miércoles, 13 de julio de 2016

6 y 7

Capítulo 6
Entretanto, Bill y Tom habían ido hasta la casa con Henry, el chofer, quien les
abrió la puerta principal y los condujo hasta la habitación que había ocupado Coreen.
Cuando abrieron el enorme armario, los hermanos se quedaron paralizados ante la
desoladora vista que se presentó ante sus ojos. Estaba completamente vacío, a
excepción de una bolsa de viaje en el suelo, la que Coreen le había mencionado a Bill,
tres vestidos, cuatro camisas, dos faldas, dos pares de gastados zapatos, y un cajón
con la ropa interior.
—Esa pobre chiquilla... —murmuró Henry meneando la cabeza—, durante estos
dos años la tuvo viviendo en la pobreza, la trató como a un perro, y la trajo de vuelta
cada vez que intentó escaparse. Detestaba trabajar para él, pero no podía soportar la
idea de dejar a esa pobre criatura aquí sola a su suerte.
Los ojos de Tom relampaguearon peligrosamente cuando se giró hacia el hombre.
—¿Qué está diciendo? —le espetó enfadado—. ¿Cómo que la tuvo en la pobreza?
Nuestro primo tenía millones de dólares.
Henry asintió.
—Sí, señor, y se procuraba para sí las mejores ropas, los mejores coches, y las
mejores mujeres de Houston —respondió sin amilanarse un ápice—. Pero la señorita
Coreen lo único que recibió de él fueron golpes e insultos de su lengua de serpiente. La
hirió de gravedad la última noche que durmió aquí, la noche antes de la fiesta. Yo
mismo tuve que conducirlos hasta el hospital porque él estaba borracho. Tenía
intención de decirle a los médicos lo que había ocurrido, pero él no me dejó bajar del
coche, y luego supe por la señorita Coreen que mintió al doctor que la atendió,
diciéndole que se había hecho el corte con una lámina de hojalata que tenía en el
garaje. En mi vida había visto tanta sangre...
Tom y Bill se habían puesto lívidos al recordar lo que les había dicho el médico
del pabellón de urgencias.
—¿La hirió? ¿Con qué? —exigió saber Tom, entre incrédulo e indignado.
—Con un cuchillo, señor Kaulitz —contestó Henry—. Yo había entrado en la casa
para preguntarle si quería algo de mí antes de que me retirara a la cabaña a dormir y
al llegar al salón vi que se había abalanzado sobre ella en el sofá con un cuchillo en la
mano apretado contra su garganta. No hacía más que insultarla y amenazarla a gritos
con que la iba a matar. Traté de detenerlo, de hacerlo entrar en razón, y creí que lo
había conseguido cuando de repente empezó a maldecirla de nuevo, diciendo no sé qué
de una tarjeta de cumpleaños y acusándola de serle infiel —añadió—. Y entonces,
antes de que pudiera detenerlo, la hirió. Ella gritó y la sangre saltó en todas
direcciones. Eso pareció hacerlo recobrar el sentido, y la llevamos al hospital. Le
dieron puntos y volvimos aquí, pero él salió otra vez y no volvimos a verlo hasta la
mañana siguiente.
Tom se notaba las piernas temblorosas y tuvo que sentarse en la silla más
próxima.
—¿Y dice que fue... que fue por una tarjeta de cumpleaños?
Bill se había pasado la mano por el cabello rubio horrorizado y las lágrimas rodaban por sus
mejillas en silencio.
—Sí, señor —respondió el chofer—. Parece ser que ella había recibido una
tarjeta de cumpleaños y eso lo había puesto furioso. A menudo la golpeaba. Ella nunca
me dijo nada pero yo lo sabía porque le veía las marcas. Me alegro de que esté muerto
—añadió en un tono gélido—. Era una bestia y no me importa que fuera su primo. Tuvo
el final que se merecía. La noche de la fiesta yo estaba esperándolos con el coche
aparcado fuera, y cuando los vi salir, antes de que acabara la velada, él la traía casi a
rastras. Me ordenó que los llevara a casa, pero yo tenía miedo de que intentara
hacerle daño otra vez a la señorita, y me negué a obedecerle. Me dijo que estaba
despedido, y que le diera las llaves. Se las di, pero le dije que la señorita Coreen no iba
a ir con él, que tendría que pasar por encima de mi cadáver, eso le dije. No se enfrentó
a mí, porque en el fondo era un cobarde: sólo se atrevía con las mujeres indefensas, y
se marchó solo. La gente cree que se mató por su culpa, que lo dejó conducir bebido,
pero lo único que hizo esa pobre criatura fue librarse de morir ella también en la
carretera o a sus manos.
—¡Miente! ¡No está diciendo más que mentiras! —masculló Tom con el rostro
blanco como una sábana. Henry se volvió hacia Bill.
—Dígale usted a la señorita Coreen que le enseñe los puntos. Fue un corte muy
profundo. El médico creyó la mentira que él le contó porque las veces anteriores le
había mentido igual, haciéndole creer que ella era muy torpe, propensa a tener
accidentes. El fue el único accidente que tuvo la pobre chiquilla —añadió—. Nunca tuvo
ningún accidente practicando ala delta... ¡él la tiró por las escaleras!
Tom murmuró un «oh, Dios mío» angustiado, y puso la cabeza entre las manos.
—Se metía con ella constantemente —continuó Henry—, llamándola «torpe» e
«inútil»... porque a menudo se le caían las cosas, pero aquello le pasaba por sus malos
tratos. Hizo de ella una persona nerviosa, asustadiza... como les ocurre a los perros a
los que sus amos gritan y golpean.
Bill le pidio al chofer que los dejara un instante a solas.
