jueves, 7 de julio de 2016

2 Y 3

Capítulo 2
Coreen y Bill se habían conocido al entrar en la facultad de Ciencias
Empresariales, pero no fue hasta el cuarto y último año de carrera cuando conoció a
Tom. Ella tenía entonces veintiún años, y él treinta y siete. Fue un día que Bill la
había invitado a su casa en el rancho Kaulitz para repasar juntas unos apuntes. Tom
había entrado en el salón para preguntarle si lo habían telefoneado en su ausencia y
Bill los había presentado. Tom la había mirado largamente de arriba abajo, y algo en
ella debió resultarle ofensivo, porque tras la presentación se marchó como alma que
lleva el diablo, y desde ese día, cada vez que Coreen fue al rancho, invitada por su
amigo, Tom nunca estaba allí o se marchaba justo cuando ella llegaba.
Sin embargo, Jacobsville era una ciudad pequeña, y era imposible que no se
encontraran. Una tarde, Coreen estaba en la tienda de piensos, grano, y útiles de
ganadería de su padre, ayudándolo a despachar, cuando Tom había entrado con el
nuevo capataz de su rancho para abrir una cuenta. Hasta entonces siempre había ido a
comprar a otro establecimiento cercano que les hacía la competencia, pero el dueño se
mudaba a otra ciudad y había cerrado el negocio, así que Tom se había visto obligado a
comprar al padre de Coreen. Desde ese día, comenzó a verlo con regularidad. Cada vez
que Tom iba allí, se conducía de un modo amable con ella, seguramente porque era
amiga de su hermano, pero siempre se cuidaba mucho de guardar las distancias.
Coreen, que lo había encontrado fascinante desde el primer momento, no se
sintió herida por su rechazo. ¿Por qué iba a fijarse en una chica que apenas había
dejado atrás la adolescencia cuando se decía que lo perseguían las mujeres más
hermosas de la ciudad? Sin embargo, a pesar de lo que creía Coreen, Tom sí se había
fijado en ella y, sin que se diera cuenta, sus ojos la seguían por toda el
establecimiento cada vez que iba a comprar algo, aunque seguía mostrándose distante
y meramente cortés.
A medida que pasaba el tiempo, Coreen iba sabiendo más acerca de Tom por su
hermano Bill, y poco a poco fue enamorándose de él. Tom fingía no advertir su
interés, pero cada vez le resultaba más difícil hacerlo por lo obvio que resultaba para
cualquiera que los viera, ya que, cada vez que iba a la tienda, la joven se trababa al
hablar y se le caían las cosas continuamente. Además, el contacto físico era inevitable,
cuando ella le entregaba alguna mercancía, o él le daba una hoja de pedido, y al
tocarse sus manos era como si se produjera electricidad. En una ocasión, Coreen había
salido de detrás del mostrador para mostrarle un nuevo tipo de grano que les había
llegado, y de pronto al alzar el rostro, sus ojos se encontraron. Estaban cerca que podía
oler su colonia, y la intensidad de mirada hizo que le temblaran las rodillas. Tom había
bajado la vista hacia los labios entreabiertos de ella, y los latidos del corazón de la
joven habían disparado. Coreen era muy inocente por aquel entonces, pero reconoció al

instante que era deseo lo que impregnaba las facciones de Tom. Era la primera vez que lo veía mirarla de verdad, como a una mujer.
La entrada de su padre en ese momento rompí hechizo, haciendo que la expresión
de Tom se tornara en una de irritación y desprecio por sí mismo y sin pronunciar
palabra, había abandonado la tienda. Coreen se hizo ilusiones a raíz de aquella mirada
que habían compartido, y parecía que Tom se hubiera visto atrapado también por ella,
porque a partir de entonces sus visitas a la tienda se hicieron más frecuentes.
La joven observó que solía ir los miércoles y viernes, así que empezó a arreglarse
esos días, dejando a un lado los pantalones vaqueros, las zapatillas de deporte, y las
sudaderas, por vestidos entallados, faldas, blusas, zapatos de tacón, y una dosis
discreta pero bien aplicada de maquillaje. Su esbelta figura se veía favorecida por
esos cambios, y a Tom le era ya casi posible disimular su interés por ella. La devoraba
con la mirada, y la tensión fue en aumento hasta que día la situación alcanzó un punto
crítico. Habían pasado al almacén, en busca de un tipo de bocado especial para caballos
que Tom le había pedido y Coreen había estado a punto de golpearse la cabeza con
unos azadones que tenían colgados del techo.
—Cuidado —murmuró Tom agarrándola de la cintura para apartarla. Con aquel
inesperado movimiento, la joven quedó delante de él, casi pegada a su cuerpo, pero
ninguno de los dos hizo ademán de separarse del otro.
—Gracias —musitó Coreen con una risa nerviosa—. Soy tan despistada... Mi padre
siempre lo dice, que nunca miro por dónde voy...
