lunes, 11 de julio de 2016

4 y 5

Capítulo 4
Tom y Bill estaban viendo el telediario, apoltronados en los sofás del salón
cuando sonó el teléfono.
—Contestaré yo —le dijo el joven a su hermano, incorporándose y levantando el
auricular—. ¿Diga?
Desde el otro lado de la línea le llegó la voz de Pete Trow, el veterinario, que se
había marchado del rancho hacía apenas media hora tras echar un vistazo a un ternero
enfermo.
—¿Bill? Soy Pete. Escucha...
—Ah, hola, Pete —dijo Bill—, ¿qué ocurre?, ¿se te ha olvidado decirle algo a
Tom?
—No, no es eso.
Bill frunció las cejas. Parecía algo alterado.
—¿Pete?, ¿es que ha ocurrido algo?
—Se trata de Coreen... estoy en el hospital con ella.
Tom, al observar como el color abandonaba el rostro de su hermano, se puso en
pie y se acercó a el.
—¿Qué es?, ¿qué pasa? —inquirió. Pero Bill le hizo un gesto con la mano para
que esperara pues Michael estaba hablándole:
—... no los vi hasta que los tuve casi encima. El caballo es negro y ya estaba
oscuro... Yo volvía a casa... iba sintonizando la radio... Cuando volví a poner la vista en la
carretera el caballo venía muy rápido hacia mí...
—Oh, Dios mío... —musitó Bill pasandose una mano por el cabello.
—Te juro que reaccioné al momento: pegué un frenazo, y el jeep se detuvo a unos
metros, pero el animal se había asustado y la tiró al suelo. La he traído al hospital tan
rápido como he podido.
—Enseguida vamos para allá —dijo el joven, y colgó el aparato con manos
temblorosas—. Coreen ha salido a montar con el caballo de Barry, y Pete casi... casi
chocó con ella —le explicó a Tom—. Frenó, pero Coreen se cayó del caballo... Está en el
hospital.
Se pusieron en marcha al momento, y minutos después estaban en el ala de
urgencias del hospital de Jacobsville donde se encontraron con Pete que ya estaba
algo más calmado.
—La tienen ahí —les indicó señalándoles una enorme sala acristalada frente a
ellos—. Una de las enfermeras me ha dicho que está dormida, y que le han dado algo
para el dolor y sedantes. Le he pedido que me dejara pasar a verla pero me ha dicho
que sólo pueden pasar los familiares.
Tom asintió con la cabeza.
—Vete a casa y descansa —le dijo—. Ha debido ser un buen susto para ti. Vete
con tu mujer y tus hijos. Te llamaremos para decirte cómo va.
—Gracias. Nora y los chicos deben estar preocupados.
Después de que el veterinario se hubiera marchado, Tom y Bill se acercaron a
la sala de observación y abordaron a una enfermera.
—¿Son ustedes familiares? —los interrogó la mujer con voz monocorde, como si
fuera una cinta—. Sólo pueden pasar si...
—Lo somos —mintió Tom impaciente. Lo había dicho con tal vehemencia, que la
enfermera ni siquiera le preguntó cuál era su parentesco y fue a llamar a un médico
que estaba pidiendo unos informes al joven que atendía el área de recepción.
—Estas personas son parientes de la señora Tarleton, doctor —le dijo
presentándole a Tom y Bill.
—¿Cómo están? —los saludó el hombre, estrechándoles la mano a ambos—. Soy el
doctor Burns. Acompáñenme.
Lo siguieron hasta uno de los últimos cubículos de la sala, donde, tras las
cortinas blancas, estaba Coreen dormida en una cama, con el típico camisón de
hospital, y magulladuras por la cara y los brazos.
—Por suerte no ha sido grave. Podría haber sido mucho peor —les informó el
médico—. Se golpeó en la cabeza al caer y ha sufrido una pequeña conmoción cerebral,
pero la hemos examinado y no habrá daños permanentes. Aparté de las magulladuras
que le produjo la maleza está bien, excepto por una costilla fracturada. Como les digo,
ha tenido mucha suerte.
Bill y Tom suspiraron aliviados.
—Sin embargo, he de decirles que me preocupa su equilibrio emocional —les
confesó con franqueza—. Han sido dos accidentes importantes en muy poco tiempo:
primero aquella caída practicando ala delta, y ahora salir a cabalgar por una carretera
casi de noche... Eso sin contar el corte que se hizo con esa lámina de hojalata en el
garaje de su casa...
—¿Cómo dice? —inquirió Tom, frunciendo el ceño. El doctor Burns enarcó una
ceja.
—Creía que eran parientes suyos.
—La verdad es que no directamente, pero su marido era primo nuestro —explicó
Tom—. Falleció ayer.
—Lo sé, nos lo dijo el hombre que la trajo.
—Ya veo. Bien, respecto a esos accidentes... verá, el caso es que en los últimos
meses yo tuve un contacto bastante regular con su marido, y me extraña que no
mencionara nada.
El médico se encogió de hombros por toda respuesta.
—Sea como sea, esa joven necesita que la vigilen, como mínimo hasta que se haya
restablecido. Su comportamiento temerario de hoy... no sé, parece una actitud
escapista, como si necesitara huir de algo, como si algo la atormentara.
Mientras estaban en la sala de espera aguardando a que pasaran a Coreen a
planta, Tom no podía dejar de dar vueltas en su mente esas últimas palabras del
médico.
—¿Sabías tú algo de esos accidentes? —le preguntó a su hermano.
