Capítulo 4
Tom y Bill estaban viendo el
telediario, apoltronados en los sofás del salón
cuando sonó el teléfono.
—Contestaré yo —le dijo el joven a su
hermano, incorporándose y levantando el
auricular—. ¿Diga?
Desde el otro lado de la línea le
llegó la voz de Pete Trow, el veterinario, que se
había marchado del rancho hacía apenas
media hora tras echar un vistazo a un ternero
enfermo.
—¿Bill? Soy Pete. Escucha...
—Ah, hola, Pete —dijo Bill—, ¿qué
ocurre?, ¿se te ha olvidado decirle algo a
Tom?
—No, no es eso.
Bill frunció las cejas. Parecía algo
alterado.
—¿Pete?, ¿es que ha ocurrido algo?
—Se trata de Coreen... estoy en el
hospital con ella.
Tom, al observar como el color abandonaba
el rostro de su hermano, se puso en
pie y se acercó a el.
—¿Qué es?, ¿qué pasa? —inquirió. Pero
Bill le hizo un gesto con la mano para
que esperara pues Michael estaba
hablándole:
—... no los vi hasta que los tuve casi
encima. El caballo es negro y ya estaba
oscuro... Yo volvía a casa... iba
sintonizando la radio... Cuando volví a poner la vista en la
carretera el caballo venía muy rápido
hacia mí...
—Oh, Dios mío... —musitó Bill
pasandose una mano por el cabello.
—Te juro que reaccioné al momento:
pegué un frenazo, y el jeep se detuvo a unos
metros, pero el animal se había
asustado y la tiró al suelo. La he traído al hospital tan
rápido como he podido.
—Enseguida vamos para allá —dijo el
joven, y colgó el aparato con manos
temblorosas—. Coreen ha salido a
montar con el caballo de Barry, y Pete casi... casi
chocó con ella —le explicó a Tom—.
Frenó, pero Coreen se cayó del caballo... Está en el
hospital.
Se pusieron en marcha al momento, y
minutos después estaban en el ala de
urgencias del hospital de Jacobsville
donde se encontraron con Pete que ya estaba
algo más calmado.
—La tienen ahí —les indicó
señalándoles una enorme sala acristalada frente a
ellos—. Una de las enfermeras me ha
dicho que está dormida, y que le han dado algo
para el dolor y sedantes. Le he pedido
que me dejara pasar a verla pero me ha dicho
que sólo pueden pasar los familiares.
Tom asintió con la cabeza.
—Vete a casa y descansa —le dijo—. Ha
debido ser un buen susto para ti. Vete
con tu mujer y tus hijos. Te
llamaremos para decirte cómo va.
—Gracias. Nora y los chicos deben
estar preocupados.
Después de que el veterinario se
hubiera marchado, Tom y Bill se acercaron a
la sala de observación y abordaron a
una enfermera.
—¿Son ustedes familiares? —los
interrogó la mujer con voz monocorde, como si
fuera una cinta—. Sólo pueden pasar
si...
—Lo somos —mintió Tom impaciente. Lo
había dicho con tal vehemencia, que la
enfermera ni siquiera le preguntó cuál
era su parentesco y fue a llamar a un médico
que estaba pidiendo unos informes al
joven que atendía el área de recepción.
—Estas personas son parientes de la
señora Tarleton, doctor —le dijo
presentándole a Tom y Bill.
—¿Cómo están? —los saludó el hombre, estrechándoles
la mano a ambos—. Soy el
doctor Burns. Acompáñenme.
Lo siguieron hasta uno de los últimos
cubículos de la sala, donde, tras las
cortinas blancas, estaba Coreen
dormida en una cama, con el típico camisón de
hospital, y magulladuras por la cara y
los brazos.
—Por suerte no ha sido grave. Podría
haber sido mucho peor —les informó el
médico—. Se golpeó en la cabeza al
caer y ha sufrido una pequeña conmoción cerebral,
pero la hemos examinado y no habrá
daños permanentes. Aparté de las magulladuras
que le produjo la maleza está bien,
excepto por una costilla fracturada. Como les digo,
ha tenido mucha suerte.
Bill y Tom suspiraron aliviados.
—Sin embargo, he de decirles que me
preocupa su equilibrio emocional —les
confesó con franqueza—. Han sido dos accidentes
importantes en muy poco tiempo:
primero aquella caída practicando ala
delta, y ahora salir a cabalgar por una carretera
casi de noche... Eso sin contar el
corte que se hizo con esa lámina de hojalata en el
garaje de su casa...
—¿Cómo dice? —inquirió Tom, frunciendo
el ceño. El doctor Burns enarcó una
ceja.
—Creía que eran parientes suyos.
—La verdad es que no directamente,
pero su marido era primo nuestro —explicó
Tom—. Falleció ayer.
—Lo sé, nos lo dijo el hombre que la
trajo.
—Ya veo. Bien, respecto a esos
accidentes... verá, el caso es que en los últimos
meses yo tuve un contacto bastante
regular con su marido, y me extraña que no
mencionara nada.
El médico se encogió de hombros por
toda respuesta.
—Sea como sea, esa joven necesita que
la vigilen, como mínimo hasta que se haya
restablecido. Su comportamiento
temerario de hoy... no sé, parece una actitud
escapista, como si necesitara huir de
algo, como si algo la atormentara.
Mientras estaban en la sala de espera
aguardando a que pasaran a Coreen a
planta, Tom no podía dejar de dar
vueltas en su mente esas últimas palabras del
médico.
—¿Sabías tú algo de esos accidentes?
—le preguntó a su hermano.