Cuando el hombre hubo salido de la habitación y bajado al piso inferior, Bill se
acercó a su hermano pero no dijo una palabra. Parecía que su conciencia ya estaba
castigándolo sin necesidad de que el interviniera.
—¿Lo sabías? —le preguntó alzando el rostro hacia el con una expresión
atormentada—, ¿sabías algo de todo esto?
—No —murmuró Bill sombrío—. Barry no me dejaba verla y teníamos que quedar a sus
espaldas pero yo creía que la razón era que él era muy posesivo, nada más. Y cuando
nos veíamos ella jamás me hablaba de su matrimonio. El día del entierro me confesó
que Barry apenas le daba dinero para sus gastos, pero nunca pensé...
Tom se puso de pie.
—No podemos dejar que sepa que nos hemos enterado —murmuró.
—Lo sé.
—Imagino que debe haber mucho más —dijo Tom. Y entonces recordó las duras
palabras que le había dirigido a Coreen antes de marcharse. ¿Cómo había podido estar
tan ciego?
De regreso al rancho, Tom metió en la casa las maletas que Bill se había
llevado. Con una sola había bastado para guardar las pocas pertenencias de Coreen. Las
otras iban vacías. Sólo entonces estaba empezando a comprender que la víctima no
había sido su primo, sino la joven. Barry le había mentido desde el principio, y por
haberle creído había sido cruel con ella. El sólo pensar en ella lo estaba matando.
Había pasado lo indecible y él lo único que había hecho había sido humillarla y culparla.
En ese momento la señora Bird se asomó desde la puerta de la cocina.
—Ah, ¿ya están aquí? La cena estará lista en un... —se quedó a mitad de la frase,
y salió al pasillo, mirando con extrañeza detrás de ellos—. ¿Y la señorita Coreen?—les
preguntó—. ¿No se han encontrado con ella?
Bill y Tom intercambiaron una mirada de incomprensión.
—¿Coreen no está aquí? —inquirió Bill.
—No, joven, salió al poco rato de irse ustedes—respondió la mujer.
—¡¿Que ha salido?! —explotó Tom sin dejarla terminar—. ¡Pero si apenas podía
caminar! ¿Cómo ha podido dejar que saliera?
La señora Bird contrajo el rostro.
—Pero, señor Kaulitz... había pedido un taxi por teléfono y me dijo que iba a la
casa, porque se le había olvidado decirles que le trajeran algo... —murmuró
retorciendo nerviosa el dobladillo de su delantal—. Pero si no ha ido allí... Oh, Dios
mío...
—¿Dónde podrá estar? —dijo Bill peocupado, dejándose caer en una silla—.
No tiene un solo pariente en el mundo y no creo que lleve apenas dinero.
—¿Cómo ha podido hacer una locura así? —masculló Tom pasándose frenético una
mano por el cabello. Sabía muy bien qué la había empujado a marcharse: su
comportamiento. ¡Dios!, ¡si no hubiera sido tan estúpido... ¡si no hubiera creído las
mentiras de Barry...!
—¿Qué podemos hacer, Tom? —inquirió su hermano.
—Llamaremos a la compañía de taxis —respondió él yendo junto al mueble del
teléfono y sacando del cajón la guía telefónica—. Tal vez logremos dar con quien la
llevara.
Consiguieron hablar con el taxista que la había llevado, y éste les dijo que la
había dejado en la estación de autobuses. Fueron allí, y por suerte el encargado de la
taquilla de billetes recordaba haber visto a una joven que se ajustaba a la descripción
de Coreen y les dijo que había tomado un autobús a Houston. Bill quería
acompañarlo pero Tom insistió en que volviese a casa. Era él quien debía hacerlo. La
culpa de que se hubiera marchado había sido suya.
Lo primero que Tom hizo fue ir a una comisaría de policía, y allí tuvieron el buen
acuerdo de sugerirle que se acercara al albergue de la YWCA, donde era posible que
se hubiera dirigido. Le indicó la dirección, y, en efecto, allí la encontró. Cuando entró
en el edificio la halló sentada de espaldas a él en el área de recepción, con una mujer
que debía ser una asistente social, quien tomaba notas mientras hablaban. Coreen
parecía agotada y tenía los ojos enrojecidos como si hubiese estado llorando.
—... me temo que no podremos colocarla en ningún sitio hasta que no esté en
mejores condiciones físicas, señora Tarleton —le estaba diciendo la mujer—, y la
verdad es que tenemos ocupadas todas las plazas del albergue, pero podemos buscarle
alojamiento en alguno de nuestros centros asociados y...
—No lo necesitará —intervino Tom acercándose. Al verlo, Coreen se puso aún más
pálida de lo que ya estaba. La asistente social levantó el rostro para mirar a Tom, y
después se volvió hacia Coreen.
—¿Conoce a este hombre, señora Tarleton? —inquirió suspicaz.
—Es el hermano de mi mejor amigo —respondió la joven mirando con dureza al
ranchero—, y no hacía falta que viniera hasta aquí. Puedo cuidar muy bien de mí misma.
Tom se sentó en el sillón frente a la asistente social y apeló a ella:
—Hace algo más de una semana sufrió un accidente montando a caballo —le
explicó—. La habíamos llevado a nuestra casa para poder cuidarla hasta que se
repusiera y ha habido un malentendido entre nosotros, pero...
—Pues a juzgar por el estado de nervios que tenía esta joven cuando hemos
empezado a hablar —lo cortó la mujer entornando los ojos—, yo diría que no ha debido
ser un simple malentendido, señor...
—Kaulitz, Tom Kaulitz. Escuche, he venido a llevarla de vuelta. Nosotros
cuidaremos de ella. No tiene a nadie más. Su esposo falleció recientemente —añadió.
—Una verdadera lástima, ya lo creo —respondió la mujer con sarcasmo—, porque
por las cosas que me ha contado ella, habría disfrutado llevando a ese canalla ante un
jurado.