—Sabía lo del ala delta. Fui a verla al hospital, aunque Barry no me dejó
quedarme mucho tiempo. Ni siquiera entonces me dejó quedarme cerca... Hasta ese
punto era posesivo —farfulló meneando la cabeza.
—¿Y por qué no me dijiste nada?
—Porque tú no querías saber nada de ella —contestó Bill abruptamente.
Tom se inclinó, apoyando los codos en las rodillas y se frotó la nuca con la mano.
¿Y si había sido su actitud con ella durante todo el día lo que la había empujado a
hacer la locura de aquella noche? No pretendía ser tan duro con ella, pero había
sentido aprecio por su primo, que siempre le había pedido consejo y ayuda, como si
fuera su hermano mayor. Además, Coreen lo había dejado conducir bebido y aquello no
podía perdonárselo. Era como si lo hubiera condenado a muerte.
—Mañana me acercaré a la casa y le pediré la llave a Henry para poder sacar las
cosas de Coreen —dijo Bill—. Conociendo a la tía Tina, es capaz de cambiar las
cerraduras, y Corrie no tiene dónde ir. Cuando esté mejor me la llevaré conmigo a
nuestro apartamento en Victoria y...
—No —replicó Tom con firmeza—, la llevaremos al rancho. El médico ha dicho que
debe estar vigilada, y si te las llevas a Victoria no podrás hacerlo cuando estés
trabajando. En el rancho, si no estás tú o no estoy yo, la señora Bird siempre puede
echarle un ojo.
La señora Bird era la empleada del hogar que trabajaba para ellos, una mujer
entrada en años, bonachona y discreta. Bill observo el rostro de su hermano.
—¿Y no volverás a atormentarla ni a ser cruel con ella?
La mandíbula de Tom se puso rígida ante la insinuación de su propio hermano de
que fuera capaz de hacerle daño a la joven cuando estaba convaleciente.
—Por supuesto que no —masculló irritado. Se levantó y salió al pasillo y Bill lo
observó alejarse con verdadera curiosidad. ¿Por qué de repente quería ocuparse de
Coreen? ¿Entendería alguna vez a su hermano?
Cuando Tom entró en la habitación a la que habían subido a Coreen, la joven
estaba incorporada en la cama recostada sobre un par de almohadones sintiendo todo
su cuerpo dolorido.
—Hola —farfulló, aún aturdida por la medicación, al verlo aparecer—. ¿Has
venido a recrearte en mi desgracia? Siento decepcionarte, pero no habrá más
entierros esta semana.
Él se metió las manos en los bolsillos y escrutó el rostro de la joven. «Todo
bravata», concluyó al advertir que tras esa actitud desafiante estaba nerviosa por su
presencia.
—¿Cómo estás? —le preguntó. Coreen se llevó una mano a su magullada frente.
—Cansada —respondió.
—Salir a cabalgar por una carretera... —masculló él reprobador, mirándola con
ojos relampagueantes—. ¡Y cuando estaba oscureciendo! No has madurado en absoluto.
Coreen apartó el rostro.
—Déjame tranquila, Tom —le suplicó—. Ahora mismo no tengo fuerzas para
combatir tus ataques.
El tono apagado de su voz tocó la fibra sensible al ranchero que, por un momento,
volvió a verla como aquella chica de años atrás: inocente, frágil... Se acercó a la cama,
y, antes de que Coreen pudiera reaccionar, se inclinó sobre ella, tomando sus labios en
los suyos. La joven dio un respingo y, al sentirlo, Tom levantó la cabeza extrañado.
Coreen se había puesto rígida y sus ojos rehuían su intensa mirada.
—N... no hagas eso —musitó sin aliento. A Tom lo irritó ese repentino rechazo y
creyó que se sentía culpable por cómo se había portado con Barry.
—¿Por qué no? —le espetó enfadado—. Una vez quisiste mis besos. Tus ojos los
suplicaban cada vez que me mirabas. Pero ahora no puedes, ¿no es así? —masculló con
veneno en la voz—. ¿Sabías que Barry lloraba al contarme que no querías que te
tocara?
La joven estaba demasiado sensible como para poder soportar sus puyas y
prorrumpió en amargos sollozos, tapándose los oídos con manos temblorosas y
cerrando los ojos con fuerza.
—¡Déjame, déjame!
Tom se sintió avergonzado de sí mismo. ¿Cómo podía estar haciéndole aquello
cuando acababa de sufrir un accidente?
—Dios... lo siento, Coreen, lo siento...
La joven abrió los ojos y bajó las manos, apretando los puños.
—¿Qué es lo que sientes? —lo interpeló temblando de furia—. ¿Que no me
matara al caer del caballo?
Tom contrajo el rostro.
—¿Eso es lo que crees?, ¿qué habría querido que hubieras muerto? —le preguntó.
Coreen lo miró con dureza.
—¿Me has dado otra razón para creer lo contrario? —le espetó, dejando escapar
una risa amarga—. Dime, Tom, ¿me perdonarías por la muerte de Barry si yo muriese
también?
Las palabras se clavaron en el corazón del ranchero como una daga afilada y
comprendió que sus ataques la habían herido profundamente, más de lo que él había
pretendido. Iba a decir algo, pero en ese momento llamaron a la puerta, y entró Bill,
que miró molesto a su hermano al ver los ojos enrojecidos de su amiga y la
expresión angustiada en su rostro.