—Sabía lo del ala delta. Fui a verla
al hospital, aunque Barry no me dejó
quedarme mucho tiempo. Ni siquiera entonces
me dejó quedarme cerca... Hasta ese
punto era posesivo —farfulló meneando
la cabeza.
—¿Y por qué no me dijiste nada?
—Porque tú no querías saber nada de
ella —contestó Bill abruptamente.
Tom se inclinó, apoyando los codos en
las rodillas y se frotó la nuca con la mano.
¿Y si había sido su actitud con ella
durante todo el día lo que la había empujado a
hacer la locura de aquella noche? No
pretendía ser tan duro con ella, pero había
sentido aprecio por su primo, que
siempre le había pedido consejo y ayuda, como si
fuera su hermano mayor. Además, Coreen
lo había dejado conducir bebido y aquello no
podía perdonárselo. Era como si lo
hubiera condenado a muerte.
—Mañana me acercaré a la casa y le
pediré la llave a Henry para poder sacar las
cosas de Coreen —dijo Bill—.
Conociendo a la tía Tina, es capaz de cambiar las
cerraduras, y Corrie no tiene dónde
ir. Cuando esté mejor me la llevaré conmigo a
nuestro apartamento en Victoria y...
—No —replicó Tom con firmeza—, la
llevaremos al rancho. El médico ha dicho que
debe estar vigilada, y si te las
llevas a Victoria no podrás hacerlo cuando estés
trabajando. En el rancho, si no estás
tú o no estoy yo, la señora Bird siempre puede
echarle un ojo.
La señora Bird era la empleada del
hogar que trabajaba para ellos, una mujer
entrada en años, bonachona y discreta.
Bill observo el rostro de su hermano.
—¿Y no volverás a atormentarla ni a
ser cruel con ella?
La mandíbula de Tom se puso rígida ante
la insinuación de su propio hermano de
que fuera capaz de hacerle daño a la
joven cuando estaba convaleciente.
—Por supuesto que no —masculló
irritado. Se levantó y salió al pasillo y Bill lo
observó alejarse con verdadera
curiosidad. ¿Por qué de repente quería ocuparse de
Coreen? ¿Entendería alguna vez a su
hermano?
Cuando Tom entró en la habitación a la
que habían subido a Coreen, la joven
estaba incorporada en la cama
recostada sobre un par de almohadones sintiendo todo
su cuerpo dolorido.
—Hola —farfulló, aún aturdida por la
medicación, al verlo aparecer—. ¿Has
venido a recrearte en mi desgracia?
Siento decepcionarte, pero no habrá más
entierros esta semana.
Él se metió las manos en los bolsillos
y escrutó el rostro de la joven. «Todo
bravata», concluyó al advertir que
tras esa actitud desafiante estaba nerviosa por su
presencia.
—¿Cómo estás? —le preguntó. Coreen se
llevó una mano a su magullada frente.
—Cansada —respondió.
—Salir a cabalgar por una carretera...
—masculló él reprobador, mirándola con
ojos relampagueantes—. ¡Y cuando
estaba oscureciendo! No has madurado en absoluto.
Coreen apartó el rostro.
—Déjame tranquila, Tom —le suplicó—.
Ahora mismo no tengo fuerzas para
combatir tus ataques.
El tono apagado de su voz tocó la
fibra sensible al ranchero que, por un momento,
volvió a verla como aquella chica de
años atrás: inocente, frágil... Se acercó a la cama,
y, antes de que Coreen pudiera
reaccionar, se inclinó sobre ella, tomando sus labios en
los suyos. La joven dio un respingo y,
al sentirlo, Tom levantó la cabeza extrañado.
Coreen se había puesto rígida y sus
ojos rehuían su intensa mirada.
—N... no hagas eso —musitó sin
aliento. A Tom lo irritó ese repentino rechazo y
creyó que se sentía culpable por cómo
se había portado con Barry.
—¿Por qué no? —le espetó enfadado—.
Una vez quisiste mis besos. Tus ojos los
suplicaban cada vez que me mirabas.
Pero ahora no puedes, ¿no es así? —masculló con
veneno en la voz—. ¿Sabías que Barry
lloraba al contarme que no querías que te
tocara?
La joven estaba demasiado sensible
como para poder soportar sus puyas y
prorrumpió en amargos sollozos,
tapándose los oídos con manos temblorosas y
cerrando los ojos con fuerza.
—¡Déjame, déjame!
Tom se sintió avergonzado de sí mismo.
¿Cómo podía estar haciéndole aquello
cuando acababa de sufrir un accidente?
—Dios... lo siento, Coreen, lo
siento...
La joven abrió los ojos y bajó las
manos, apretando los puños.
—¿Qué es lo que sientes? —lo interpeló
temblando de furia—. ¿Que no me
matara al caer del caballo?
Tom contrajo el rostro.
—¿Eso es lo que crees?, ¿qué habría
querido que hubieras muerto? —le preguntó.
Coreen lo miró con dureza.
—¿Me has dado otra razón para creer lo
contrario? —le espetó, dejando escapar
una risa amarga—. Dime, Tom, ¿me
perdonarías por la muerte de Barry si yo muriese
también?
Las palabras se clavaron en el corazón
del ranchero como una daga afilada y
comprendió que sus ataques la habían
herido profundamente, más de lo que él había
pretendido. Iba a decir algo, pero en
ese momento llamaron a la puerta, y entró Bill,
que miró molesto a su hermano al ver
los ojos enrojecidos de su amiga y la
expresión angustiada en su rostro.
—¿Te ha dicho Tom que vas a venirte al
rancho con nosotros? —le preguntó
suavemente. Tal y como Bill había
esperado, a Coreen la idea no la agradó en
absoluto. Intentó incorporarse para
protestar, pero el dolor la hizo volver a tumbarse
con una mueca.
