PARA
ENTENDER MEJOR.-
Coreen y Tom Kaulitz se enamoraron
nada más conocerse, pero él se negó a
admitir sus sentimientos, y apartó a
la joven de sí, echándola prácticamente en
brazos de su primo Barry, con quien
terminó casándose. El matrimonio acabó siendo
un verdadero infierno para la joven,
ya que su marido la maltrataba, celoso del amor
que ella aún sentía por Tom. Dos años
después, Barry, que conducía ebrio, se mató
en un accidente de tráfico. Durante
todo ese tiempo, Tom había creído las mentiras
de su primo sobre cómo el desprecio de
Coreen lo había empujado a la bebida, pero
poco a poco iría descubriendo el
horror por el que había pasado la joven, al tiempo
que tendría que afrontar sus
sentimientos.
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Capítulo 1.-
Tras el entierro, Tom Kaulitz se
mantuvo alejado del resto de los asistentes,
observando fijamente y con desprecio a
la joven y esbelta viuda enlutada, de pie junto
a un Rolls Royce negro, mientras
recibía las condolencias de unos y otros. Su primo
Barry había muerto y aquella mujer era
la culpable. No sólo había atormentado a su
marido durante dos años, empujándolo a
convertirse en un alcohólico, sino que también
había dejado que condujera ebrio,
matándose al precipitarse su coche por el borde de
un puente. Y allí estaba, sin una lágrima
en sus ojos. Su hermano Bill, tras besar y
abrazar a la viuda, se acercó a él
para reprenderlo por su actitud.
—Deja de mirarla de ese modo. ¿Es que
no tienes sentimientos? —le espetó
enfadado.
Tom, de cuarenta años de edad, contaba
dieciséis más que su hermano, y su
cabello, antaño oscuro como el de el,
se había llenado de prematuras canas, pero por
lo demás, tenía el aspecto de un
hombre mucho más joven.
—¿Acaso los tiene ella? —replicó con
una sonrisa cínica, dando una larga calada al
cigarrillo que tenía entre sus dedos.
—Me prometiste que ibas a dejarlo —le
recordó el. Tom enarcó una ceja.
—Y te estoy haciendo caso: ya apenas
fumo, sólo cuando estoy nervioso o
irritado y siempre en lugares
abiertos.
—Eso no basta, recuerda lo que te dijo
el médico. Sé que detestas que te
sermonee pero eres mi hermano y me
preocupa tu salud.
Tom esbozó una sonrisa amable.
—Está bien, tú ganas. Volveré a
intentarlo... a partir de mañana —dijo. Bill
frunció el ceño, pero él había girado
la cabeza y estaba observando de nuevo a la viuda
con la misma mirada gélida en sus ojos
azules—. La amante esposa... —masculló—. No
ha derramado ni una lágrima tras dos
años de matrimonio...
—¿Quién eres tú para juzgarla? Nadie
puede saber lo que pasa dentro de un
matrimonio.
Tom ignoró el reproche y dio otra
calada al cigarrillo escrutando de nuevo el
rostro de la viuda.
—¿Y a qué viene el velo entonces?
—inquirió a su hermano, señalando con un
gesto de la cabeza el sombrero negro
con velo que llevaba la mujer—. ¿Acaso teme que
la madre de Barry se pregunte por qué
sus ojos están secos?
—Eres tan mordaz e insensible que no
me extraña que no te hayas casado —lo
increpó Bill disgustado—, y tampoco me
extraña que la gente diga que no hay una
mujer en todo Texas con valor para hacerte
pasar por la vicaría.
—No hay una mujer en todo Texas por la
que esté dispuesto a pasar por la
vicaría —corrigió él—. Sencillamente
no soporto a ninguna.
—Y a Coreen menos que a ninguna
—murmuró su hermano al ver que los ojos de
Tom habían vuelto a fijarse en la
joven viuda—. Es curioso, hubo un tiempo en que
hubiera jurado que te gustaba.
—Tiene veinticuatro años y yo
cuarenta; demasiado joven para mí, aunque
hubiera estado interesado en ella.
—¿Sabes, Tom? Te equivocas respecto a
Coreen. No es la clase de persona que
crees.
—Me parece encomiable que defiendas a
tus amigos, Bill, pero no lograrás
convencerme de que esa mujer de ahí
está penando por su difunto esposo.
—Siempre la has tratado con la punta
del pie —continuó el sin escucharlo. Tom
se tensó visiblemente.
—Eso es porque siempre estaba
atosigándome.
Bill no contestó a eso.
—¿Irás a la casa después? —le
preguntó—. Se hará la lectura del testamento
tras el almuerzo.
—Vaya, qué sorpresa, la viuda tiene
prisa por saber cuánto dinero le
corresponde... —masculló Tom.