—¿Te ha dicho Tom que vas a venirte al rancho con nosotros? —le preguntó
suavemente. Tal y como Bill había esperado, a Coreen la idea no la agradó en
absoluto. Intentó incorporarse para protestar, pero el dolor la hizo volver a tumbarse
con una mueca.
—No es necesario que... —comenzó.
—Sí que lo es —la calló Tom cortante—. Alguien tiene que encargarse de ti
mientras estés convaleciente.
— ¡No puedes obligarme! —casi le chilló Coreen—. ¡No iré!
—Ya lo creo que vendrás —le contestó él, acostumbrado a que sus órdenes se
acataran sin rechistar—. ¡Vendrás aunque tenga que agarrarte del pelo y llevarte a
rastras!
Coreen habría seguido negándose pero la actitud tajante de Tom hizo que se
bloqueara. Barry solía amenazarla de esa manera cuando se negaba a obedecerlo.
—Necesitas descansar —intervino Bill—. Te veremos luego.
Besó la frente de su amiga y salió de la habitación. Tom, sin embargo, no la siguió
al momento, sino que permaneció junto a la cama como debatiéndose consigo mismo.
—Perdona lo del beso —le dijo de pronto—. Sé que no debería haberlo hecho
pero la verdad es que me asustaste.
Ella alzó la vista mirándolo sin comprender.
—Nos temimos lo peor cuando Pete nos llamó —le explicó él.
—No soy una suicida —le dijo Coreen con firmeza—, pero necesitaba salir de la
casa, no podía aguantar un segundo más allí. Sólo quería alejarme de todo por unos
momentos.
—Y casi te matas.
—Cuando salí aún no había oscurecido —se defendió ella pero no pareció
convencerlo—. ¿Es que nunca has hecho una locura? —le espetó irritada. Tom la miró
de un modo extraño.
—Sí —respondió mirándola a los ojos—: besarte.
Y salió de la habitación antes de que ella pudiera contestar.

Tom tomó a Coreen en brazos, levantándola de la silla de ruedas en que la habían
sentado para bajarla hasta el aparcamiento del hospital, mientras Bill se adelantó
para ir a abrir la puerta del asiento trasero.
—No hace falta que hagas esto —protestó Coreen azorada—, puedo sola.
Además, peso mucho.
—No digas bobadas, no pesas nada —repuso él.
—Pues es lo que dijo ese enfermero bajito que tuvo que levantarme de la cama
para sentarme en la silla de ruedas —farfulló Coreen. Tom se rió. Coreen observó cómo
la risa transformaba sus facciones y lo hacía parecer más joven y menos áspero. La
suave mirada de Coreen reavivó en él los sentimientos que se empeñaba en negar, y,
frunciendo el ceño, se dirigió hacia el coche.
—¿Fue así como cazaste a Barry? —la atacó irritado consigo mismo—,
¿lanzándole esas miraditas insinuantes?
La joven apartó el rostro, tensándose en sus brazos.
—Piensa lo que quieras de mí —murmuró—. No me importa.
—Por supuesto que te importa —masculló él—, y eso es lo que lo hace
imperdonable.
—¿El qué? —inquirió ella, mirándolo desafiante. Tom la observó irritado.
—Que te casaras con él cuando seguías encaprichada conmigo —le dijo con
dureza—. Esa era la razón por la que no le dejabas siquiera que se acercara a ti, y él lo
sabía. Eso lo llevó a la bebida y fue la bebida lo que lo mató —añadió devorado por la
culpabilidad. No debía haber permitido que se casaran—. ¿Crees que podré jamás
perdonarte por eso?
Coreen no alcanzaba a comprender de dónde procedía todo aquel rencor pero no
se molestó en contestarle. ¿De qué serviría? Ella no lo había utilizado para herir a
Barry; había sido al revés, pero Tom jamás la creería.
Habían llegado junto al coche. El ranchero la depositó en el asiento trasero para
que pudiera estirar las piernas si quería. Bill, notando la tensión en el ambiente,
trató de sacar conversación cuando Tom puso el vehículo en marcha, pero Coreen sólo
contestaba con monosílabos y Tom tenía la vista fija en la carretera con expresión
malhumorada, así que finalmente se dio por vencido y optó por dedicarse a contemplar
el paisaje por la ventanilla.
Cuando llegaron a la casa del rancho Kaulitz, Tom volvió a tomarla en brazos, y la
subió al cuarto de invitados, marchándose al momento, farfullando que tenía unas
llamadas importantes que hacer. La habitación estaba decorada en tonos beige y
rosas, y resultaba muy acogedora, pero Coreen dudó que pudiera conciliar el sueño con
facilidad estando bajo el mismo techo que Tom Kaulitz.
—¿Tienes hambre? —le preguntó Bill entrando en ese momento con un
camisón en la mano.
—Bueno, en el hospital me dieron un poco de caldo y un yogur, pero la verdad es
que no le diría que no a algo más consistente —contestó Coreen esbozando una
pequeña sonrisa.
—Bien. Entonces iré a preguntarle a la señora Bird si hay algo preparado que
pueda subirte —iba a darse la vuelta, cuando de pronto reparó en el camisón, aún en su
mano—. Oh, casi me olvido. Te he traído esto. Al menos estarás más cómoda que con esos vaqueros. Espera, te ayudaré a levantarte y...
—No.
Sorprendido por la brusca negativa, Bill alzó la vista hacia su amiga, sentada
en la cama. Coreen se dio cuenta de la expresión de temor que debía tener escrita en
el rostro, y se apresuró a distender sus facciones.