—No es necesario que... —comenzó.
—Sí que lo es —la calló Tom cortante—.
Alguien tiene que encargarse de ti
mientras estés convaleciente.
— ¡No puedes obligarme! —casi le
chilló Coreen—. ¡No iré!
—Ya lo creo que vendrás —le contestó
él, acostumbrado a que sus órdenes se
acataran sin rechistar—. ¡Vendrás
aunque tenga que agarrarte del pelo y llevarte a
rastras!
Coreen habría seguido negándose pero
la actitud tajante de Tom hizo que se
bloqueara. Barry solía amenazarla de
esa manera cuando se negaba a obedecerlo.
—Necesitas descansar —intervino Bill—.
Te veremos luego.
Besó la frente de su amiga y salió de
la habitación. Tom, sin embargo, no la siguió
al momento, sino que permaneció junto
a la cama como debatiéndose consigo mismo.
—Perdona lo del beso —le dijo de
pronto—. Sé que no debería haberlo hecho
pero la verdad es que me asustaste.
Ella alzó la vista mirándolo sin
comprender.
—Nos temimos lo peor cuando Pete nos
llamó —le explicó él.
—No soy una suicida —le dijo Coreen
con firmeza—, pero necesitaba salir de la
casa, no podía aguantar un segundo más
allí. Sólo quería alejarme de todo por unos
momentos.
—Y casi te matas.
—Cuando salí aún no había oscurecido
—se defendió ella pero no pareció
convencerlo—. ¿Es que nunca has hecho
una locura? —le espetó irritada. Tom la miró
de un modo extraño.
—Sí —respondió mirándola a los ojos—:
besarte.
Y salió de la habitación antes de que
ella pudiera contestar.
Tom tomó a Coreen en brazos,
levantándola de la silla de ruedas en que la habían
sentado para bajarla hasta el
aparcamiento del hospital, mientras Bill se adelantó
para ir a abrir la puerta del asiento
trasero.
—No hace falta que hagas esto
—protestó Coreen azorada—, puedo sola.
Además, peso mucho.
—No digas bobadas, no pesas nada
—repuso él.
—Pues es lo que dijo ese enfermero
bajito que tuvo que levantarme de la cama
para sentarme en la silla de ruedas
—farfulló Coreen. Tom se rió. Coreen observó cómo
la risa transformaba sus facciones y
lo hacía parecer más joven y menos áspero. La
suave mirada de Coreen reavivó en él
los sentimientos que se empeñaba en negar, y,
frunciendo el ceño, se dirigió hacia
el coche.
—¿Fue así como cazaste a Barry? —la
atacó irritado consigo mismo—,
¿lanzándole esas miraditas insinuantes?
La joven apartó el rostro, tensándose
en sus brazos.
—Piensa lo que quieras de mí
—murmuró—. No me importa.
—Por supuesto que te importa —masculló
él—, y eso es lo que lo hace
imperdonable.
—¿El qué? —inquirió ella, mirándolo
desafiante. Tom la observó irritado.
—Que te casaras con él cuando seguías
encaprichada conmigo —le dijo con
dureza—. Esa era la razón por la que
no le dejabas siquiera que se acercara a ti, y él lo
sabía. Eso lo llevó a la bebida y fue
la bebida lo que lo mató —añadió devorado por la
culpabilidad. No debía haber permitido
que se casaran—. ¿Crees que podré jamás
perdonarte por eso?
Coreen no alcanzaba a comprender de
dónde procedía todo aquel rencor pero no
se molestó en contestarle. ¿De qué
serviría? Ella no lo había utilizado para herir a
Barry; había sido al revés, pero Tom
jamás la creería.
Habían llegado junto al coche. El
ranchero la depositó en el asiento trasero para
que pudiera estirar las piernas si
quería. Bill, notando la tensión en el ambiente,
trató de sacar conversación cuando Tom
puso el vehículo en marcha, pero Coreen sólo
contestaba con monosílabos y Tom tenía
la vista fija en la carretera con expresión
malhumorada, así que finalmente se dio
por vencido y optó por dedicarse a contemplar
el paisaje por la ventanilla.
Cuando llegaron a la casa del rancho
Kaulitz, Tom volvió a tomarla en brazos, y la
subió al cuarto de invitados,
marchándose al momento, farfullando que tenía unas
llamadas importantes que hacer. La
habitación estaba decorada en tonos beige y
rosas, y resultaba muy acogedora, pero
Coreen dudó que pudiera conciliar el sueño con
facilidad estando bajo el mismo techo
que Tom Kaulitz.
—¿Tienes hambre? —le preguntó Bill
entrando en ese momento con un
camisón en la mano.
—Bueno, en el hospital me dieron un
poco de caldo y un yogur, pero la verdad es
que no le diría que no a algo más
consistente —contestó Coreen esbozando una
pequeña sonrisa.
—Bien. Entonces iré a preguntarle a la
señora Bird si hay algo preparado que
pueda subirte —iba a darse la vuelta,
cuando de pronto reparó en el camisón, aún en su
mano—. Oh, casi me olvido. Te he
traído esto. Al menos estarás más cómoda que con esos vaqueros. Espera, te ayudaré
a levantarte y...
—No.
Sorprendido por la brusca negativa,
Bill alzó la vista hacia su amiga, sentada
en la cama. Coreen se dio cuenta de la
expresión de temor que debía tener escrita en
el rostro, y se apresuró a distender
sus facciones.
—No hace falta, de verdad, Bill. Puedo
yo sola, pero gracias.