—Ha sido idea de la madre de Barry, no
suya —le aclaró Bill irritado. Tom giró
la cabeza y se quedó observando un
instante a una mujer delgada y de baja estatura
vestida con un elegante traje negro de
diseño.
—¿De la tía Tina?
—Detesta a Coreen tanto o más que tú
—dijo Bill—. Seguro que espera que
Barry no le haya dejado un centavo
para poder echarla de la casa.
Tom tiró el cigarrillo al suelo y lo
aplastó con la suela del zapato.
—¿Acaso te extraña? Coreen mató a su
hijo.
—¡Tom!
La fría mirada en los ojos azules de
su hermano podría haber cortado un
diamante.
—Ella nunca lo amó. Se casó con él
sólo porque su padre había muerto y no le
había dejado más que deudas. Hasta la
casa estaba hipotecada. ¿Y se mostró
agradecida al menos con Barry? No,
pasó los dos años de su matrimonio haciéndolo
sufrir. Más de una vez tuve que
ofrecerle un hombro donde llorar a nuestro pobre
primo.
—¿Cuándo? —inquirió el—. No recuerdo
que fueras nunca a su casa. Incluso te
negaste a ser su padrino en la boda.
Tom apartó la vista.
—Vino a Victoria varias veces a verme
por asuntos de negocios, y un día se
sinceró conmigo porque ya no aguantaba
más. Me lo contó todo acerca de Coreen. Fue
ella quien lo empujó a la bebida.
—Eso no puedes probarlo. ¿Y acaso le
has pedido a Coreen que te cuente su
versión de la historia? —le espetó su
hermano—. Es mi amiga, Tom, y no voy a
permitirte que la acuses de ese modo.
Al menos podrías acercarte a ella y darle tus
condolencias.
Tom enarcó una ceja.
—¿Por qué tendría que hacerlo cuando
no le importa que su marido esté muerto?
Además, las apariencias nunca me han
importado. No voy a darle mis condolencias sólo
por quedar bien ante ella o ante los
demás.
Bill gruñó desesperado y regresó junto
a Coreen. Cuando los asistentes
comenzaron a dispersarse, ambos
subieron al Rolls Royce negro, y Henry, el chofer,
puso el automóvil en marcha
dirigiéndose hacia la enorme casa.
—Tom estaba diciéndote algo acerca de mí,
¿no es cierto? —inquirió Coreen en un
tono tenso. El velo negro del sombrero
resaltaba aún más la palidez de su rostro, y
había una mirada trágica en sus ojos
azules. Bill asintió en silencio.
—No tienes por qué sentirte culpable
por su actitud hacia mí —le dijo la joven
viuda—. Conozco a tu hermano desde que
íbamos juntos a la universidad, ¿recuerdas?
Tom siempre me ha odiado. Es algo que
viene incluso de antes de mi matrimonio—añadió.
Bill sabía que su amiga había estado
muy enamorada de su hermano pero
ignoraba que él había sido el
catalizador que la había empujado a aquel matrimonio, a
una unión que ella jamás había
querido.
—Bueno, ya sabes que Tom siempre ha
rehuido cualquier clase de compromiso
—murmuró, tratando en cierto modo de
disculparlo—. Nunca ha ido en serio con nadie.
Coreen asintió con la cabeza.
—Supongo que lo que hizo vuestra madre
lo afectó —dijo porque Bill le había
hablado de su infancia.
—Sí, después de aquello se volvió muy
receloso con las mujeres —contestó su
amigo exhalando un suspiro—, aunque,
¿sabes?, durante un tiempo estuve convencido
de que sentía algo por ti —añadió
mirando a Coreen por el rabillo del ojo, curioso por
ver su reacción.
Sin embargo, el rostro de la joven
viuda no dejó entrever emoción alguna.
Durante aquellos dos años había
aprendido muy bien a ocultar sus sentimientos, porque
su marido siempre había aprovechado el
más mínimo signo de debilidad o vulnerabilidad
para atacarla. Un día, durante la
primera semana después de la boda, había cometido
el error de mencionar a Tom en
presencia de Barry, sin darse cuenta de que el solo
matiz en su voz al pronunciar su
nombre había delatado que aún seguía amándolo. Esa
noche Barry volvió a casa borracho y
le dio una paliza. Pero, de eso, nadie sabía nada.
—¿Por qué ha insistido Tina en que el
testamento se lea tan pronto? —le
preguntó Bill, arrancándola de tan
amargos recuerdos. Los largos dedos de Coreen
se aferraron al bolso negro que tenía
sobre las rodillas.
—Porque está segura de que Barry se lo
ha dejado todo a ella, incluida la casa
—contestó—. Ya sabes cómo se opuso
siempre a nuestro matrimonio. Si la hizo
beneficiaria única, me echará a la
calle antes de que anochezca. Y apuesto a que lo
hizo —murmuró con la mirada vidriada—.