Coreen había esperado que Tom saliese en defensa de su primo pero, para su
sorpresa, no dijo nada. No había querido contarle aquellas cosas a la asistente social,
porque era demasiado humillante, demasiado doloroso, pero la mujer no había cejado
hasta obtener respuestas.
—Coreen, cuélgate el bolso y vámonos —dijo Tom en ese tono que no admitía
discusión. La joven buscó frenética los ojos de la asistente social.
—No tienes que irte si no quieres —le dijo la mujer. Esa interferencia irritó a
Tom pero se esforzó por no perder los nervios en beneficio de Coreen.
—Escucha, Coreen, siento el modo en que me he comportado. Ven a casa, por
favor. Bill está muy preocupado. Vuelve conmigo —le rogó inclinándose hacia
delante. Pero Coreen ya no confiaba en él, se lo decían sus ojos.
—Ni siquiera tendrás que verme —insistió Tom—, tengo asuntos que atender en
Kansas y me iré mañana. Estaré fuera varios días. Estaréis solos Bill y tú.
No era cierto que tuviera algo que hacer en Kansas, pero estaba decidido a
marcharse si con eso Coreen obtenía la tranquilidad que necesitaba para recuperarse.
Y después, cuando regresara, las cosas serían distintas. Nunca más volvería a hacerla
sufrir. La joven no sabía qué hacer. Como le había dicho la asistente social, en el
estado en el que estaba no podría encontrar un trabajo, pero tal vez unos días más
junto a su amiga le servirían para acabar de restablecerse, y entonces podría
marcharse y buscarse la vida por su cuenta antes siquiera de que Tom volviera de ese
viaje.
—De acuerdo —claudicó en un tono derrotado—. Volveré contigo.
Tom suspiró aliviado y se puso en pie. La asistente social también se levantó.
—¿Me da usted su palabra de que cuidarán de ella? —inquirió. Tom asintió con la
cabeza y le tendió una mano a Coreen para ayudarla a incorporarse, pero la joven
desdeñó el ofrecimiento, y lo hizo sola, apoyándose en los brazos del sofá. Dio las
gracias a la asistente social por su tiempo y su interés y la mujer los acompañó a la
puerta.
Cuando regresaban a Jacobsville, la tensión podía mascarse dentro del coche.
—Perdóname, Coreen —le dijo Tom quedamente. Ella no respondió, y tampoco
apartó la mirada del parabrisas.
—Bill no debería haberte hecho venir a por mí —murmuró al cabo de un rato.
—No he venido porque me lo dijera Bill —repuso él—. Quería pedirte disculpas
por lo que te dije.
Pero ella no contestó. No entendía aquel repentino cambio de actitud, y había
perdido la confianza en él. Tom comprendió entonces que aquello no iba a ser fácil. Sus
excusas no tenían para ella ningún valor. Ni siquiera quería mirarlo.
La señora Bird ya tenía la cena preparada cuando llegaron, pero Coreen estaba
demasiado cansada incluso para comer y, rechazando de nuevo la ayuda de Tom, le
pidió a Bill que la ayudara a subir al cuarto de invitados. A pesar de su negativa, la
señora Bird le subió una taza de consomé y una tortilla, y no salió de la habitación
hasta haber conseguido que se tomara ambas cosas. Después, la joven se quedó a solas
con Bill, pero al poco se durmió, y su amigo bajó las escaleras, uniéndose a Tom en el
salón.
—¿Cómo está? —inquirió él.
—Se ha quedado dormida. Pobre Coreen... ¿Por qué se marcharía tan
repentinamente? ¿Te ha dicho algo a ti?
Con las facciones rígidas, Tom se levantó de su asiento.
—Voy a llamar por teléfono para sacar un billete a Kansas para mañana —le dijo
sin apenas inflexión en la voz—. Voy a visitar varios ranchos para ver caballos. Quiero
comprar un buen semental —improvisó. A Bill le escamó que hubiera eludido su
pregunta.
—Le dijiste algo, ¿no es cierto? Antes de que nos fuéramos a buscar sus cosas...
—comenzó.
—Eso ya pertenece al pasado —replicó él sin mirarla—. Ahora está a salvo de mí.
Ya no volveré a hacerle daño.
—Oh, así que, ¿por fin te parece que ya ha pagado bastante por haberse
enamorado de ti? Qué amable por tu parte... —le espetó su hermana irritada.
—Ella no me ama —dijo él—. Y antes tampoco, nunca me ha amado. Sólo estaba
encaprichada de mí, eso es todo.
—¿Eso crees?
Tom se volvió hacia ella.
—Si me amase, no se habría casado con Barry.
—Tú no fuiste precisamente, amable con Coreen cuando su padre estaba
enfermo —le recordó Bill—. Barry en cambio fingió interesarse por ella, y le
ofreció consuelo y un hombro en el que llorar. Coreen no tenía a nadie, estaba asustada
y lo había perdido todo. ¿Qué habrías hecho tú en su lugar?
Tom contrajo el rostro dolido pero no respondió y se alejó por el pasillo en
dirección al estudio. Tom cumplió lo que había dicho, y estuvo fuera varios días, hasta
que ya no pudo posponer más su regreso. Coreen, en su ausencia, se sintió más
tranquila, estaba cada vez más recuperada del accidente y andaba ya por el rancho.
El día que Tom regresó, la encontró sentada en el porche con Bill. Estaba
riéndose por algo que su hermano había dicho y sus ojos azules brillaban tanto como su
blanca sonrisa. El había soñado una y otra vez con que el rostro de la joven se
iluminaría al verlo aparecer, pero no fue así. Cuando oyó sus pasos, giró la cabeza, y
toda aquella alegría se desvaneció. Y entonces, por primera vez en su vida, Tom se
sintió completamente vacío. Dejó la maleta en el suelo y saludó a su hermano antes de
girarse hacia su huésped.