—Como quieras —murmuró su amigo al
cabo de un rato—. Bueno, ahora vuelvo.
Y, entregándole el camisón, salió de
la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Coreen suspiró y desdobló el camisón,
observando aliviada que tenía el cuello redondo.
Ya no podría volver a ponerse ninguna
prenda con escote, se dijo acariciando los
bordados que tenía el camisón a la
altura del pecho, no después de... Sacudió la cabeza,
queriendo apartar el horrible
recuerdo.
Estaba ya metida en la cama cuando
llamaron a la puerta, y Coreen dijo «pasa»
confiadamente, pensando que se
trataría de Bill, pero quien apareció fue Tom. El
ranchero se había desabrochado los
primeros botones de la camisa de cuadros que
llevaba puesta, y la joven no pudo
evitar fijarse en la mata de vello que asomaba.
Y entonces, al levantar la vista hasta
sus ojos, se dio cuenta de que él también
estaba mirándola, o, más bien, mirando
su pecho, como si encontrara muy interesante
el dibujo bordado.
Coreen torció el gesto y tiró irritada
de la sábana hasta el cuello.
—¿Qué estás mirando? —le espetó—.
Estoy más plana que una tabla de planchar
—farfulló con amarga ironía,
recordándole las palabras que pronunció la noche de la
fiesta del club de tiro.
—No exactamente —murmuró Tom. Se
acercó a la cama, sentándose junto a ella,
la miró a los ojos, y de repente tiró
de la sábana, apartándola. Coreen trató de
quitársela pero él no se lo permitió.
—Tom, suéltala ahora mismo —le dijo
ella en el tono más amenazador del que fue
capaz.
—¿De qué tienes miedo? —inquirió él
con una sonrisa burlona.
—Si no dejas de molestarme, te juro
que llamaré a Bill y... —le dijo Coreen,
haciendo ademán de incorporarse.
Pero, antes de que se hubiera apartado
cinco centímetros de la almohada, él puso
la palma abierta de su mano sobre su
esternón y la empujó suave pero firmemente
para que volviera a recostarse.
—Está bien, está bien... ya te dejo
tranquila —murmuró para aplacarla, soltando
la sábana. Sin embargo, no retiró la
mano al advertir con curiosidad la fuerza con que
estaba latiéndole el corazón.
Coreen se sentía incómoda con aquel
turbador contacto, más cuando la mano
de Tom era tan grande que las puntas
de sus dedos tocaban la parte superior de su
seno izquierdo. Si llegara a notar los
puntos... Frenética, lo agarró de la muñeca y
apartó su mano, y volvió a taparse con
la sábana, mirándolo con los ojos abiertos como
platos.
Tom estaba perplejo. Barry le había
dicho que era frígida pero, si como también
le había asegurado había seguido
amándolo durante su matrimonio, ¿por qué de
repente rehuía su contacto? Dos años
atrás no había sido así en absoluto.
—¿Qué creías que estabas haciendo? —le
preguntó Coreen furiosa y roja como la
grana cuando se hubo repuesto del
susto.
—Para ser una mujer que me desea
ardientemente, te muestras
sorprendentemente reacia a que te
toque siquiera.
—Yo no te... no te deseo —balbució
ella, apartando la mirada.
—Eso me ha parecido —murmuró él—. ¿Por
qué me utilizabas entonces para
hacer sufrir a Barry?
Aquella injusta acusación estaba
revolviéndole de tal modo el estómago a Coreen,
que mantuvo la calma a duras penas.
—Yo jamás hice eso.
—¿Tienes el valor de negarlo? —le
espetó él, inclinándose hacia ella. Coreen se
echó hacia atrás y apretó la sábana
contra su cuerpo—. Deja de comportarte como un
animal asustado —masculló él,
irritado—. Ni siquiera te he tocado, y tampoco tengo
ningún interés en hacerlo.
—Eso ya lo sé —farfulló ella
sonrojándose—, y no hace falta que me lo
recuerdes. Me lo dejaste muy claro
hace dos años.
—Del modo más cruel posible —asintió
él con una nota de arrepentimiento en su
voz—. ¿Nunca te ha dicho Bill por qué
lo hice?
—Sí, pero yo jamás te hice daño
alguno.
—No, pero llegaste a ser muy
persistente —murmuró él quedamente—, y te
quería fuera de mi vida.
—Felicidades, lo conseguiste.
La mandíbula de Tom se tensó.
—¿Por qué te casaste con Barry?
Coreen sintió como si la golpeara un
rayo, y dio un respingo ante la pregunta. No
podía decirle la verdad.
—Porque me lo pidió —respondió
apartando la mirada.
—¿Y tú aceptaste sólo porque sí? —inquirió
él irritado.
—Se preocupó de mi padre y de mí
cuando a nadie más le importábamos
—contestó ella—. Estábamos casi sin un
centavo, y no sólo compró la tienda, sino que
también, mientras se hacía el papeleo,
nos anticipó el dinero para pagar las facturas
del cardiólogo. Me sentía en deuda con
él y el matrimonio me pareció un precio
pequeño por lo que había hecho por
nosotros.
No añadió, sin embargo, que fue sobre
todo su actitud lo que terminó por
empujarla en brazos de su primo. Si
tan sólo hubiera estado a su lado cuando
necesitaba una mano amiga... De
pronto, Tom se puso de pie y fue hasta la ventana. Se
quedó contemplando los verdes campos
donde pastaban las reses.
—¿Sentías al menos algo por él? —le
preguntó a Coreen. La joven retorció el
ribete de la sábana entre sus dedos.
—Sentía afecto por él... al principio
—dijo siendo sincera. Tom giró la cabeza
hacia ella.