Sin embargo la risa se cortó en su garganta al ver la intensa expresión en el
rostro de Tom, y al sentir cómo su tórax subía y bajaba, rozando su pecho, con la
respiración tan entrecortada como la suya.
Y en ese momento, de pronto, él inclinó la cabeza y tomó sus labios en un beso
muy distinto a los que Coreen había recibido hasta entonces. Al principio se tensó un
poco, y él levantó la cabeza un instante para mirarla, pero volvió a besarla, y esa vez,
al despegar sus labios de los de ella, Coreen se quedó de puntillas, con la barbilla
levantada, y los ojos cerrados, como ofreciéndose a él. Cuando los abrió, Tom estaba
observándola fijamente, estudiándola.
—¿Te das cuenta de que tengo dieciséis años más que tú, Coreen? —murmuró
contra sus labios con voz ronca.
—No me importa... —respondió ella sin aliento. Tom la miró con dureza.
—Esto no nos llevará a ninguna parte —le dijo—.Tu estás cegada por algo que no
es más que un enamoramiento juvenil, y yo no pienso prestarme para satisfacer tu
curiosidad. Hace mucho que pasé esa edad en la que uno se conforma con tomar a una
chica de la mano e intercambiar ingenuas caricias con ella.
Coreen no alcanzaba a comprender lo que le estaba diciendo, ansiosa como
estaba por volver a sentir sus labios sobre los de ella, con todo el cuerpo latiéndole
por esas nuevas e intensas emociones.
—Ni siquiera me estás escuchando —le reprochó él, sin poder evitar que su vista
descendiera de nuevo a la boca de la joven—. ¿Sabes qué es lo que estás pidiendo con
esa actitud?
Tomándola por los hombros, la atrajo hacia sí y la besó de nuevo, abriendo sus
labios para introducir entre ellos su lengua, de un modo sensual e insistente que asustó
a la joven.
—No —la detuvo él al ver que intentaba apartarse—, si no te enseño otra cosa, al
menos te enseñaré que el deseo no es algo con lo que se deba jugar.
Una de sus grandes manos subió hasta la nuca de Coreen, sosteniéndole la
cabeza, y la otra siguió asiéndole con firmeza la cintura, mientras sus labios volvían a
atormentarla con besos ardientes a la vez que bruscos. La joven estaba llena de
temor, pero al mismo tiempo se sentía tan excitada, tan sedienta de más, que se dejó
llevar, abandonándose.
Mientras que ella, joven e inocente, había perdido el control por completo, Tom
no lo había perdido ni un instante, y eso precisamente era lo que él quería hacerle ver,
que no estaba preparada para una relación, y mucho menos con un hombre
experimentado. Minutos después del tempestuoso intercambio, Tom despegó sus labios
de los de ella y se apartó para mirarla.
—¿Comienzas a ver lo peligroso que es? —le preguntó en un tono
deliberadamente suave a la vez que algo amenazador—. Podría tomarte ahora mismo si
quisiera, porque tienes demasiada curiosidad como para negarte a mi deseo. Y yo,
Coreen, soy humano, no un santo.
—Pero tú... ¿no... no sientes nada por mí? —balbució ella. Él apretó los puños y
una de las comisuras de sus labios se torció hacia arriba en una mueca cruel.
—Siento deseo por ti, como lo sentiría por cualquier otra mujer que se muestre
tan dispuesta. Eso es todo.
Aquella brusca revelación aplastó el orgullo de Coreen.
—Oh... Oh, ya... ya veo.
—Eso espero, porque últimamente estabas siendo demasiado obvia, Coreen. Vas a
nuestro rancho día sí y día no con la excusa de ver a Bill, te arreglas los días que
vengo a la tienda... Entiéndeme, es halagador, pero no quiero tus atenciones de
adolescente, ni ese incomprensible encaprichamiento que te ha dado conmigo. Siento
ser tan poco delicado pero así es como están las cosas.
Coreen se puso roja como la grana y dio un paso atrás rodeándose incómoda la
cintura con los brazos. Se sentía destrozada. La mandíbula de Tom se contrajo al ver
la expresión dolida de ella pero no se retractó.
—No te lo tomes tan a pecho —le dijo—. Pronto comprenderás que es mejor
conformarse con lo que la vida nos ofrece que aspirar a imposibles. A partir de ahora
mandaré a Louis por los pedidos. Y tú, encontrarás alguna excusa para no venir al
rancho a ver a Bill, ¿verdad que lo harás?
La pobre Coreen asintió con la cabeza en silencio, y subió las escaleras del
almacén conteniendo a duras penas las lágrimas. Tom la siguió, y cuando fue a salir de
la tienda, se detuvo un momento, girándose para mirarla una última vez. Sus facciones
estaban contraídas en lo que a Coreen le pareció un gesto de arrepentimiento, y por un
instante creyó que iba a volver a entrar para decirle que lo perdonara, que no había
querido decir aquello, pero él se caló el sombrero y se marchó.