—Hola, Coreen —le dijo en un tono lo más neutro posible—. ¿Cómo te encuentras?
—Estoy mejor, gracias —contestó ella sin moverse de su asiento ni esbozar una
sonrisa. Por la rigidez de sus hombros era obvio que estaba más que tensa. Los
gastados vaqueros y el jersey de hilo que llevaba puestos resaltaban cada línea de su
figura, y Tom no pudo evitar quedarse mirándola, pero cuando la joven cruzó los brazos
sobre el pecho, a la defensiva, aquello lo irritó aún más.
—¿Encontraste ese caballo que ibas buscando buscando? —inquirió Bill.
—No vi ninguno que me gustara lo suficiente como para comprarlo —respondió él,
apoyándose en la baranda del porche—, aunque la verdad es que tampoco busqué con
demasiado ahínco.
Su contestación no sorprendió a su hermano que sabía cuál había sido su
verdadero motivo para ausentarse. Se hizo un incómodo silencio.
—Lillian ha llamado un par de veces estos días mientras estabas fuera —dijo
Bill, acordándose en ese momento—. Me pidió que la telefonearas cuando volvieras.
—La llamaré luego —farfulló Tom. Coreen advirtió que, mientras hablaba con su
hermano, él no hacía más que observarla de reojo y creyendo que molestaba, se puso
de pie.
—Os dejaré a solas para que habléis —murmuró. Y, a pesar de que su amiga le
aseguró una y otra vez que no era necesario, entró en la casa y subió las escaleras en
dirección a su cuarto. Tom maldijo entre dientes.
—¿Qué esperabas después de como la has tratado? —le espetó Bill. Tom sacó
un cigarrillo y estaba a punto de encenderlo cuando su hermano se lo arrancó de las
manos y lo partió en dos.
—Me lo prometiste, Tom —le recordó.
—¿Quieres dejarme en paz? —masculló él irritado mirándola fijamente—. No
eres mi papa, ¿sabes?
—Pues no te vendría mal uno. O mejor, una esposa —le dijo desafiante—. ¿Por
qué no vas y le devuelves la llamada a Lillian? Está loca por ti, y tiene casi tu edad, así
que no te haría sentirte culpable si te casaras con ella.
—Tal vez lo haga —respondió él para fastidiarla—. ¿No tienes nada que hacer?
—Tenía una cita pero la he cancelado. No puedo dejar a Coreen aquí sola contigo.
Los ojos de Tom relampaguearon peligrosamente.
—El que me enseñes lo colmillos no te servirá conmigo —le dijo ella burlona. Lo
miró, meneó la cabeza, y dejó escapar un suspiro—. Escucha, Tom, yo confío en ti, pero
Coreen no, y ése es el problema. Puede que no te hayas dado cuenta pero te tiene
miedo.
Él se quedó de una pieza.
—¿Qué?
—Que te tiene miedo —repitió el—. Eres fuerte e irascible y Coreen ha tenido
una mala experiencia con un hombre que la ha maltratado durante los dos años que ha
durado su matrimonio. ¿No crees que a ti en su lugar te pasaría lo mismo?
Tom resopló, dejándose caer en la silla que Coreen había abandonado, y se pasó
una mano por la nuca con el ceño fruncido.
—Esa sabandija... —farfulló—. ¡Y pensar que le he tenido lástima todo este
tiempo... ! El muy canalla no hacía más que mentirme para mantenerme alejado de ella,
para que no pudiera averiguar el infierno por el que la estaba haciendo pasar. Si al
menos ella me lo hubiese dicho...
—¿Acaso la habrías escuchado, Tom? —le espetó su hermana—. Y, en cualquier
caso, ¿por qué habría ido Coreen a pedirte ayuda cuando tú le habías dejado muy claro
que la querías fuera de tu vida, que no querías volver a saber nada de ella? —meneó la
cabeza—. Ya no tendrás que preocuparte por que vuelva a observarte mientras
trabajas desde la ventana. No se acercará a ella ni siquiera para abrirla.

Capítulo 7
Después del almuerzo, Bill se había quedado dormido viendo una película en la
televisión, y Coreen, que quería estirar las piernas, había salido asegurándose antes de
que Tom no andaba cerca. El cielo se había nublado, y ella se preguntó si llovería.
Llevaba varios días sin caer una gota y sin duda los campos lo agradecerían. Había
empezado a caminar sin rumbo fijo, y sus pasos la habían llevado cerca del establo.
Oyó voces dentro, voces de hombres, y en cuanto vio salir a Tom se paró en seco, giró
en redondo, y comenzó a desandar el camino con prisa.
—¡Coreen, espera! —la llamó él yendo tras ella. La joven se detuvo y se volvió
hacia él con los brazos cruzados, mirándolo cautelosa. Tom avanzaba hacia ella con las
facciones rígidas. Parecía de mal humor... como de costumbre.
—No sabía que estabas por aquí —dijo ella poniéndose a la defensiva y
sonrojándose ante su fija mirada.
—Oh, ya lo imagino —masculló él—, cuando yo entro en una habitación tú sales de
ella; por la mañana te quedas en tu habitación hasta que yo ya he desayunado y he
salido; ¡y si crees que yo pueda estar a menos de un kilómetro de la casa, ni sales al
porche!
Los labios de la joven se entreabrieron, dejando escapar un suspiro tembloroso,
y dio un paso atrás, asustada.
—¡No...! —le rogó él, queriendo abofetearse por haberse dejado llevar por su mal
genio—. Está bien, no pasa nada. Perdona que haya sido tan brusco —le dijo
obligándose a hablar con suavidad. Coreen cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró
aprehensiva. Él se quitó el sombrero y se secó la frente con la manga.