—¿Y deseo, sentiste alguna vez deseo
por él?
Coreen se estremeció sin poder
evitarlo.
—No, claro que no —masculló él con
frialdad, tomando su silencio como una
confirmación de lo que Barry le había
contado—. Pero me deseabas a mí. Oh, sí, no he
olvidado cómo reaccionaste en la
fiesta del club de tiro. Aquella noche me habrías
dado lo que quisiera.
—Pero no había nada que tú hubieras
querido tomar —murmuró Coreen mirándolo
fijamente.
Capítulo 5
Coreen no tenía nada que ponerse
excepto la ropa que había llevado cuando se
había caído del caballo y, aunque la
señora Bird se la había lavado, tenía algunos
jirones, producidos seguramente al
engancharse con los matorrales. Quería pedirle a
Bill que fuera a la casa que había
compartido con Barry para que recogiera sus
cosas, pero le inquietaba la idea de
permitir que alguien viera la habitación que había
ocupado. Por suerte, sin embargo, la
señora Bird tenía una hija aproximadamente de su
talla y le prestó unas cuantas prendas
para que pudiera arreglárselas entre tanto.
Los días siguientes a su llegada al
rancho, Bill tuvo que marcharse en un viaje
de trabajo a Houston, y su hermano
estaba ocupado adiestrando unos caballos que iba
a vender a una escuela de equitación,
así que la joven pasaba casi todo el tiempo sola
en su habitación, a excepción de las
visitas de la señora Bird, que subía de vez en
cuando a verla por si necesitaba algo.
Después de desayunar había poco con lo
que entretenerse a excepción de un par
de libros que le había dejado Bill. La
joven se sentó junto a la ventana a ver al
ranchero trabajar con los caballos en
el picadero. Los animales eran nobles y
hermosos, y la paciencia y suavidad
con que Tom los trataba verdaderamente
asombrosas. Si tan sólo fuera igual
con ella..., suspiraba para sí la joven.
Sabía que Tom se enfadaría si se daba
cuenta de que lo estaba observando, pero
siempre parecía demasiado enfrascado
en su tarea, y ella no podía reprimir el deseo
de admirarlo, aunque sólo pudiera ser
así, de lejos. Tenía un cuerpo atlético y la
destreza de un cowboy de rodeo. Jamás
fallaba cuando arrojaba el lazo y sabía
cabalgar a pelo tan bien como con
silla de montar. Sin embargo, también era un
hombre temperamental, y el segundo día
Coreen lo había visto perder los estribos con
uno de sus peones por estar
descuidando los utensilios de trabajo. Al oírlo gritar, la
joven se había apartado temblorosa de
la ventana. Barry siempre le había gritado
antes de golpearla. Probablemente
debía alegrarse de que Tom no quisiera nada con
ella, se había dicho, porque la
intimidaban tanto su temperamento como su fuerza.
A pesar de ello, volvió a sentarse
junto a la ventana el día siguiente, y finalmente
Tom acabó por enterarse. Era algo
inevitable, ya que la figura silenciosa asomada a la
ventana había atraído la atención de
sus hombres, quienes empezaron a tomarle el pelo
con «esa chica de la ventana que lo
miraba con ojitos tiernos». Y así, la tarde del día
antes del regreso de Bill, Tom subió
al cuarto de invitados y se detuvo en el quicio
de la puerta abierta.
—¿Vas a cenar aquí, en la habitación,
como de costumbre? —le preguntó de
repente.
En efecto, desde que llegara, la
señora Bird le había subido en una bandeja todas
las comidas, y lo cierto era que
Coreen prefería que así fuera, ya que, de tener que
comer con Tom Kaulitz mirándola
fijamente desde el otro extremo de la mesa, estaba
segura de que se atragantaría. Sin
embargo, precisamente porque nunca había bajado
a desayunar, almorzar, ni cenar con
él, no comprendía a qué venía la pregunta y vaciló a
la hora de responder.
—Tengo una cita esta noche —añadió él
a modo de explicación—, una abogada de
Victoria a la que he invitado a cenar.
He venido a decírtelo por si tuvieras pensado
bajar y no tengas ganas de charlar.
Demasiada consideración para tratarse
de Tom Kaulitz. Su verdadera intención
había sido sorprenderla, pero Coreen
no se percató de ello a tiempo para poder
ocultar el asombro que se reflejó en
su rostro ante el anuncio de esa cita.
—Oh... yo... no quisiera molestar
—balbució atropelladamente—. De hecho
pensaba pedirle a la señora Bird que
esta noche también me subiera la cena.
A pesar de su respuesta, Tom la miró
con suspicacia.
—Bien —murmuró él—. Y otra cosa
—añadió con brusquedad—: mientras estés
aquí, más vale que te busques algún
otro entretenimiento... aparte de observarme por
la ventana mientras trabajo.
Coreen se puso roja como una amapola y
apartó el rostro.
—Estaba mirando a los caballos, no a
ti.
—Sea como sea, será mejor para ti que
tengas alguna ocupación —le dijo Tom. «Y
para mí también», añadió para sus
adentros.
Las manos de la joven, ocultas bajo
las sábanas, apretaron la tela de la bata que
llevaba puesta. De nuevo estaba
ensañándose con ella. Había sido una ingenua al creer
que su estado convaleciente lo haría
sentir la suficiente compasión de ella como para
mantener a raya su hostilidad durante
unos días.
—Sí —asintió sin alzar la vista—, será
lo mejor.
Tom observó la cabeza gacha de la
joven con sentimientos encontrados, el más
fuerte de los cuales era la
culpabilidad. Coreen había empujado a su marido a la bebida
y eso lo había matado, y todo porque
deseaba a un hombre al que no podía tener, por el
que había rechazado una y otra vez a
su marido.