—No hace falta, de verdad, Bill. Puedo yo sola, pero gracias.
—Como quieras —murmuró su amigo al cabo de un rato—. Bueno, ahora vuelvo.
Y, entregándole el camisón, salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Coreen suspiró y desdobló el camisón, observando aliviada que tenía el cuello redondo.
Ya no podría volver a ponerse ninguna prenda con escote, se dijo acariciando los
bordados que tenía el camisón a la altura del pecho, no después de... Sacudió la cabeza,
queriendo apartar el horrible recuerdo.
Estaba ya metida en la cama cuando llamaron a la puerta, y Coreen dijo «pasa»
confiadamente, pensando que se trataría de Bill, pero quien apareció fue Tom. El
ranchero se había desabrochado los primeros botones de la camisa de cuadros que
llevaba puesta, y la joven no pudo evitar fijarse en la mata de vello que asomaba.
Y entonces, al levantar la vista hasta sus ojos, se dio cuenta de que él también
estaba mirándola, o, más bien, mirando su pecho, como si encontrara muy interesante
el dibujo bordado.
Coreen torció el gesto y tiró irritada de la sábana hasta el cuello.
—¿Qué estás mirando? —le espetó—. Estoy más plana que una tabla de planchar
—farfulló con amarga ironía, recordándole las palabras que pronunció la noche de la
fiesta del club de tiro.
—No exactamente —murmuró Tom. Se acercó a la cama, sentándose junto a ella,
la miró a los ojos, y de repente tiró de la sábana, apartándola. Coreen trató de
quitársela pero él no se lo permitió.
—Tom, suéltala ahora mismo —le dijo ella en el tono más amenazador del que fue
capaz.
—¿De qué tienes miedo? —inquirió él con una sonrisa burlona.
—Si no dejas de molestarme, te juro que llamaré a Bill y... —le dijo Coreen,
haciendo ademán de incorporarse.
Pero, antes de que se hubiera apartado cinco centímetros de la almohada, él puso
la palma abierta de su mano sobre su esternón y la empujó suave pero firmemente
para que volviera a recostarse.
—Está bien, está bien... ya te dejo tranquila —murmuró para aplacarla, soltando
la sábana. Sin embargo, no retiró la mano al advertir con curiosidad la fuerza con que
estaba latiéndole el corazón.
Coreen se sentía incómoda con aquel turbador contacto, más cuando la mano
de Tom era tan grande que las puntas de sus dedos tocaban la parte superior de su
seno izquierdo. Si llegara a notar los puntos... Frenética, lo agarró de la muñeca y
apartó su mano, y volvió a taparse con la sábana, mirándolo con los ojos abiertos como
platos.
Tom estaba perplejo. Barry le había dicho que era frígida pero, si como también
le había asegurado había seguido amándolo durante su matrimonio, ¿por qué de
repente rehuía su contacto? Dos años atrás no había sido así en absoluto.
—¿Qué creías que estabas haciendo? —le preguntó Coreen furiosa y roja como la
grana cuando se hubo repuesto del susto.
—Para ser una mujer que me desea ardientemente, te muestras
sorprendentemente reacia a que te toque siquiera.
—Yo no te... no te deseo —balbució ella, apartando la mirada.
—Eso me ha parecido —murmuró él—. ¿Por qué me utilizabas entonces para
hacer sufrir a Barry?
Aquella injusta acusación estaba revolviéndole de tal modo el estómago a Coreen,
que mantuvo la calma a duras penas.
—Yo jamás hice eso.
—¿Tienes el valor de negarlo? —le espetó él, inclinándose hacia ella. Coreen se
echó hacia atrás y apretó la sábana contra su cuerpo—. Deja de comportarte como un
animal asustado —masculló él, irritado—. Ni siquiera te he tocado, y tampoco tengo
ningún interés en hacerlo.
—Eso ya lo sé —farfulló ella sonrojándose—, y no hace falta que me lo
recuerdes. Me lo dejaste muy claro hace dos años.
—Del modo más cruel posible —asintió él con una nota de arrepentimiento en su
voz—. ¿Nunca te ha dicho Bill por qué lo hice?
—Sí, pero yo jamás te hice daño alguno.
—No, pero llegaste a ser muy persistente —murmuró él quedamente—, y te
quería fuera de mi vida.
—Felicidades, lo conseguiste.
La mandíbula de Tom se tensó.
—¿Por qué te casaste con Barry?
Coreen sintió como si la golpeara un rayo, y dio un respingo ante la pregunta. No
podía decirle la verdad.
—Porque me lo pidió —respondió apartando la mirada.
—¿Y tú aceptaste sólo porque sí? —inquirió él irritado.
—Se preocupó de mi padre y de mí cuando a nadie más le importábamos
—contestó ella—. Estábamos casi sin un centavo, y no sólo compró la tienda, sino que
también, mientras se hacía el papeleo, nos anticipó el dinero para pagar las facturas
del cardiólogo. Me sentía en deuda con él y el matrimonio me pareció un precio
pequeño por lo que había hecho por nosotros.
No añadió, sin embargo, que fue sobre todo su actitud lo que terminó por
empujarla en brazos de su primo. Si tan sólo hubiera estado a su lado cuando
necesitaba una mano amiga... De pronto, Tom se puso de pie y fue hasta la ventana. Se
quedó contemplando los verdes campos donde pastaban las reses.