—¿Te acuerdas de Amarillo, el caballo que solías montar cuando venías al rancho
a ver a Bill? Lo cruzamos con Medianoche, y nació una potrilla a la que llamamos
Chistera. ¿Te gustaría verla?
Su tono más amable pareció relajar un poco a la joven, quien asintió con la
cabeza.
—Estupendo, vamos —dijo Tom. Le tendió una mano pero ella no descruzó los
brazos, así que echó a andar y ella lo siguió.
En uno de los pesebres al fondo del establo estaba la joven yegua. Era de color
negro, con una mancha blanca alargada en la frente, y marcas blancas también en las
patas hasta las rodillas.
—Hola, Chistera, hola, bonita... —la saludó Tom. Abrió la puerta de madera e hizo
un gesto a Coreen para que entrara con él. La joven estaba extasiada mirando a la
yegua y comenzó a acariciarla tiernamente.
—Qué suave es... —murmuró. Tom sonrió al ver cómo brillaban sus ojos. Hacía
tanto que no veía ese brillo en su mirada...
—Ya tiene un año y medio —le dijo—, y creemos que será una buena corredora
igual que su padre. He contratado a un entrenador y un jockey para que empiece a
trabajar con ella a finales de esta misma semana.
Coreen lo escuchaba en silencio mientras acariciaba las crines del animal, pero,
de pronto, se oyó fuera un trueno, y la yegua se inquietó. Ella también dio un respingo
conteniendo el aliento ante el inesperado ruido.
—Parece que vamos a tener tormenta —murmuró Tom, girándose hacia las
puertas abiertas del establo y observando cómo había oscurecido.
Salieron del pesebre y Tom echó el cerrojo de la puerta antes de que caminaran
sus pasos hacia la salida. Él se detuvo justo en el umbral elevando el rostro hacia el
cielo y Coreen hizo otro tanto. Densos nubarrones entre negros y azulados cubrían
toda la bóveda hasta el horizonte. El fogonazo de un relámpago lo iluminó todo, y lo
siguió otro trueno retumbante.
— La naturaleza en todo su esplendor —comentó él—. Hermoso, ¿no?
Pero Coreen se había estremecido, y había aprehensión otra vez en sus ojos.
—A mí no me lo parece. Detesto los ruidos fuertes.
Tom se apoyó en el marco de la puerta, observándola.
—Ruidos fuertes... ¿como por ejemplo gritos? —inquirió. Ella se volvió
sorprendida. Tom inspiró lentamente.
—Coreen, sé lo que ocurrió en realidad en tu matrimonio.
—¿De veras? —contestó ella, soltando una risa amarga.
—Henry nos lo contó todo.
Ella se quedó callada un momento.
—¿Y creíste lo que te dijo? Eso sí que es sorprendente —le espetó con sarcasmo.
Tom contrajo el rostro.
—Imaginaria que reaccionarías así.
Coreen volvió a girar la cabeza hacia el exterior y se estremeció de nuevo cuando
otro trueno hizo retumbar el suelo. La lluvia empezó a caer con fuerza, mojando la
tierra polvorienta. No podría regresar a la casa sin calarse hasta los huesos, y en su
estado tampoco podía correr.
—Necesitábamos esta lluvia —murmuró Tom—. Acabamos de empezar a plantar
heno.
—¿Ah, sí?
El ranchero metió la mano en el bolsillo de su camisa pero la sacó vacía
resoplando con incredulidad.
—Bill me ha quitado el paquete de cigarrillos que llevaba... —farfulló
meneando la cabeza—. Está empeñado en que deje de fumar, y como no le hago caso,
ha pasado a la acción.
—Ya veo.
Tom enarcó una ceja.
—¿Eres capaz de pronunciar más de dos palabras seguidas?
Coreen se daba cuenta de que estaba intentando ser amable, pero después de
cómo la había tratado todo ese tiempo, le resultaba difícil darle otra oportunidad.
Miró desesperada la casa en la lejanía, maldiciendo la lluvia por haberla aprisionado allí
con Tom. A él no se le escapó la impaciencia que reflejaba su rostro, y lo irritó de tal
modo que no pudo contenerse.
—¡Maldita sea, Coreen! ¡Estoy intentándolo! ¿Por qué no pones un poco de tu
parte? —la increpó alejándose del marco de la puerta y dando un paso hacia ella. Ella,
intimidada, retrocedió—. ¡Oh, por amor de Dios...! —gimió él—. No le he puesto la mano
encima a una mujer en toda mi vida. Puede que de vez en cuando pierda los estribos,
porque soy algo temperamental y no puedo evitarlo, pero eso no significa que vaya a
hacerte daño, cariño.
Aquel apelativo afectuoso la dejó de piedra y la joven bajó la vista azorada. Tom
la miró con curiosidad, sorprendido por la reacción de Coreen ante lo que había sido un
simple lapsus. Sólo entonces reparó en las sombras bajo sus ojos.
—Apenas duermes por las noches, ¿no es cierto? —inquirió suavemente.
—Es que cuando me acuesto, empiezo a pensar en... —la voz de Coreen se
quebró—. No puedes imaginarte por lo que he pasado.
—Claro que lo imagino —murmuró él—. Coreen, creo que no sería mala idea que
recibieras algún tipo de terapia para superar el trauma.
Pero ella sacudió la cabeza.
—Ahora no podría. Estoy demasiado cansada. Necesito descansar y no tener que
pensar o recordar cosas que me hacen sentir mal —respondió dejando escapar un
suspiro. Bajó la vista incómoda. No le gustaba hablar de aquello con Tom. No quería que
le tuviera lástima—. Tom, sé que aquí soy una molestia para ti. ¿Por qué no quieres que
vaya con Bill a vuestro apartamento de Victoria?