Él se había sentido culpable desde el
día en que Barry empezara a hablarle de lo
infeliz que era en su matrimonio; al
enterarse de su muerte esa carga se había
triplicado; y, ahora, la presencia de
Coreen en su propia casa estaba agravando el
desprecio que sentía por sí mismo, ya
que le recordaba constantemente el dolor que
había causado a su primo. Por eso
había invitado a Lillian a cenar, no porque tuviera
ganas de aguantar su interminable
cháchara, sino porque quería dejar bien claro a
Coreen que no estaba interesado en
ella. No podía soportar que su huésped no deseada
se pasara el día observándolo
anhelante desde la ventana de su habitación. ¡Ni siquiera
mientras estaba trabajando podía
evitarla, por todos los demonios!
—Esto no va a funcionar —masculló sin
darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.
—Seguro que no me creerás, pero es lo
que intentaba decirle a Bill cuando me
propuso que viniera aquí con vosotros
—dijo ella con una leve sonrisa. Alzó la vista
hacia él—. Empezaré a buscar un
apartamento para alquilar en cuanto pueda ponerme
de pie sin caerme.
Tom la miró incómodo.
—Trataré de ayudarte a encontrarlo.
—Gracias. Y nada demasiado caro, por
favor: todavía tengo que encontrar un
empleo.
—Tal vez haya algún modo de anular
algunas de las disposiciones del testamento de Barry —le dijo él—. Se lo
consultaré al notario. Y, aun en caso de que no pudiese
hacerse, me aseguraré de que al menos
tengas una asignación que te permita
arreglártelas hasta que tengas un
trabajo.
Coreen iba a darle de nuevo las
gracias pero sabía que él no quería su gratitud y
tampoco ella quería sentirse en deuda
con él, así que se limitó a asentir con la cabeza.
—Le diré a la señora Bird que suba
para preguntarte qué quieres comer.
—Lo que esté haciendo estará bien
—contestó ella con una cortesía un tanto
forzada—. No quiero causar más
molestias de las que ya os he causado.
Tom no contestó a eso, pero la mirada
fría y acusadora en sus ojos no se había
desvanecido cuando se dio la vuelta y
salió al pasillo. Sólo cuando entró en su propio
dormitorio recordó todo por lo que
Coreen había pasado aquella semana: hubiera
amado o no a Barry, se había quedado
viuda, había sufrido un accidente, había perdido
su hogar, y se había quedado sin un
dólar. Tal vez estaba siendo demasiado injusto al
culparla como la había culpado.
Parecía muy frágil postrada en aquella cama y lo cierto
era que se detestaba por el modo cruel
en que la trataba aun sin pretenderlo. A pesar
de todo, se deshizo de ese sentimiento
de culpabilidad junto con la ropa de trabajo
cuando entró en la ducha y se cambió
para su cita.
Coreen estaba sintiéndose más y más
deprimida por momentos. Desde su
habitación podía escuchar a Tom y a su
cita charlando y riendo. La señora Bird le había
subido una bandeja con la cena echando
pestes de la invitada.
—Esta señoritinga me saca de quicio
cada vez que viene. No quiere el café tan
cargado, y la ensalada sin aliñar
porque le gusta hacerlo ella misma —refunfuñó
mientras colocaba la bandeja sobre el
regazo de Coreen—. Tampoco ha querido el
bistec porque tiene colesterol, y nada
de postre, por supuesto.
—Vaya, pues debe estar sanísima.
—¿Sanísima? Está delgada como una
espina de pescado —contestó la mujer.
—Mmm..., creía que no tenía apetito,
pero viendo este festín se me hace la boca
agua —dijo Coreen, inhalando el
delicioso aroma de la sopa de verduras, el bistec con
ensalada, y el bollo de pan recién
horneado. La señora Bird sonrió.
—Pues también le he subido un poco de
tarta de queso casera —murmuró
destapando una pequeña fuente.
— ¡Me encanta la tarta de queso!
—exclamó Coreen entusiasmada como una niña.
Y la señora Bird sonrió aún más
ampliamente.
—Cuando termine déjelo sobre la
mesilla. Subiré luego a recogerlo cuando se
hayan marchado. El señor Kaulitz
mencionó que se iban al centro, a ver una obra de
teatro, creo, y que luego iba a
llevarla al aeropuerto.
—¿Cómo es ella? ¿Es agradable?
—inquirió Coreen curiosa. La mujer se quedó
dudando un momento.
—Bueno, supongo que a su manera
—contestó—. Es muy elegante, e inteligente, y
conoce al señor Kaulitz desde hace
años. Empezaron a salir y ella, que está loca por él,
creía que terminaría proponiéndole
matrimonio. Pero no fue así —añadió encogiéndose
de hombros—. Cuando el señor Kaulitz
vio que la cosa se estaba poniendo demasiado
seria y que ella estaba empezando a
albergar esperanzas, le dijo que no creía en el
matrimonio. Le partió el corazón a la
pobre señorita Lillian —murmuró meneando la
cabeza—. Siguen siendo amigos pero
estoy segura de que ella no lo dejará escapar si
ve que tiene la más mínima
oportunidad. En fin, se le va a enfriar la comida, así que la
dejaré —dijo dirigiéndose hacia la
puerta.
—Señora Bird —la llamó Coreen cuando
la mujer tenía ya puesta la mano sobre el
pomo.
—¿Sí?
—Gracias —murmuró la joven esbozando
una sonrisa.