A partir de ese día, tal y como había dicho, Tom envió a su capataz para comprar
lo que necesitaban y no volvió a poner el pie en la tienda. Coreen lo veía de modo
ocasional por la calle, algo imposible de evitar en una ciudad tan pequeña como
Jacobsville. En una ocasión fueron a almorzar a la misma cafetería, pero Coreen se
levantó, dejando la comida a medio acabar, y salió por la puerta trasera mientras el
maître sentaba a Tom y al hombre que lo acompañaba. Esa misma tarde, al levantar la
vista de un escaparate y girarse, se encontró con que él estaba observándola desde el
otro lado de la calle con expresión confundida, pero en cuanto advirtió que ella lo
había visto, continuó caminando y desapareció tras una esquina. Otro día, para su
sorpresa, Bill la invitó a visitarlo en el rancho. Coreen aceptó la invitación, pero no
sin antes asegurarse de que Tom no iba a estar allí. A su amiga la extrañó esa
insistencia, pero por más que le preguntó al respecto, no logró sonsacar nada a Coreen.
Y aquella no sería la única sorpresa. Unos días después, durante un acto social,
Tom llegó a abordarla. Era el vigésimo segundo cumpleaños de Bill, y éste le había
pedido que fuera con el a un baile para el que tenía invitación. Bill sólo le ocultó un pequeño
detalle: no mencionó que su hermano iba a asistir. Y así, en medio de una pieza en la que
se iba cambiando de pareja, Coreen se encontró de pronto cara a cara con un furibundo Tom.
Sin embargo, para estupefacción del ranchero y los demás asistentes, Coreen se apartó de él, se giró sobre los talones y se marchó. Tras ese incidente los rumores corrieron como la
pólvora por toda la ciudad. Era la primera vez que una mujer rechazaba públicamente a
Tom Kaulitz. Coreen se juró no volver a ir a ningún acto público; Bill se sintió fatal y
se prometió no volver a hacer de Cupido; y Tom estuvo de un humor de perros
durante varios días. Sin embargo, había un evento al que Coreen no había previsto que
tendría que asistir; un evento en el que estaría Tom.
El padre de Coreen pertenecía a un club de tiro, a cuyas reuniones siempre
trataba de arrastrar a Coreen «para que encontrara marido», y del que Tom era
presidente. Coreen se había negado en redondo a acudir a las últimas reuniones desde
el día que el ranchero le diera el ultimátum en la tienda, pero cuando llegó el
decimoquinto aniversario del club, tuvo que terminar accediendo ante la insistencia de
su padre: «va a ser una gran fiesta, cariño, y tú hace tanto que no sales a
divertirte...».
La mirada colérica con que la obsequió Tom al verla entrar en el club del brazo de
su padre fue aún peor de lo que había esperado. Se había puesto un vestido violeta de
lentejuelas, de tirantes finos y escote en uve, con unos zapatos de tacón a juego.
Estaba realmente espectacular, y así se lo hicieron saber varios de los caballeros
asistentes, que le hicieron numerosos cumplidos y la invitaron a bailar. Tom no bailaba
con nadie, sino que se limitaba a andar de un lado a otro, con un whisky en la mano,
hablando con otros hombres y mirando a Coreen irritado.
Y entonces, de pronto, cuando hubo concluido la pieza que la orquesta estaba
tocando, Tom se acercó a Coreen y, sin pedirle permiso a ella ni al joven con el que
estaba bailando, la tomó de la mano y la atrajo hacia sí. Las notas de una nueva melodía
inundaron la sala, y Tom la arrastró consigo, haciéndola girar por la pista de baile,
mientras Coreen tenía la impresión de que el corazón quisiera salírsele del pecho. Por
la mirada punzante de sus ojos entornados, a Coreen no le resultó difícil imaginar que
no se trataba precisamente de un baile de compromiso. Cuando se estaba acabando la
pieza y las luces se atenuaron para dar paso a la siguiente, una melodía romántica, Tom
aprovechó para conducir a Coreen hasta la puerta lateral y llevarla fuera, al pórtico
que daba paso a los jardines, en medio de la penumbra de la noche. Una vez allí, lejos
de las miradas de los curiosos, prácticamente la acorraló contra la pared.
—¿Qué crees que estás haciendo? —le espetó sin alzar la voz, pero en tono
áspero—. ¿Por qué has venido? —sus ojos azules relampagueaban.
—No por ti, te lo aseguro —se apresuró a contestar ella.
—¿Ah, no? —la desafió él—. Me deseas. Tus ojos me lo dicen cada vez que me
miran. Puedes apartarte de mi camino o negarte a saludarme en la calle, pero te estás
engañando a ti misma si crees que no puedo leer en ti como en un libro abierto.
Los ojos de la joven lo observaron de hito en hito, debatiéndose entre la
irritación y la incredulidad.
—Eres el hombre más presuntuoso que he conocido, Tom Kaulitz.