—¿Quién ha dicho que no quiera? —le espetó él entornando los ojos.
—Bill. Dice que no haces más que darle excusas por las cuales no puede usar el
apartamento.
—No son excusas —respondió él—. Son razones, buenas razones.
La expresión en el rostro de Coreen le indicó que no lo creía.
—Durante el día estarías sola porque Bill estaría trabajando —le explicó
pacientemente—. Aquí siempre estamos la señora Bird o yo.
—Tú no eres responsable de mí —protestó ella.
—Sí que lo soy. Soy responsable del fideicomiso que te dejó Barry.
—Pues no lo quiero, no quiero ese dinero —respondió Coreen—. Aunque no lo
creas, el dinero no fue la razón por la que me casé con él.
—Ese dinero te pertenece —insistió Tom—, y lo tendrás lo quieras o no.
El rostro de Coreen se alzó, y por un instante él creyó haber conseguido
encender la chispa que había estado tratando de sacar de ella, el modo de hacerla
salir del caparazón en el que se había metido y hacerla volver al mundo. Sin embargo,
tan pronto como se hubo encendido, aquella pequeña chispa se apagó.
—No tengo fuerzas para pelearme contigo, Tom —le dijo Coreen—. Cuando esté
bien buscaré un trabajo y un lugar donde vivir, y desapareceré de tu vida para
siempre.
Aquello era precisamente lo que él temía. Quería hablar con ella, explicarle cómo
se sentía, pero la lluvia estaba parando, y Coreen salió del establo como si la estuviera
persiguiendo una jauría de perros de presa.
Al día siguiente le habían dado la tarde libre a la señora Bird, así que Bill y
Coreen se fueron a la cocina para hacer ellos mismas una tarta para la cena.
—Mi hermano está hoy más irritable que de costumbre —le comentó Bill a su
amiga mientras batía los huevos—. Nunca lo había oído lanzar semejantes epítetos.
Desde luego era imposible no darse cuenta, se dijo Coreen, que llevaba un buen
rato tratando de ignorar la discusión que se oía a través de la ventana abierta. Giró la
cabeza en esa dirección. Desde allí podía verse el gran edificio de metal donde se
guardaban los vehículos que se utilizaban en el rancho. Y, precisamente en ese
momento, Tom estaba reparando una camioneta con dos de sus hombres. La joven
observó que uno de ellos tiraba enfadado una llave inglesa al suelo y se alejaba a
grandes zancadas farfullando algo y lanzando los brazos al aire.
—¡Hawkins, vuelve aquí o búscate otro empleo! —le gritó Tom.
—¡Pues me buscaré otro! —le espetó Hawkins girando la cabeza, pero sin
detenerse—. ¡No puede haber nada peor que esto!
—¡Gallina! —voceó burlón el otro hombre.
—¿Quieres irte con él, Charlie? —le preguntó Tom con ojos relampagueantes.
Charlie se apresuró a recoger del suelo la llave inglesa y se la entregó a su jefe, quien,
cubierto de grasa de arriba abajo, volvió a inclinarse sobre el motor de la camioneta.
Coreen estaba temblando. Los gritos y las voces enfadadas la ponían muy
nerviosa, y Tom acababa de mostrarse más volátil de lo que jamás hubiera imaginado
que pudiera ser. Según parecía, al estar en su propio rancho y  no sentirse obligado a
controlar su temperamento como lo hacía en los actos sociales, ante la gente, era aún
más terrible.
—¿Cómo puedes soportarlo? —le preguntó a Bill frunciendo las cejas. Su
amiga dejó lo que estaba haciendo y giró la cabeza hacia el.
—No es como Barry —le dijo con suavidad—, no es un hombre violento. De hecho,
en el fondo es un pedazo de pan. Lo que ves no es el auténtico Tom —le señaló un bote
a Coreen—. Pásame la esencia de vainilla. Gracias. Mi hermano siempre ha ocultado su
verdadero yo bajo esa coraza llena de pinchos —continuó—, para evitar que la gente
pueda darse cuenta de lo vulnerable que es en realidad.
—A otro perro con ese hueso —replicó Coreen incrédula—. Tu hermano tiene un
corazón de hielo.
Bill dio un ligero respingo que Coreen no advirtió y dejó el bote de vainilla
sobre la encimera de la cocina con un carraspeo.
—Pero, tú no lo odias, ¿verdad? —inquirió vocalizando tan alto y claro como si
estuviera recitando una frase en una obra de teatro. Su amiga se sonrojó y la miró
extrañada. Empezó a protestar, preguntándole a qué venía aquello, pero Bill insistió.
—¿Odias a mi hermano?
—No, por supuesto que no... —farfulló Coreen bajando la vista—, pero estos
últimos años las cosas habrían sido más fáciles para mí si lo hubiera odiado. Barry hizo
de mi vida un infierno. No puedes imaginar lo que era para mí que me acusara por
sentimientos que yo no podía evitar, y que me refregara por la cara todo el tiempo el
hecho de que Tom me hubiera rechazado. Estaba celoso de Tom... horriblemente
celoso, a pesar incluso de que no me quisiera tampoco para él. Pero no pudo soportarlo
cuando se enteró de lo que sentía por tu hermano. Aquella última noche me habría
matado si...
Un leve sonido detrás de ellas le hizo volver el rostro y encontró al ranchero de
pie en el umbral de la puerta trasera. Su rostro estaba pálido y sus facciones tensas.
—¿Siempre escuchas las conversaciones de los demás? —le espetó Coreen dando
por fin una muestra de carácter—. Vamos, siéntate y ponte cómodo —le dijo con
sarcasmo extendiendo un brazo para alcanzar una silla. Al hacerlo, le dio sin querer
con el codo a un paquete de harina que había justo en el borde de la encimera, y
estuvo a punto de caer al suelo, pero se agachó y lo salvó antes de que lo tocase, no sin
cierta torpeza en sus movimientos.