—No hay de qué, querida —respondió la
señora Bird sonriendo también. Y salió
de la habitación dejándola de nuevo a
solas. Coreen comió todo lo que la buena mujer le
había preparado y, cuando hubo
terminado, puso la bandeja sobre la mesilla de noche.
Trató de seguir leyendo una de las novelas
que le había prestado Bill, pero las
risas que provenían del piso de abajo
la estaban poniendo de los nervios. Por un
momento intentó imaginarse que era
ella la que estaba en el comedor, cenando y
charlando con Tom, que él disfrutaba
de su compañía, pero la fantasía se esfumaba en
cuanto intentaba conjurarla. Era
imposible, se dijo. ¿Cómo no iba a serlo cuando Tom
sólo tenía miradas furiosas y
acusadoras para ella? Esa tal Lillian debía ser muy
especial para él, pensó, sintiendo el
aguijón de los celos en su pecho. ¡No!, ¡no tenía
derecho a sentirse celosa! Él no le
pertenecía, y nunca había sentido nada por ella, ni la
había alentado. Sin embargo, cuando
volvieron a oírse risas, Coreen no pudo evitar que
sus ojos se llenaran de lágrimas.
Al día siguiente no se acercó siquiera
a la ventana. Se puso una camiseta y unos
pantalones vaqueros de la hija de la
señora Bird, y se acurrucó en la mecedora que
tenía en la habitación, hojeando un
periódico del día anterior que la mujer había tenido
la amabilidad de subirle para que se
entretuviese. Las noticias, como siempre, eran
deprimentes, así que empezó a mirar la
sección de cultura, y acabó haciendo el
crucigrama para no acordarse todo el
tiempo de que Tom no la quería en su casa. No
sabía qué iba a hacer. Aunque quisiese
empezar a buscar un empleo, todavía estaba
demasiado débil física y
emocionalmente como para poder hacer nada. Estaba
deseando que llegara Bill.
Y al fin, contestando a sus plegarias,
después del almuerzo se oyó un coche y a
los pocos minutos su amigo entraba en
la habitación con su habitual sonrisa.
—¡Dios, estoy muerto! —gimió dejándose
caer en la cama—. Creía que nunca
acabaríamos de instalarle el nuevo
sistema informático a ese cliente. Pero se acabó, al
fin se acabó, y ahora podré tomarme
unos días libres y pasar un poco de tiempo
contigo. ¿Cómo han ido las cosas por
aquí?
—Dejémoslo en que han ido —murmuró
Coreen—. Bill, ¿podrías ayudarme a
encontrar un apartamento?
Su amigo giró el rostro hacia ella con
los labios fruncidos.
—¿Tom ha estado molestándote otra vez?
—adivinó.
—¿Qué esperabas? —suspiró Coreen—. Ya
sabes lo que piensa de mí, y también
que no me quiere aquí. Ayer me acusó
de pasarme todo el tiempo observándolo por la
ventana mientras trabaja, y... bueno,
es verdad que he estado haciéndolo —admitió—,
pero no todo el tiempo. Lo cierto es
que no podía evitarlo —murmuró mordiéndose el
labio.
Bill se incorporó, quedándose sentado
y se volvió hacia su amiga.
—Tal vez si hablarais, si trataras de
hacerle ver que te está haciendo daño con
esa actitud...
—¿Y de qué serviría? —farfulló Coreen
sacudiendo la cabeza—. No quiere saber
nada de mí, ni de mi matrimonio, y se
ha encargado de dejarme muy claro que si estoy
aquí es sólo porque estoy
convaleciente.
Bill resopló irritado con su hermano.
—Es un bruto. Lo siento, Corrie, esto
es culpa mía por haber creído que esto
funcionaría. Es sólo que creí que tal
vez... en fin, ahora ya eso no importa. ¿Quieres
salir de aquí?
—Sí, por favor —contestó Coreen al
momento.
—De acuerdo. Te diré lo que haremos:
nos iremos juntas al apartamento donde
estuvimos viviendo Tom y yo cuando nos
mudamos a Victoria. Allí no tendrás que
enfrentarte cada día a la fiera de mi
hermano.
—Pero, ¿y tu trabajo...?
—¿Ya no te acuerdas de que soy la
copropietaria de la empresa? Trabajo tanto
en las oficinas centrales de Houston
como en las de la sucursal de Victoria, así que le
diré a Geo, mi socio, que voy a
centrarme una temporada en la sucursal. No le
importará.
—Pero es que no quiero causarte
molestias.
—No seas boba, eres mi mejor amiga. Tú
nunca molestas.
Coreen se quedó dudando un momento.
—Necesitaré mis cosas —comenzó—. Odio
tener que pedir favores, pero,
¿podrías...?
—Por supuesto que puedo. Iré a la casa
y te traeré lo que me digas.
—Henry tiene una llave, y estoy segura
de que aún estará viviendo en la cabaña
cerca de la casa, porque Tina
necesitará que guarde la propiedad hasta que ella
organice la venta. Mi ropa está en el
armario de la segunda habitación a mano derecha
al subir las escaleras. No hay mucho,
y encontrarás una bolsa de viaje con mis libros,
cintas, y las cosas que me dejaron mis
padres.
—De acuerdo. Esta misma tarde me
pasaré por allí.
—Gracias, Bill.
—¿Para qué están los amigos? —le dijo
el joven con una sonrisa—. Anda, y
ahora deja de preocuparte. A
principios de la semana que viene estaremos en Victoria.
Sin embargo, las cosas iban a dar un
giro inesperado antes de que llegase la
siguiente semana. Cuando Bill fue a
cambiarse y buscar un par de maletas para
recoger las cosas de su amiga, Tom
subió las escaleras y entró en el cuarto de
invitados.