—No es presunción —masculló él pegándose a ella. Antes de que Coreen pudiera
reaccionar, la había tomado por la nuca, haciéndole echar la cabeza hacia atrás,
mientras que se inclinaba hacia ella para tomar sus labios.
La mirada sorprendida en los ojos de la joven lo hizo vacilar un instante, pero
entonces advirtió que, a pesar de sus rechazos en público, a pesar de que acababa de
negar que no estaba allí por él, la expresión en su rostro parecía indicar que sintiera
que estaba ofreciéndole el cielo. Hasta su respiración se había tomado entrecortada.
Aquello lo excitó. Puso la mano libre sobre la cálida y suave piel que dejaba al
descubierto el escote en uve y, al aspirar Coreen sorprendida, aprovechó para posar
su boca en los labios entreabiertos de la joven.
El gemido ahogado de Coreen lo hizo perder la cabeza por completo. En cuanto la
joven empezó a responder al beso, Tom olvidó la diferencia de edad entre ellos, se
olvidó de todo lo que los rodeaba. Por más que lo había intentado, no había logrado
olvidar el sabor de los labios de Coreen. Durante aquellas últimas semanas el recuerdo
lo había atormentado noche y día, y había llegado a pensar que debía haber imaginado
ese placer sin igual, pero no era así. Sin poder ya contenerse, la mano que tenía en la
nuca de la joven se contrajo, atrayendo su boca aún más cerca de la de él, mientras
que la otra se deslizó dentro del cuerpo del vestido, cubriendo uno de los pequeños
senos de Coreen.
Ella emitió un gemido de protesta pero el íntimo contacto de la mano de Tom en
su piel desencadenó en ella toda una serie de deliciosas sensaciones, y sólo pudo
rodearle el cuello con los brazos, aferrándose a él para no perderse en aquel intenso
oleaje de placer. Tom deslizó uno de los finos tirantes hacia abajo, despegó su boca
lentamente de la de ella, y Coreen notó cómo sus labios fueron descendiendo en
húmedos besos por su garganta hasta la suave y cálida circunferencia del seno que
había quedado al descubierto. Dejó escapar un intenso gemido, y sus uñas se hundieron
en los brazos de Tom.
—No hagas eso —susurró él sin levantar la cabeza—, ahoga esos excitantes
gemidos o nos convertiremos en el espectáculo de la velada.
Y entonces, tomando el seno en su mano, lo levantó hasta su boca, engulló la
areola, y comenzó a succionar lenta y suavemente mientras lamía el endurecido pezón.
Coreen sollozaba extasiada, estremeciéndose de placer, y aun cuando Tom liberó su
seno y levantó la cabeza, se quedó muy quieta, con los ojos entornados y la visión
enturbiada por la excitación. Él la estudió en silencio antes de bajarle el otro tirante.
El cuerpo del vestido cayó hasta la cintura de la joven, y las fuertes manos de Tom la
arquearon hacia él, al tiempo que volvía a agachar la cabeza. Tras detenerse un
momento para admirar hipnotizado su desnudez, tomó el otro seno en su boca y la hizo
volar de nuevo con él hasta las estrellas. Cuando finalmente Tom logró controlarse,
Coreen se derrumbó contra él, y lo escuchó respirar jadeante mientras volvía a subir
los tirantes a sus hombros y le ponía bien el vestido.
—¿He sido el primero? —le preguntó con voz ronca. Coreen no se sentía con
fuerzas para mentir.
—Sí —musitó. Las manos de Tom se contrajeron bruscamente en torno a su
cintura, y maldijo con furia entre dientes.
—¡Esto es un error!, ¡un error! —masculló—. Eres tan joven...
Coreen frotó su mejilla contra la garganta de Tom.
—Pero yo te quiero... —murmuró—, te quiero más que a mi vida...
—¡Basta! —la cortó él bruscamente apartándose de ella. Sus ojos
relampagueaban de ira pero sus facciones estaban rígidas por la pasión apenas
controlada, llenas de tormento—. ¡No quiero tu amor!
Coreen alzó la vista hacia él, con una mirada vulnerable y entristecida en sus
grandes ojos azules.
—Lo sé.
Las facciones del ranchero se tensaron hasta parecer una máscara sobre los
marcados pómulos, y apretó los puños.
—Mantente alejada de mí, Coreen —le dijo con voz ronca—. No tengo nada que
darte, nada en absoluto.
Las piernas le temblaban a la joven cuando contestó.
—Sé que no lo creerás, pero si he venido aquí esta noche ha sido sólo porque mi
padre insistió.
Aquello no aplacó a Tom.
—No te hagas ilusiones por lo que acaba de ocurrir —le advirtió con aspereza—,
no ha sido más que sexo. No voy a casarme contigo, y la palabra «amor» no figura en
mi vocabulario.
—Porque no dejas que ocurra —murmuró ella quedamente.