—¿Sentías al menos algo por él? —le preguntó a Coreen. La joven retorció el
ribete de la sábana entre sus dedos.
—Sentía afecto por él... al principio —dijo siendo sincera. Tom giró la cabeza
hacia ella.
—¿Y deseo, sentiste alguna vez deseo por él?
Coreen se estremeció sin poder evitarlo.
—No, claro que no —masculló él con frialdad, tomando su silencio como una
confirmación de lo que Barry le había contado—. Pero me deseabas a mí. Oh, sí, no he
olvidado cómo reaccionaste en la fiesta del club de tiro. Aquella noche me habrías
dado lo que quisiera.
—Pero no había nada que tú hubieras querido tomar —murmuró Coreen mirándolo
fijamente.

Capítulo 5
Coreen no tenía nada que ponerse excepto la ropa que había llevado cuando se
había caído del caballo y, aunque la señora Bird se la había lavado, tenía algunos
jirones, producidos seguramente al engancharse con los matorrales. Quería pedirle a
Bill que fuera a la casa que había compartido con Barry para que recogiera sus
cosas, pero le inquietaba la idea de permitir que alguien viera la habitación que había
ocupado. Por suerte, sin embargo, la señora Bird tenía una hija aproximadamente de su
talla y le prestó unas cuantas prendas para que pudiera arreglárselas entre tanto.
Los días siguientes a su llegada al rancho, Bill tuvo que marcharse en un viaje
de trabajo a Houston, y su hermano estaba ocupado adiestrando unos caballos que iba
a vender a una escuela de equitación, así que la joven pasaba casi todo el tiempo sola
en su habitación, a excepción de las visitas de la señora Bird, que subía de vez en
cuando a verla por si necesitaba algo.
Después de desayunar había poco con lo que entretenerse a excepción de un par
de libros que le había dejado Bill. La joven se sentó junto a la ventana a ver al
ranchero trabajar con los caballos en el picadero. Los animales eran nobles y
hermosos, y la paciencia y suavidad con que Tom los trataba verdaderamente
asombrosas. Si tan sólo fuera igual con ella..., suspiraba para sí la joven.
Sabía que Tom se enfadaría si se daba cuenta de que lo estaba observando, pero
siempre parecía demasiado enfrascado en su tarea, y ella no podía reprimir el deseo
de admirarlo, aunque sólo pudiera ser así, de lejos. Tenía un cuerpo atlético y la
destreza de un cowboy de rodeo. Jamás fallaba cuando arrojaba el lazo y sabía
cabalgar a pelo tan bien como con silla de montar. Sin embargo, también era un
hombre temperamental, y el segundo día Coreen lo había visto perder los estribos con
uno de sus peones por estar descuidando los utensilios de trabajo. Al oírlo gritar, la
joven se había apartado temblorosa de la ventana. Barry siempre le había gritado
antes de golpearla. Probablemente debía alegrarse de que Tom no quisiera nada con
ella, se había dicho, porque la intimidaban tanto su temperamento como su fuerza.
A pesar de ello, volvió a sentarse junto a la ventana el día siguiente, y finalmente
Tom acabó por enterarse. Era algo inevitable, ya que la figura silenciosa asomada a la
ventana había atraído la atención de sus hombres, quienes empezaron a tomarle el pelo
con «esa chica de la ventana que lo miraba con ojitos tiernos». Y así, la tarde del día
antes del regreso de Bill, Tom subió al cuarto de invitados y se detuvo en el quicio
de la puerta abierta.
—¿Vas a cenar aquí, en la habitación, como de costumbre? —le preguntó de
repente.
En efecto, desde que llegara, la señora Bird le había subido en una bandeja todas
las comidas, y lo cierto era que Coreen prefería que así fuera, ya que, de tener que
comer con Tom Kaulitz mirándola fijamente desde el otro extremo de la mesa, estaba
segura de que se atragantaría. Sin embargo, precisamente porque nunca había bajado
a desayunar, almorzar, ni cenar con él, no comprendía a qué venía la pregunta y vaciló a
la hora de responder.
—Tengo una cita esta noche —añadió él a modo de explicación—, una abogada de
Victoria a la que he invitado a cenar. He venido a decírtelo por si tuvieras pensado
bajar y no tengas ganas de charlar.
Demasiada consideración para tratarse de Tom Kaulitz. Su verdadera intención
había sido sorprenderla, pero Coreen no se percató de ello a tiempo para poder
ocultar el asombro que se reflejó en su rostro ante el anuncio de esa cita.
—Oh... yo... no quisiera molestar —balbució atropelladamente—. De hecho
pensaba pedirle a la señora Bird que esta noche también me subiera la cena.
A pesar de su respuesta, Tom la miró con suspicacia.
—Bien —murmuró él—. Y otra cosa —añadió con brusquedad—: mientras estés
aquí, más vale que te busques algún otro entretenimiento... aparte de observarme por
la ventana mientras trabajo.
Coreen se puso roja como una amapola y apartó el rostro.
—Estaba mirando a los caballos, no a ti.
—Sea como sea, será mejor para ti que tengas alguna ocupación —le dijo Tom. «Y
para mí también», añadió para sus adentros.
Las manos de la joven, ocultas bajo las sábanas, apretaron la tela de la bata que
llevaba puesta. De nuevo estaba ensañándose con ella. Había sido una ingenua al creer
que su estado convaleciente lo haría sentir la suficiente compasión de ella como para
mantener a raya su hostilidad durante unos días.