—La señorita Elegancia... —masculló Tom burlón. Lo había dicho sin malicia, casi
sin pensar, sólo porque ella había reaccionado de un modo hostil a su presencia, pero
para Coreen aquello fue la gota que colmó el vaso.
Vio cómo la expresión altiva del ranchero se convertía al instante en una de
arrepentimiento al recordar, demasiado tarde, lo que Henry les había revelado acerca
de cómo Barry se metía con ella, pero Coreen había perdido el control sobre sí misma.
Ni siquiera pensó. Movida por la furia que la sacudía por dentro, se giró sobre los
talones y le lanzó el paquete de harina con todas sus fuerzas. La bolsa de papel se
rompió nada más chocar contra su pecho, y de pronto se vio cubierto de arriba abajo
por una fina capa blanca que se mezcló con la grasa, y envuelto en una nube de polvo.
—Alquitranado y emplumado... —murmuró Bill divertido, prorrumpiendo en
grandes carcajadas. Tom, que se había quedado de piedra, la miró furibundo, y después
a Coreen, quien estaba tan sorprendida como él por lo que acababa de hacer.
Coreen vio un destello amenazador en los pálidos ojos azules de Tom, lo vio
enrojecer de ira, y sintió que las rodillas le temblaban al recordar el modo en que
Barry había reaccionado las pocas veces que se había atrevido a plantarle cara. Alzó la
vista aprehensiva y contrajo el rostro, esperando que explotara, esperando que la
golpeara... Pero no ocurrió. Tom había visto la expresión de temor en sus ojos, y eso
hizo que controlara al punto su enfado, aunque jamás la habría pegado, como era obvio
que ella temía.
—Para ser una mujer que odia la violencia —le dijo con los labios blancos por la
harina—, no se puede decir que seas precisamente pacífica.
Y, con una media sonrisa, salió de la cocina, dejando tras de sí un reguero blanco.
— ¡Y que te sirva de lección! —le gritó su hermano burlón—: ¡no se debe enfadar
a una mujer que está cocinando!
Charlie, que estaba fuera esperándolo, empezó a reír sin poder parar, y los
improperios de Tom se oyeron en todo el rancho.
Coreen estaba hecha un flan por lo que acababa de hacer, y todavía no podía
creerse que Tom no hubiera tomado represalias. Se sentía tan confundida y a la vez
tan aliviada, que rompió a llorar. Bill la abrazó por la cintura, incapaz de mantener el rostro
serio ante lo tragicómico de la situación:
—Oh, vamos, Coreen, no se morirá por un poco de harina... Además, si no consigue
quitársela, ya que está engrasado y enharinado, siempre podemos echarlo en una
sartén y freírlo bien...
Coreen no pudo menos que echarse a reír en medio de las lágrimas al imaginar a
un Tom crujiente y dorado, con su sombrero y sus botas, sobre una enorme fuente y
rodeado de lechuga.
A la hora de la cena, Tom bajó ya limpio y duchado. Miró airado a los dos jóvenes,
que reprimían risas e intercambiaban miradas divertidas, pero no dijo una palabra
respecto a lo ocurrido. Sin embargo, cuando llegaron al postre, Tom se levantó sin
decir nada, tomó su taza de café y salió del comedor en dirección al estudio.
—Se hace el ofendido —dijo Bill divertido—. ¿Por qué no le llevas su trozo de
tarta para hacer las paces con él?
—No quiero hacer las paces con él.
—Por supuesto que quieres —insistió su amigo con una sonrisa maliciosa,
sirviendo un trozo de tarta en un platillo y entregándoselo con un tenedor—. Anda, ve.
—Eres un mal amigo —la reprendió Coreen frunciendo los labios—, sabías que
estaba allí detrás de nosotras, ¿no es cierto?
Bill se sonrojó entre risas y se encogió de hombros.
—Lo siento, lo siento... Es sólo que quería que mi hermano se enterase de que no
lo odias. Pensé que ayudaría a distender las cosas entre vosotros.
Coreen entornó los ojos pero no contestó. Se levantó, tomó el plato, y lo llevó
hasta el estudio. La puerta no estaba cerrada, pero llamó con los nudillos antes de
entrar. Tom, sentado frente a una gran mesa de madera oscura, tenía un periódico
abierto en una mano y la taza de café en la otra.
—¿No quieres un poco de tarta? —inquirió ella vacilante. Tom bajó el periódico y
se recostó en el asiento, mirándola fijamente.
—Te envía Bill, ¿no es así?
Coreen no era buena fingiendo y él se rió al ver que la expresión de su rostro la
delataba.
—Ya me imaginaba que no vendrías aquí por tu propia voluntad.
La joven se acercó, ignorando el sarcástico comentario y dejó la tarta sobre la
mesa.
—No pretendía molestarte con lo que te dije esta tarde —se disculpó él
quedamente—. Sé que no eres una persona torpe por naturaleza. Me sentí furioso
conmigo mismo en el momento en que lo dije.
—Y yo reaccioné de un modo desproporcionado —admitió ella, dibujando
arabescos invisibles con un dedo en la superficie de la mesa—. Perdóname tú también
—alzó la vista hacia él—. Por un momento creí que me ibas a pegar, pero no lo hiciste.
Las facciones de Tom se tensaron.
—Ya te dije que yo jamás golpearía a una mujer.
—Bueno, siempre es mejor asegurarse —dijo ella.
Tom conocía la razón de su miedo, pero le ponía enfermo el sólo pensar en ello
porque se sentía horriblemente culpable por no haberse dado cuenta y haberlo
impedido. Tomó un sorbo de su café y dejó la taza sobre la mesa, observando a Coreen
con una leve sonrisa en los labios.