—Eso no es asunto tuyo —le espetó él. Coreen sintió el frío de su mirada como si
la cortara hasta los huesos. Dentro la orquesta había empezado a tocar otra canción,
que la joven reconoció como “Gracias por el recuerdo”, y estuvo a punto de dejar
escapar una risa amarga ante lo apropiada que resultaba para el momento.
—No te engañes creyendo que esto ha sido una especie de interludio romántico
—volvió a advertirle él—. No eres más que una adolescente, larguirucha y plana como
una tabla de planchar. Olvídame, haz el favor. ¡Olvídame y no vuelvas a acercarte a mí!
Se giró sobre los talones y volvió dentro, dejándola sola. Coreen, hondamente
herida por esas crueles palabras, recogió los trozos de su herido orgullo, y se fue a
sentarse en el coche de su padre. Necesitaba estar sola. Éste salió en su busca al cabo
de un rato, extrañado por su prolongada ausencia y, al hallarla en el coche, le preguntó
que le ocurría. Coreen le dijo que le dolía la cabeza, pero su padre no se dejó engañar.
La había visto salir con Tom Kaulitz momentos antes, y leyó al instante el dolor en su
rostro, así que, sin hacer más preguntas, volvió dentro para excusarse con los demás y
regresó a casa con ella.

Capítulo 3
Coreen no volvió a asistir a ninguna otra reunión del club de tiro, ni aceptó las
reiteradas invitaciones de Bill a visitarlo en el rancho, y en las raras ocasiones en
que se cruzaba con Tom por la calle, apretaba el paso y no lo miraba siquiera. Se sentía
avergonzada de cómo había permitido que la besara y la tocara, y dolida por sus
crueles palabras y su desprecio. Si le parecía que tenía el cuerpo de una adolescente y
los senos muy pequeños, ¿por qué había hecho lo que había hecho? En ese momento no
le había dado precisamente la impresión de que lo disgustase, se dijo enfadada. Tal
vez sólo lo había hecho para darle un escarmiento, para asustarla y hacer que se
apartara de él, pero, si era así, ¿por qué le habían temblado las manos, por qué le había
costado tanto recobrar el aliento?
Finalmente, después de darle muchas vueltas al asunto, Coreen había terminado
por relegar al ranchero a un compartimiento de su mente donde se mezclara con los
recuerdos del pasado, y trató de olvidar lo ocurrido esa noche en la fiesta, como si
nunca hubiera sucedido.
Semanas después, su padre sufrió un ataque al corazón, y el médico le dijo que
no podría realizar ningún esfuerzo. Se cansaba muchísimo, y prácticamente se
convirtió en un inválido. Coreen, que habría querido buscar un empleo relacionado con
su licenciatura, tuvo que hacerse cargo de la tienda, pero hacía meses que las cosas no
les iban bien, y tuvieron que acabar poniendo a la venta el negocio. Entonces fue
cuando Barry Tarleton entró en su vida. Lo había atraído el anuncio que su padre había
puesto en el periódico, y cuando fue a ver el local y conoció a Coreen, la tienda no fue
lo único que lo interesó. No adquirió el negocio, sino que les hizo un préstamo, una
generosa suma de dinero, y comenzó a frecuentar la tienda y a hacerse indispensable
para ellos. A pesar de las quejas de Coreen, que no quería caridad, siguió prestándoles
dinero aun cuando era obvio que el negocio no salía a flote.
La salud de su padre comenzó a declinar más aún, y Barry, que sabía muy bien qué
cartas tenía que jugar, siempre estaba cerca de Coreen, ofreciéndole su consuelo,
tiernos besos y dulces palabras. Aquello era algo a lo que la joven no podía resistirse,
ya que el desprecio de Tom la había dejado muy dolida y hambrienta de un poco de
afecto. Por eso, las atenciones de Barry eran como un bálsamo para ella, y pronto se
olvidó de su orgullo.
Tom se había enterado de la enfermedad de su padre, y pasó un día a verlo.
Cuando habló con Coreen se dirigió a ella con amabilidad, incluso vacilante, como si
estuviera avergonzado de su comportamiento, pero la joven se dijo que seguramente
tenía mala conciencia por el estado de su padre y porque estaban al borde de la
quiebra, y eso lo hacía sentir lástima. Había aprendido la lección y no iba a permitir
que la hiriera de nuevo. Lo trató con fría cortesía, mostrándose distante, y la
irritación de Tom fue visible.
Tom no volvió a poner los pies en su casa y, a partir de ese día, a pesar de que la
joven necesitaba apoyo y comprensión más que nunca, se volvió cruel con ella,
lanzándole continuas puyas acerca de su relación con Barry, acusándola de estar
intentando cazar a su adinerado primo para que se hiciera cargo de ella.
Su situación era cada vez más desesperada y, irónicamente, los ataques de Tom
no hicieron sino empujarla aún más a los brazos de Barry, hasta que finalmente éste
asumió sus deudas, quitando aquella carga de los hombros de la joven, pero haciéndola
también totalmente dependiente de él. La noche que murió su padre, Barry se ocupó
de todo, pagó el entierro, y le propuso matrimonio a Coreen. La joven estaba asustada
y confusa, y aceptó.