—Sí —asintió sin alzar la vista—, será lo mejor.
Tom observó la cabeza gacha de la joven con sentimientos encontrados, el más
fuerte de los cuales era la culpabilidad. Coreen había empujado a su marido a la bebida
y eso lo había matado, y todo porque deseaba a un hombre al que no podía tener, por el
que había rechazado una y otra vez a su marido.
Él se había sentido culpable desde el día en que Barry empezara a hablarle de lo
infeliz que era en su matrimonio; al enterarse de su muerte esa carga se había
triplicado; y, ahora, la presencia de Coreen en su propia casa estaba agravando el
desprecio que sentía por sí mismo, ya que le recordaba constantemente el dolor que
había causado a su primo. Por eso había invitado a Lillian a cenar, no porque tuviera
ganas de aguantar su interminable cháchara, sino porque quería dejar bien claro a
Coreen que no estaba interesado en ella. No podía soportar que su huésped no deseada
se pasara el día observándolo anhelante desde la ventana de su habitación. ¡Ni siquiera
mientras estaba trabajando podía evitarla, por todos los demonios!

—Esto no va a funcionar —masculló sin darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.
—Seguro que no me creerás, pero es lo que intentaba decirle a Bill cuando me
propuso que viniera aquí con vosotros —dijo ella con una leve sonrisa. Alzó la vista
hacia él—. Empezaré a buscar un apartamento para alquilar en cuanto pueda ponerme
de pie sin caerme.
Tom la miró incómodo.
—Trataré de ayudarte a encontrarlo.
—Gracias. Y nada demasiado caro, por favor: todavía tengo que encontrar un
empleo.
—Tal vez haya algún modo de anular algunas de las disposiciones del testamento de Barry —le dijo él—. Se lo consultaré al notario. Y, aun en caso de que no pudiese
hacerse, me aseguraré de que al menos tengas una asignación que te permita
arreglártelas hasta que tengas un trabajo.
Coreen iba a darle de nuevo las gracias pero sabía que él no quería su gratitud y
tampoco ella quería sentirse en deuda con él, así que se limitó a asentir con la cabeza.
—Le diré a la señora Bird que suba para preguntarte qué quieres comer.
—Lo que esté haciendo estará bien —contestó ella con una cortesía un tanto
forzada—. No quiero causar más molestias de las que ya os he causado.
Tom no contestó a eso, pero la mirada fría y acusadora en sus ojos no se había
desvanecido cuando se dio la vuelta y salió al pasillo. Sólo cuando entró en su propio
dormitorio recordó todo por lo que Coreen había pasado aquella semana: hubiera
amado o no a Barry, se había quedado viuda, había sufrido un accidente, había perdido
su hogar, y se había quedado sin un dólar. Tal vez estaba siendo demasiado injusto al
culparla como la había culpado. Parecía muy frágil postrada en aquella cama y lo cierto
era que se detestaba por el modo cruel en que la trataba aun sin pretenderlo. A pesar
de todo, se deshizo de ese sentimiento de culpabilidad junto con la ropa de trabajo
cuando entró en la ducha y se cambió para su cita.

Coreen estaba sintiéndose más y más deprimida por momentos. Desde su
habitación podía escuchar a Tom y a su cita charlando y riendo. La señora Bird le había
subido una bandeja con la cena echando pestes de la invitada.
—Esta señoritinga me saca de quicio cada vez que viene. No quiere el café tan
cargado, y la ensalada sin aliñar porque le gusta hacerlo ella misma —refunfuñó
mientras colocaba la bandeja sobre el regazo de Coreen—. Tampoco ha querido el
bistec porque tiene colesterol, y nada de postre, por supuesto.
—Vaya, pues debe estar sanísima.
—¿Sanísima? Está delgada como una espina de pescado —contestó la mujer.
—Mmm..., creía que no tenía apetito, pero viendo este festín se me hace la boca
agua —dijo Coreen, inhalando el delicioso aroma de la sopa de verduras, el bistec con
ensalada, y el bollo de pan recién horneado. La señora Bird sonrió.
—Pues también le he subido un poco de tarta de queso casera —murmuró
destapando una pequeña fuente.
— ¡Me encanta la tarta de queso! —exclamó Coreen entusiasmada como una niña.
Y la señora Bird sonrió aún más ampliamente.
—Cuando termine déjelo sobre la mesilla. Subiré luego a recogerlo cuando se
hayan marchado. El señor Kaulitz mencionó que se iban al centro, a ver una obra de
teatro, creo, y que luego iba a llevarla al aeropuerto.
—¿Cómo es ella? ¿Es agradable? —inquirió Coreen curiosa. La mujer se quedó
dudando un momento.
—Bueno, supongo que a su manera —contestó—. Es muy elegante, e inteligente, y
conoce al señor Kaulitz desde hace años. Empezaron a salir y ella, que está loca por él,
creía que terminaría proponiéndole matrimonio. Pero no fue así —añadió encogiéndose
de hombros—. Cuando el señor Kaulitz vio que la cosa se estaba poniendo demasiado
seria y que ella estaba empezando a albergar esperanzas, le dijo que no creía en el
matrimonio. Le partió el corazón a la pobre señorita Lillian —murmuró meneando la
cabeza—. Siguen siendo amigos pero estoy segura de que ella no lo dejará escapar si
ve que tiene la más mínima oportunidad. En fin, se le va a enfriar la comida, así que la
dejaré —dijo dirigiéndose hacia la puerta.
