que el cuerpo de la
joven lo aceptaba por completo dentro de sí, y volvió
a mirarla un instante antes de perder
el control con un gruñido casi animal. Coreen
sintió el impacto del peso del cuerpo
de Tom sobre el suyo cuando Tom empezó a
empujar sus caderas contra las de
ella, hundiéndola en el colchón, marcando un ritmo
que la estaba haciendo surcar los
cielos.
—Sígueme, Corrie... —susurró Tom
contra sus labios—. Sí... sí ... tómame...
tómame... tómame dentro de ti...
¡Corrie...!
Y la joven gritó cuando un placer sin
igual se extendió por todo su ser como lava
hirviendo. Tom gruñó salvajemente, y
jadeó sin parar mientras se abandonaba a la
misma locura que atenazaba a Coreen. Y
así, durante unos segundos, fueron una sola
alma.
El ranchero se desmoronó sobre ella, y
durante un buen rato yació con la frente
empapada de sudor sobre su pecho.
Coreen tenía la sensación de que el corazón se le
hubiese vuelto loco, como un reloj al
que le hubiesen dado demasiada cuerda, y
permaneció temblorosa debajo de Tom,
confiando en que recuperara poco a poco su
ritmo normal.
—No podría haber esperado un minuto
más —murmuró Tom—. Todos estos años
esperando, soñando con tenerte entre
mis brazos, para despertar y darme cuenta de
que sólo era un sueño... —dijo
besándola con ardor—. Pero ahora eres mía y jamás te
dejaré marchar.
Coreen lo estaba escuchando pero le
llevó un minuto digerir sus palabras.
—¿Años? —repitió.
—Años —asintió él, frotando su mejilla
contra los suaves senos de su esposa—.
Corrie hace ya tres años que no me he
acostado con una mujer —le confesó. Coreen se
quedó de piedra.
—Pero tú... pero todo el mundo en
Jacobsville decía que... entonces, todas esas
mujeres con las que salías...
—Nunca significaron nada para mí
—murmuró él—. Ni siquiera las deseaba,
Corrie, sólo a ti...
—¡Pero dejaste que me casara con
Barry! Dijiste... dijiste que no te atraía...
Tom sacudió la cabeza.
—Creía que estaba actuando noblemente
—le dijo atormentado—. Quería
evitarte esto, acabar casada conmigo,
cuando yo soy mayor que tú, y que un día te
arrepintieras, ¿no lo ves? No tenía ni
idea de la clase de persona que era mi primo en
realidad. Es algo que llevaré siempre
sobre mi conciencia —murmuró con voz ronca—.
Yo te amaba, Corrie, te amaba más que
a nada en el mundo.
Coreen apenas podía contener las
lágrimas. Sus propias palabras, en labios de él...
Nunca hubiera podido imaginar tanta
dicha. De pronto los años de tristeza, de dolor,
de angustia... se desvanecieron, y se
abrió ante ellos un futuro lleno de esperanzas.
Diana
Palmer - Serie Hombres de Texas 11 - Ted
HOLA!!! BUENO ESTE ES EL FINAL DE LA NOVELA ... ESPERO Y LES HAYA GUSTADO ... LA SIGUIENTE NOVELA SE LLAMA "UN HOMBRE MUY ESPECIAL" ES LA # 12 .... BUENO YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA EL (PARA ENTENDER MEJOR Y EL CAPITULO 1) ... HASTA PRONTO :))
AUTORA: DIANA PALMER
TED REGAN: TOM KAULITZ
SANDY REGAN: BILL KAULITZ(DE MUJER A HOMBRE)
AUTORA: DIANA PALMER
TED REGAN: TOM KAULITZ
SANDY REGAN: BILL KAULITZ(DE MUJER A HOMBRE)
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