La mañana que se celebró el entierro, Tom tenía un compromiso ineludible, así que
no pudo asistir, pero se acercó después a la casa de Coreen a darle sus condolencias.
Sin embargo, para su sorpresa, fue Barry quien le abrió la puerta, y le dijo que Coreen
estaba echada porque no se encontraba bien, y que él mismo le transmitiría su pésame.
A su prometida, por supuesto, Barry le ocultó aquella visita, y mintió diciéndole que
había sido el cartero, que traía un certificado con la dirección equivocada.
Aprovechando su vulnerabilidad en esos momentos tan difíciles, a los pocos días, Barry
prácticamente la obligó a firmar la licencia de matrimonio. Tina Tarleton se oponía al
matrimonio, porque consideraba a Coreen inferior a su hijo, pero a Barry lo aburría el
clasismo de su madre y desoyó sus protestas.
La llevó con él al rancho Kaulitz, pues quería pedirle a su primo que fuera su
padrino. Cuando anunció su enlace, Bill tardó en reaccionar y darles la enhorabuena.
No podía creer que fuese a hacer algo así, a dar un paso tan apresurado. El ranchero,
por su parte, dedicó a la joven una mirada de auténtico desprecio, como si estuviera
espetándole «al fin has conseguido lo que querías, ¿no es así?» Se negó a tomar parte
alguna en la boda, y salió de la casa sin decir una palabra más. Esa misma tarde tomó
un avión a Londres.
Aunque no necesitaba ninguna, aquella fue la confirmación definitiva para la
joven de que Tom Kaulitz no quería saber nada más de ella, y que no le importaba lo que
hiciera con su vida mientras lo dejara tranquilo. Después de aquello, Coreen ya no
volvió a plantearse si hacía lo correcto al haber aceptado la proposición de Barry. Ya
todo le daba igual. La boda se llevó a cabo en el registro civil, con la única presencia de
un testigo, un socio de Barry, ya que Coreen no tenía más familia; Bill no había
querido asistir, por temor a irritar a su hermano; y los parientes de Barry tampoco por
no soliviantar a Tina.
Poco podía imaginar Coreen que estaba metiéndose en la boca de la serpiente. A
sus veintidós años era demasiado inocente respecto a los deberes conyugales, y no
sabía la clase de hombre que era Barry Tarleton bajo la máscara que llevaba en
público. Despechado por la negativa de su primo a ser el padrino en su boda, Barry
prohibió a Coreen visitar a Bill, aunque tampoco hubiera podido hacerlo, ya que su
amigo y Tom se mudaron por aquella época a Victoria, dejando el rancho a cargo de un
nuevo capataz, un hombre llamado Emmett Deverell.
Barry acabó enterándose por las malas lenguas de lo que Coreen sentía por Tom
y, siendo muy celoso, comenzó a vigilar todos y cada uno de sus movimientos y actos,
en busca de algo que la delatara, haciendo que la joven se sintiera acosada y agobiada.
Además, Barry era impotente y, al no permitirle su orgullo ir a un médico, y ser
incapaz de obtener satisfacción por los métodos usuales, recurría a otros crueles,
haciendo daño a Coreen, hasta minar su autoestima y convertirla en una persona torpe,
nerviosa todo el tiempo, y encerrada en sí misma. Hacía del acto sexual algo
degradante, un calvario repugnante que la hacía sentirse sucia. Después las cosas
empeoraron, porque él se dio a la bebida, y empezó a tratarla aún con más brutalidad,
a echarle la culpa de su impotencia por sus sentimientos por Tom, quien, además, se
convirtió en su arma favorita para machacar su ya dañado amor propio, y para
reafirmar su poder sobre ella, lanzándole puyas acerca de cómo su primo ni siquiera la
había deseado.
Trató de abandonarlo en varias ocasiones, pero siendo un hombre tan rico e
influyente, Barry tenía medios para dar con ella, y también para hacérselo pagar a
quienes tratasen de ayudarla, así que finalmente terminó por resignarse a su suerte
temerosa de causar una tragedia. Al cabo de un tiempo, Barry empezó a tener
amantes, y aquello fue en cierto modo un alivio para Coreen, pero la tranquilidad le
duró poco. Barry coincidió con Tom en un congreso de ganaderos y, a raíz de ese
encuentro, comenzó a atormentar de nuevo a la joven, a pesar de que ella no había
vuelto a mencionar siquiera el nombre de su primo en todo ese tiempo. A partir de ese
día los encuentros entre Barry y Tom se hicieron más frecuentes. Coreen no imaginaba
por qué su marido había vuelto a tolerar a su primo después de su desaire y de saber
que estaba enamorada de él, pero, inexplicablemente, así era.