—Señora Bird —la llamó Coreen cuando la mujer tenía ya puesta la mano sobre el
pomo.
—¿Sí?
—Gracias —murmuró la joven esbozando una sonrisa.
—No hay de qué, querida —respondió la señora Bird sonriendo también. Y salió
de la habitación dejándola de nuevo a solas. Coreen comió todo lo que la buena mujer le
había preparado y, cuando hubo terminado, puso la bandeja sobre la mesilla de noche.
Trató de seguir leyendo una de las novelas que le había prestado Bill, pero las
risas que provenían del piso de abajo la estaban poniendo de los nervios. Por un
momento intentó imaginarse que era ella la que estaba en el comedor, cenando y
charlando con Tom, que él disfrutaba de su compañía, pero la fantasía se esfumaba en
cuanto intentaba conjurarla. Era imposible, se dijo. ¿Cómo no iba a serlo cuando Tom
sólo tenía miradas furiosas y acusadoras para ella? Esa tal Lillian debía ser muy
especial para él, pensó, sintiendo el aguijón de los celos en su pecho. ¡No!, ¡no tenía
derecho a sentirse celosa! Él no le pertenecía, y nunca había sentido nada por ella, ni la
había alentado. Sin embargo, cuando volvieron a oírse risas, Coreen no pudo evitar que
sus ojos se llenaran de lágrimas.
Al día siguiente no se acercó siquiera a la ventana. Se puso una camiseta y unos
pantalones vaqueros de la hija de la señora Bird, y se acurrucó en la mecedora que
tenía en la habitación, hojeando un periódico del día anterior que la mujer había tenido
la amabilidad de subirle para que se entretuviese. Las noticias, como siempre, eran
deprimentes, así que empezó a mirar la sección de cultura, y acabó haciendo el
crucigrama para no acordarse todo el tiempo de que Tom no la quería en su casa. No
sabía qué iba a hacer. Aunque quisiese empezar a buscar un empleo, todavía estaba
demasiado débil física y emocionalmente como para poder hacer nada. Estaba
deseando que llegara Bill.
Y al fin, contestando a sus plegarias, después del almuerzo se oyó un coche y a
los pocos minutos su amigo entraba en la habitación con su habitual sonrisa.
—¡Dios, estoy muerto! —gimió dejándose caer en la cama—. Creía que nunca
acabaríamos de instalarle el nuevo sistema informático a ese cliente. Pero se acabó, al
fin se acabó, y ahora podré tomarme unos días libres y pasar un poco de tiempo
contigo. ¿Cómo han ido las cosas por aquí?
—Dejémoslo en que han ido —murmuró Coreen—. Bill, ¿podrías ayudarme a
encontrar un apartamento?
Su amigo giró el rostro hacia ella con los labios fruncidos.
—¿Tom ha estado molestándote otra vez? —adivinó.
—¿Qué esperabas? —suspiró Coreen—. Ya sabes lo que piensa de mí, y también
que no me quiere aquí. Ayer me acusó de pasarme todo el tiempo observándolo por la
ventana mientras trabaja, y... bueno, es verdad que he estado haciéndolo —admitió—,
pero no todo el tiempo. Lo cierto es que no podía evitarlo —murmuró mordiéndose el
labio.
Bill se incorporó, quedándose sentado y se volvió hacia su amiga.
—Tal vez si hablarais, si trataras de hacerle ver que te está haciendo daño con
esa actitud...
—¿Y de qué serviría? —farfulló Coreen sacudiendo la cabeza—. No quiere saber
nada de mí, ni de mi matrimonio, y se ha encargado de dejarme muy claro que si estoy
aquí es sólo porque estoy convaleciente.
Bill resopló irritado con su hermano.
—Es un bruto. Lo siento, Corrie, esto es culpa mía por haber creído que esto
funcionaría. Es sólo que creí que tal vez... en fin, ahora ya eso no importa. ¿Quieres
salir de aquí?
—Sí, por favor —contestó Coreen al momento.
—De acuerdo. Te diré lo que haremos: nos iremos juntas al apartamento donde
estuvimos viviendo Tom y yo cuando nos mudamos a Victoria. Allí no tendrás que
enfrentarte cada día a la fiera de mi hermano.
—Pero, ¿y tu trabajo...?
—¿Ya no te acuerdas de que soy la copropietaria de la empresa? Trabajo tanto
en las oficinas centrales de Houston como en las de la sucursal de Victoria, así que le
diré a Geo, mi socio, que voy a centrarme una temporada en la sucursal. No le
importará.
—Pero es que no quiero causarte molestias.
—No seas boba, eres mi mejor amiga. Tú nunca molestas.
Coreen se quedó dudando un momento.
—Necesitaré mis cosas —comenzó—. Odio tener que pedir favores, pero,
¿podrías...?
—Por supuesto que puedo. Iré a la casa y te traeré lo que me digas.
—Henry tiene una llave, y estoy segura de que aún estará viviendo en la cabaña
cerca de la casa, porque Tina necesitará que guarde la propiedad hasta que ella
organice la venta. Mi ropa está en el armario de la segunda habitación a mano derecha
al subir las escaleras. No hay mucho, y encontrarás una bolsa de viaje con mis libros,
cintas, y las cosas que me dejaron mis padres.
—De acuerdo. Esta misma tarde me pasaré por allí.
—Gracias, Bill.
—¿Para qué están los amigos? —le dijo el joven con una sonrisa—. Anda, y
ahora deja de preocuparte. A principios de la semana que viene estaremos en Victoria.