—Supongo que no querrás que nos demos un beso y hagamos las paces, ¿verdad?
—le preguntó de repente. Los sorprendidos ojos de Coreen se alzaron encontrándose
con los suyos.
—Oh, no tendría que ser un beso apasionado —aclaró Tom. Sus ojos seguían fijos
en los de ella, con una mirada burlona pero extrañamente tierna—, pero te haría bien,
ser besada de un modo que no te hiera.
—No quiero que un hombre vuelva a tocarme en toda mi vida —dijo ella con
amargura.
—Comprendo que ahora te sientas así —respondió él suavemente—, pero no
debes permitir que esa mala experiencia te predisponga contra todos los hombres en
el futuro. Eres muy joven aún y serías una madre tan dulce... Recuerdo el día que Mary
Gibbs fue a la tienda de tu padre con su bebé —añadió en un tono melancólico, como si
recordara aquellos días con especial cariño—, cómo te deshiciste en tiernas miradas y
caricias con él...
—Pero... pero tú no estabas allí ese día... —replicó ella perpleja.
—Yo nunca dejé de verte, Coreen. Nunca. Solía ir cerca de la tienda y te
observaba largo rato a través del escaparate —dijo él abruptamente. Daba la
impresión de que le pesara el no haber podido evitarlo—. Dios, sigues sin
comprenderlo, ¿verdad?
Coreen frunció las cejas y sacudió la cabeza.
—Tengo cuarenta años —le dijo él pacientemente—, y tú sólo veinticuatro.
Ella siguió mirándolo del mismo modo, como si siguiera sin ver el problema. Tom
exhaló un profundo suspiro.
—Tengo dieciséis años más que tú —le dijo—. ¿No lo ves?, ¿no te das cuenta de
la tremenda carga en que esa diferencia de edad se podría convertir para ti?
Los ojos de Coreen escrutaron su apuesto rostro.
—Hace ya mucho que dejé de penar por ti, Tom. Me dejaste muy claro que no
sentías nada por mí. No te odio pero ya tampoco te amo. Te aseguraste de que así
fuera, y ahora ya no tienes de qué preocuparte —le dijo sin expresión alguna en sus
ojos—. Nunca volveré a molestarte.
Se dio la vuelta y se dirigía ya hacia la puerta cuando, antes de que pudiera
alcanzarla, vio que el largo brazo de Tom se adelantaba y la cerraba con un golpe seco.
Coreen, nerviosa, no se movió, pero él la tomó por los hombros y la hizo girarse hacia
él, arrinconándola contra la puerta con expresión entre irritada y atormentada.
—Tú no lo entiendes, Coreen —farfulló con voz ronca—. ¡Estoy tan endiabladamente
cansado de comportarme con nobleza...!
Y se inclinó sobre ella, tomando sus labios, de un modo tan repentino que ella no
tuvo tiempo de reaccionar. Coreen gimió en señal de protesta bajo la cálida aunque
insistente presión de su boca y sus manos subieron al pecho masculino para intentar
apartarlo. Tom despegó sus labios de ella lo justo para poder hablar.
—No voy a hacerte ningún daño —le dijo con ternura—. Ni siquiera te tocaré. No
me rechaces, Corrie. Por esta vez, deja que ocurra.
Coreen no hacía más que repetirse que aquello era una locura, pero el breve
contacto de los labios de To sobre los suyos después de tanto tiempo había sido para
ella como el suplicio de Tántalo, y un recordatorio de lo que pudo haber sido y no fue.
Incapaz de negarse otro fugaz instante de felicidad, la joven no luchó contra ello, y
dejó que sus labios se rozaran otra vez con los de Tom en una suave fricción que poco a
poco se fue tornando más apasionada. Sin embargo, tal y como le había prometido, él
en ningún momento la agarró ni la aprisionó. Sólo sus labios se tocaron durante
segundos que parecieron interminables. Cuando finalmente Tom levantó la cabeza,
Coreen estaba sin aliento y los ojos azules del ranchero escrutaron su rostro con
solemnidad.
—Eso es lo que podía haber sido, Corrie —murmuró—. Y, aun así, sería sólo la
punta del iceberg.
—No me atormentes —le rogó ella con amargura.
—¿Atormentarte? —repitió Tom frunciendo el ceño.
—No podría volver a pasar por eso —murmuró Coreen, contrayendo el rostro—.
Barry siempre me decía que sólo habías jugado conmigo, que nunca habías sentido el
menor deseo por mí porque era delgada y poco femenina, y...
—Coreen, yo no... —comenzó Tom. Pero ella se dio la vuelta y abrió la puerta—. No
es cierto que yo...
—Sí que lo es —replicó Coreen tristemente mirándolo por encima del hombro—.
Tú mismo me lo dijiste aquella noche, en la fiesta del club de tiro.
—Te mentí —replicó él sin saber cómo hacer que lo creyera. Coreen esbozó una
débil sonrisa, intentando demostrarle que no le importaba.
—Está bien, Tom, no pasa nada. De eso hace ya mucho tiempo. Sólo te pido que,
por favor... por favor no vuelvas a intentar hacerme sentir algo por ti. Los dos
sabemos que ahora tienes... nuevos intereses.
Y se marchó antes de que Tom comprendiera a qué se estaba refiriendo: Lillian.
En ese momento el ranchero se habría abofeteado. Después de todo era natural que lo
pensase cuando la había invitado a cenar estando ella en la casa. Se preguntó si podría
algún día hallar un modo de arreglar las cosas, de hacerle ver que se había dado cuenta
de que estaba equivocado.


HOLA!!! AQUI ESTAN LOS CAPS ... YA PRONTO VA A TERMINAR ... ASI QUE YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... HASTA LUEGO :))

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