Barry parecía disfrutar repitiéndole a Coreen lo mucho que lo compadecía el
ranchero por haberse casado con alguien como ella, y la joven estaba segura de que le
contaba mentiras, que la hacía responsable de sus problemas, pero no le importaba, ya
nada le importaba... Su existencia había perdido la razón de ser. Con el tiempo, Barry
ya no se molestó en seguir intentando ocultarle que se veía con otras mujeres, aunque
ella siempre lo había sabido. Bebía cada vez más, y pasaba mucho tiempo fuera de
casa.
Por aquel entonces uno de sus múltiples negocios había empezado a dar
beneficios, y aquello pareció ponerlo de buen humor por una temporada, aplacarlo, y
dejó de maltratar a Coreen. Seguía tratándola como si fuera un felpudo, pero al menos
no la golpeaba. Pasaron dos semanas; pasaron tres..., y la joven empezó a confiarse, a
decirse que quizá se había hartado de ella y la dejaría marchar... pero se equivocaba.
Una noche, Barry estaba bebiendo como de costumbre en su estudio, repasando la
correspondencia de la semana, mientras Coreen fregaba los platos de la cena, cuando
de pronto entró en la cocina lanzando improperios y blandiendo furioso un sobre
rasgado y una tarjeta. Coreen, aturdida, no comprendió qué lo había puesto fuera de sí
hasta que él puso irritado la tarjeta en sus manos, exigiéndole a gritos una explicación.
Era una felicitación de cumpleaños que le enviaba Bill y, sorprendentemente, llevaba
también la firma de Tom. Aquello era lo que lo había enfurecido. Coreen le había jurado
y perjurado que hacía más de un año que no veía a su primo, pero Barry no la creía, y no
hacía más que acusarla de tener un romance con él mientras la golpeaba. Como Coreen
siguiera asegurándole que se equivocaba, Barry, que, bajo los efectos del alcohol no
era dueño de sí mismo, tomó un cuchillo y la persiguió hasta el salón, donde la acorraló,
inmovilizándola sobre el sofá mientras la insultaba y apretaba el filo del cuchillo
contra su garganta, diciéndole que la iba a despedazar...

El carraspeo del notario devolvió a la joven al momento presente. Se estremeció
por el horrible recuerdo y levantó el rostro hacia la enorme mesa de roble del estudio,
donde el notario estaba sentado leyendo el testamento.
—Y eso es todo, me temo —concluía el hombre en ese momento, observándolos a
todos a través de sus pequeñas gafas—. La práctica totalidad de los bienes del difunto
señor Tarleton van a parar a su madre, excepto el pura sangre que le deja a su primo,
el señor Tom Kaulitz, y el fideicomiso de cien mil dólares que deja a nombre de su viuda,
fideicomiso que, según lo dispuesto en este testamento, habrá de ser administrado
por usted, señor Kaulitz, hasta que ella cumpla los veinticinco años de edad. ¿Alguna
pregunta?
Tom frunció el ceño, incrédulo, y se volvió hacia Coreen, pero la joven, que tenía
la cabeza gacha, no dijo una palabra. Tina se puso de pie, se volvió hacia la joven viuda
y, dirigiéndole una mirada gélida, le dijo:
—Te daré unos días para que abandones la casa. No porque sienta lástima de ti,
no te equivoques, sino para evitar las habladurías de la gente. Tú eres la única culpable
de la muerte de mi hijo y no te lo perdonaré jamás —se giró sobre los talones y salió
del estudio con altivez.
Coreen no tuvo tiempo de replicar nada pero tampoco lo habría hecho. Se sentía
sin fuerzas y no levantó siquiera la vista de las manos enlazadas sobre su regazo. No
tenía dónde ir, y Tom controlaba ahora el poco dinero que tenía. No podría soportar
tener que arrodillarse ante él para pedirle unos dólares para comprarse medias o un
paquete de harina. Tenía que conseguir un trabajo cuanto antes como fuera.
Tom y Bill salieron del estudio al salón, dejando al notario recogiendo sus
cosas, y a Coreen sentada, como en trance.
—La mujer del corazón de oro... —masculló Bill mientras observaban cómo su
tía Tina se alejaba en su Lincoln.
—¿Cómo ha podido hacer Barry algo así? —exclamó su hermano en un susurro
indignado—. ¿Y por qué ha tenido que involucrarme a mí?
—¿Es eso lo único que te preocupa? —le espetó su hermano—. A pesar de que
tenía millones la ha dejado en la miseria, ¿y a ti sólo te preocupa que te haya
involucrado?
—Por supuesto que no, eso es lo que trato de decirte —replicó él con irritación—.
¡Coreen no cobrará hasta dentro de un año! ¡Tendrá que pedirme dinero hasta para
pagarse el autobús!
Bill lo miró sorprendido. No hubiera esperado que su hermano se preocupase
por Coreen, sobre todo cuando, hasta unos minutos antes de la lectura del testamento
había estado atormentándola diciéndole que no se hiciera ilusiones respecto a la
herencia. Sin duda había esperado que Barry le diera un escarmiento con el
testamento pero no tan extremo.