Sin embargo, las cosas iban a dar un giro inesperado antes de que llegase la
siguiente semana. Cuando Bill fue a cambiarse y buscar un par de maletas para
recoger las cosas de su amiga, Tom subió las escaleras y entró en el cuarto de
invitados.
Coreen seguía sentada en la mecedora junto a la ventana, y estaba absorta en
sus pensamientos, preguntándose qué clase de empleo podría buscar. Al notar la
presencia del ranchero, mirándola fijamente desde el quicio de la puerta abierta,
levantó la cabeza y se sonrojó.
—Estaba charlando con Bill, no observándote por la ventana —se apresuró a
aclararle, claramente a la defensiva. Tom entornó los ojos.
—Lástima que no fueras capaz siquiera de fingir un mínimo de ese anhelo con el
pobre Barry —masculló con sorna. Las facciones de la joven se tensaron.
—Tenía varias amantes —le dijo.
—No es de extrañar cuando su esposa no le dejaba siquiera que la tocara —le
espetó él. Había en su rostro tal expresión de desprecio que Coreen se revolvió en su
asiento—. Lo atormentaste mientras duró vuestro matrimonio y permitiste que se
subiera a un coche habiendo bebido —la acusó una vez más—. Nunca olvidaré eso, ni te
lo perdonaré. Has acabado sin nada y es lo que mereces. ¡Dios, sólo con verte me pongo
enfermo! —masculló, y el desprecio en su mirada se clavó en el alma de Coreen como un
dardo envenenado.
Tom se giró sobre los talones y salió de la habitación, pero Coreen no se movió
hasta que escuchó sus pisadas descendiendo por la escalera. El dolor era demasiado
profundo incluso para que aflorasen lágrimas a sus ojos, y en ese momento sólo pudo
pensar en que aún habría de pasar otra semana en aquella casa, teniendo que soportar
el desdén y los ataques de él. ¡No podría aguantarlo, no podría...! Tenía que irse ya.
Su mente empezó a trabajar a marchas forzadas. Si esperaba a que Bill se
fuera a recoger sus cosas y a que su hermano volviera a las tareas del rancho, tal vez
pudiera aprovechar para marcharse sin que se enteraran. Pediría un taxi por teléfono
para que la llevase a la estación de autobuses, y allí tomaría el primero que saliese
hacia Houston. Apenas tenía dinero pero le bastaría para esos trayectos, y una vez en
Houston, trataría de encontrar algún albergue juvenil donde alojarse. Quizá incluso
existiese en Houston un albergue de la YWCA, la asociación de jóvenes cristianas,
donde además podría pedir ayuda para que la ayudaran a encontrar un empleo.
Cualquier cosa sería mejor que quedarse allí y dejar que Tom Kaulitz siguiera
atormentándola por la muerte de su primo. En otro momento le habría plantado cara,
le habría respondido, pero débil y cansada como se sentía no tenía fuerzas para
hacerlo.
Bill, que no sabía que Tom se había pasado por el cuarto de invitados, asomó en
ese momento la cabeza y le dijo a Coreen alegremente:
—Me voy, Corrie, Tom me ha dicho que me llevará a la casa. Volveremos dentro
de un par de horas. ¡Chao!
Coreen contestó quedamente, con tristeza por ocultarle a su amiga que se iba, y
se quedó esperando en silencio hasta que oyó a la señora Bird despedirlos, las puertas
del coche cerrándose y cómo el coche se alejaba. Salió al pasillo y llamó por teléfono al
servicio de radio-taxi. Regresó a su habitación, se puso unos zapatos, una chaqueta, se
colgó el bolso del hombro, y bajó las escaleras con mucho sigilo pero se tropezó con la
señora Bird en el salón.
—Señorita Coreen... —murmuró la mujer sorprendida. La joven tuvo que
improvisar una excusa.
—Me he acordado de algunas cosas que necesito de la casa —balbució—, y he
olvidado decírselo a Bill, así que he pensado en acercarme hasta allí.
—Pero, querida, no está en condiciones para salir.
—Estoy bien —le aseguró Coreen, forzando una sonrisa—, no se preocupe por mí.
—Pues yo creo que debería esperar a que vuelvan los señores Kaulitz. Ya irán mañana otra vez a por esas cosas que se le han olvidado. O déjeme al menos llamar a la casa para decirles que va para allá —añadió al ver que no iba a convencerla—. ¿Y si llega y ya se han ido?
—No se preocupe, ellos se han ido hace poco, y yo he llamado un taxi y estaré allí
enseguida —insistió Coreen, tratando a toda costa de ocultar su nerviosismo. Justo en
ese momento se escuchó un claxon fuera—. Ah, ya está ahí —dijo aliviada.
—Pero, señorita, está tan pálida, y aún no se ha repuesto del todo...
—Tranquila, estaré bien. Estoy mucho mejor, de verdad. Llamaré en cuanto
llegue allí, ¿de acuerdo?
La mujer pareció calmarse un poco con esa promesa.
—Está bien. Tenga mucho cuidado.
—Lo tendré. Adiós, señora Bird.
Poco podía imaginar la mujer que ese adiós era literal. Coreen salió fuera y
avanzó hacia el taxi. Se notaba temblorosa, y el corazón le martilleaba con fuerza
contra las costillas, pero no se detuvo ni miró atrás.

HOLA!!! AQUI ESTAN LOS DOS CAPITULOS ... 3 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO :))

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