Coreen seguía sentada en la mecedora
junto a la ventana, y estaba absorta en
sus pensamientos, preguntándose qué
clase de empleo podría buscar. Al notar la
presencia del ranchero, mirándola
fijamente desde el quicio de la puerta abierta,
levantó la cabeza y se sonrojó.
—Estaba charlando con Bill, no
observándote por la ventana —se apresuró a
aclararle, claramente a la defensiva.
Tom entornó los ojos.
—Lástima que no fueras capaz siquiera
de fingir un mínimo de ese anhelo con el
pobre Barry —masculló con sorna. Las
facciones de la joven se tensaron.
—Tenía varias amantes —le dijo.
—No es de extrañar cuando su esposa no
le dejaba siquiera que la tocara —le
espetó él. Había en su rostro tal
expresión de desprecio que Coreen se revolvió en su
asiento—. Lo atormentaste mientras
duró vuestro matrimonio y permitiste que se
subiera a un coche habiendo bebido —la
acusó una vez más—. Nunca olvidaré eso, ni te
lo perdonaré. Has acabado sin nada y
es lo que mereces. ¡Dios, sólo con verte me pongo
enfermo! —masculló, y el desprecio en
su mirada se clavó en el alma de Coreen como un
dardo envenenado.
Tom se giró sobre los talones y salió
de la habitación, pero Coreen no se movió
hasta que escuchó sus pisadas
descendiendo por la escalera. El dolor era demasiado
profundo incluso para que aflorasen
lágrimas a sus ojos, y en ese momento sólo pudo
pensar en que aún habría de pasar otra
semana en aquella casa, teniendo que soportar
el desdén y los ataques de él. ¡No
podría aguantarlo, no podría...! Tenía que irse ya.
Su mente empezó a trabajar a marchas forzadas.
Si esperaba a que Bill se
fuera a recoger sus cosas y a que su
hermano volviera a las tareas del rancho, tal vez
pudiera aprovechar para marcharse sin
que se enteraran. Pediría un taxi por teléfono
para que la llevase a la estación de
autobuses, y allí tomaría el primero que saliese
hacia Houston. Apenas tenía dinero
pero le bastaría para esos trayectos, y una vez en
Houston, trataría de encontrar algún
albergue juvenil donde alojarse. Quizá incluso
existiese en Houston un albergue de la
YWCA, la asociación de jóvenes cristianas,
donde además podría pedir ayuda para
que la ayudaran a encontrar un empleo.
Cualquier cosa sería mejor que quedarse
allí y dejar que Tom Kaulitz siguiera
atormentándola por la muerte de su
primo. En otro momento le habría plantado cara,
le habría respondido, pero débil y
cansada como se sentía no tenía fuerzas para
hacerlo.
Bill, que no sabía que Tom se había
pasado por el cuarto de invitados, asomó en
ese momento la cabeza y le dijo a
Coreen alegremente:
—Me voy, Corrie, Tom me ha dicho que
me llevará a la casa. Volveremos dentro
de un par de horas. ¡Chao!
Coreen contestó quedamente, con
tristeza por ocultarle a su amiga que se iba, y
se quedó esperando en silencio hasta
que oyó a la señora Bird despedirlos, las puertas
del coche cerrándose y cómo el coche
se alejaba. Salió al pasillo y llamó por teléfono al
servicio de radio-taxi. Regresó a su
habitación, se puso unos zapatos, una chaqueta, se
colgó el bolso del hombro, y bajó las
escaleras con mucho sigilo pero se tropezó con la
señora Bird en el salón.
—Señorita Coreen... —murmuró la mujer
sorprendida. La joven tuvo que
improvisar una excusa.
—Me he acordado de algunas cosas que
necesito de la casa —balbució—, y he
olvidado decírselo a Bill, así que he
pensado en acercarme hasta allí.
—Pero, querida, no está en condiciones
para salir.
—Estoy bien —le aseguró Coreen,
forzando una sonrisa—, no se preocupe por mí.
—Pues yo creo que debería esperar a
que vuelvan los señores Kaulitz. Ya irán mañana otra vez a por esas cosas que se
le han olvidado. O déjeme al menos llamar a la casa para decirles que va para allá
—añadió al ver que no iba a convencerla—. ¿Y si llega y ya se han ido?
—No se preocupe, ellos se han ido hace
poco, y yo he llamado un taxi y estaré allí
enseguida —insistió Coreen, tratando a
toda costa de ocultar su nerviosismo. Justo en
ese momento se escuchó un claxon
fuera—. Ah, ya está ahí —dijo aliviada.
—Pero, señorita, está tan pálida, y
aún no se ha repuesto del todo...
—Tranquila, estaré bien. Estoy mucho
mejor, de verdad. Llamaré en cuanto
llegue allí, ¿de acuerdo?
La mujer pareció calmarse un poco con
esa promesa.
—Está bien. Tenga mucho cuidado.
—Lo tendré. Adiós, señora Bird.
Poco podía imaginar la mujer que ese
adiós era literal. Coreen salió fuera y
avanzó hacia el taxi. Se notaba
temblorosa, y el corazón le martilleaba con fuerza
contra las costillas, pero no se
detuvo ni miró atrás.
HOLA!!! AQUI ESTAN LOS DOS CAPITULOS ... 3 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO :))
Pobre Corren.
ResponderEliminarSiguelaa Virgii
Pobre Corren.
ResponderEliminarSiguelaa Virgii
Sube pronto :/
ResponderEliminarSigueeee
ResponderEliminarPobre Coreen, me encanto virgi espero los próximos caps..
ResponderEliminar