—Se las arreglará. Es fuerte, y estaba preparada para esta noticia —le dijo—.
Ella sabía que Barry no le iba a dejar demasiado, y me dijo que no le importaba.
—¿Cómo diablos no va a importarle? ¡Alguien tiene que hacerla entrar en razón!
Tina no puede privarla de lo que le pertenece por ley. Tiene derecho a exigir una
pensión de viudedad.
—Dudo que lo haga —respondió su hermano—. El dinero nunca le ha importado.
¿O acaso no lo sabías? —le espetó Bill con toda la intención. Tom no dijo nada. De
pronto había algo que lo reconcomía por dentro. Era como si hubiera piezas del
rompecabezas que no encajaran. Por más puyas que le había lanzado, no veía por
ninguna parte a la Coreen que Barry le había descrito; y esa falta de interés por el
dinero... Confundido, salió fuera, y se sentó en el coche a esperar a su hermano
mientras se despedía de su amiga.
—¿Seguro que no quieres venirte con nosotros al rancho, Corrie? —le insistió una
vez más.
—¿Para que tu hermano me provoque una crisis nerviosa? —respondió la joven
viuda con una risa amarga—. No, gracias.
—Tom es un idiota pero si vienes con nosotros, te prometo que me aseguraré de
que no te moleste.
Pero su amiga sacudió la cabeza.
—Te agradezco el ofrecimiento, Bill, pero no es una buena idea. Dile a Tom que
haga lo que quiera con el fideicomiso. No lo necesitaré. Encontraré un empleo y me las
arreglaré.
Sin embargo, cuando también el notario se hubo marchado y se quedó sola, la
valentía de Coreen se esfumó. Se había cambiado el vestido por un gastado pantalón y
un jersey, y había empezado a dar vueltas por la casa, tratando de idear un plan, de
pensar por dónde empezar a partir del día siguiente. No podía imaginar cómo lograría
encontrar un trabajo sin ninguna experiencia, ni un apartamento que alquilar sin un
centavo en el bolsillo, y cada rincón de la enorme casa vacía parecía recordarle el
horror que había vivido. Una intensa punzada de angustia se alojó en su pecho, y de
pronto sintió que casi no podía respirar. Necesitaba aire, espacio abierto, y,
desesperada, salió fuera y comenzó a vagar por los terrenos de la finca sin un rumbo
fijo. Estaba atardeciendo, empezaba a hacer algo de fresco y Coreen no se había
puesto la chaqueta pero no quería volver dentro.
De pronto se encontró con que sus pasos la habían llevado hasta el establo, y
entró para ver por última vez a Imperioso, el caballo pura sangre que pronto pasaría a
formar parte del patrimonio de Tom Kaulitz. Era un animal muy hermoso, de negro
pelaje y porte orgulloso. A Coreen le encantaban los caballos, y Bill le había
enseñado a montar en la época en la que su hermano todavía le permitía visitarla en el
rancho, pero Barry jamás le había dejado acercarse a su pura sangre, igual que nunca
le había dejado que tocase ninguna de sus posesiones más preciadas. Estando
admirando al animal, una sed de venganza invadió a la joven, y casi sintió deseos de
reír y gritarle a Barry: «¡Mírame, bastardo!, ¡estoy aquí y no puedes impedirme que
haga lo que quiera!». Entró en el pesebre y acarició al caballo, con una idea rondándole
por la cabeza. Y entonces, sin pensárselo dos veces, lo ensilló y le puso los arreos, lo
sacó del establo, y montó en él.
Espoleó suavemente a Imperioso con los talones y agitó las riendas, y el animal
comenzó a trotar por la finca. Cuando llevaban un rato así, Coreen sintió que
necesitaba un poco de adrenalina, pero la limitada extensión de aquellos terrenos no
permitiría al animal cabalgar más deprisa, de modo que lo condujo fuera, a la carretera
de tierra que discurría entre las haciendas y ranchos de las afueras de Jacobsville, y
lo espoleó con más fuerza, haciéndolo cabalgar a galope tendido.
Avanzaban veloces, devorando kilómetros, y Coreen disfrutaba con aquella
maravillosa sensación de libertad, y el azote del viento golpeándole en la cara y
despeinándola, pero, de pronto, sin que la joven supiera de dónde había salido,
apareció un todoterreno en el camino, a unos kilómetros, que se dirigía hacia ellos.
Coreen tiró de las riendas con todas sus fuerzas para que Imperioso se detuviera pero
los faros del vehículo habían deslumbrado al animal, y se encabritó furiosamente,
dejándola caer.
Coreen dio con su cuerpo entre las raíces de un árbol, que sobresalían del suelo,
y quedó allí postrada, perdiendo el conocimiento. Lo último que oyó fue un frenazo, y
cómo alguien corría hacia ella.


HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPS ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... HASTA PRONTO :)) 

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