Me daba cien dólares a la semana y con eso
tenía que arreglármelas para hacer la
compra y pagar las facturas.
Su amigo alzó el rostro hacia ella,
sobrecogido por aquella revelación, y de
pronto se fijó en que el vestido que
llevaba Coreen no era precisamente nuevo. Sabía
que no había sido precisamente feliz
en su matrimonio, pero nunca había tenido a
Barry por uno de esos avaros que daban
con cuentagotas el dinero a sus esposas.
Después de todo, sin saberlo, tal vez
no había andado muy desencaminado al decirle a
Tom aquello de que no podía saber lo
que había ocurrido dentro del matrimonio de su
primo y Coreen.
—Sólo tengo los vestidos que me compré
antes de casarme —le dijo Coreen
adivinando lo que estaba pensado y
evitando su mirada—, pero no me importó —se
apresuró a añadir—, me las apañé con
lo que tenía. Nunca he necesitado demasiado.
Sin embargo, a pesar de esa
aseveración, lo único en lo que podía pensar Bill
era que su tía había acudido al
entierro con un vestido de diseño exclusivo, mientras
que Coreen llevaba uno que no aguantaría
otra temporada.
—Pero, ¿por qué?, ¿por qué te hacía
eso? —inquirió indignado. Coreen sonrió con
tristeza.
—No te preocupes. Aunque me haya
dejado sin un centavo, no me derrumbaré.
Buscaré un trabajo. Me las arreglaré
como sea.
—Pero no puede haber sido tan cruel,
tiene que haberte dejado algo...
La joven viuda meneó la cabeza.
—Bill, Barry me odiaba, ¿es que nunca
te diste cuenta? Estaba acostumbrado
a que las mujeres se le echasen encima
y no podía soportar la idea de ser la segunda
opción de nadie —le dijo—. Pero todo
ha acabado... ha acabado... —murmuró más para
sí que para su amiga—. Oh, Bill, me
siento tan avergonzada...
—¿Avergonzada de qué? —inquirió el joven
que no terminaba de comprender
sus palabras.
—Del alivio que siento —respondió
Coreen en un susurro apenas audible, como
temerosa de que el coche tuviera
oídos—. ¡Se ha acabado!, ¡al fin se ha acabado! Y no
me importa que la gente crea que yo lo
maté —concluyó estremeciéndose.
A Bill le picaba la curiosidad pero no
quiso presionarla. Coreen se lo contaría
algún día, cuando se sintiese
preparada para hacerlo. Durante aquellos dos años apenas
había tenido contacto con ella ya que
Coreen siempre le decía que no podía recibirla,
que a Barry lo ponían de mal humor las
visitas, pero Bill siempre le había quitado
importancia, diciéndose que se debería
a que era exageradamente posesivo, que no
quería que su esposa prestara atención
a otras personas.
—Bueno, ahora podremos quedar de vez
en cuando sin tener que hacerlo a
escondidas —le dijo Bill. Coreen alzó
los ojos preocupada hacia los de su amigo.
—¿No le habrás contado a Tom que
teníamos que vernos así?
—No, nunca se lo conté —fue la
contestación de Bill—. De hecho... —murmuró
vacilante—, de hecho me cortaba cada
vez que intentaba hablarle de ti.
Los delgados hombros de Coreen se
relajaron y giró el rostro hacia la ventanilla.
—Ya veo.
—¿Qué es lo que ves? —masculló Bill irritado
ante esa resignación—. Yo... ¡no
es justo lo que está haciendo contigo!
No lo comprendo, Coreen, no entiendo por qué se
comporta así. Su actitud hoy durante
el entierro me ha avergonzado.
—Apreciaba a Barry —contestó la viuda
sin mirarla. Barry había tenido engañado
a todo el mundo, así que, ¿por qué iba
a haber sido el hermano de Bill una
excepción? No, Tom no tenía ni idea de
lo que su primo la había hecho pasar.
El vehículo se había detenido y el
chofer les abrió la puerta.
—Gracias, Henry —murmuró Coreen,
tomando la mano que le ofrecía para
ayudarla a bajar. Henry pasaba ya de
los cincuenta y era un militar retirado, fornido y
de corto cabello canoso, que llevaba
años trabajando para Barry. Nadie lo sabía pero le
debía su vida a aquel hombre.
—No hay de qué, señora Tarleton
—respondió el chofer suavemente.
Bill entró en la casa con Coreen,
observando extrañado que no saliera a
recibirlas criada alguna, ni cocinera,
ni mayordomo... lo cual era en verdad bastante
raro, dado que la vivienda tenía un
total de ocho habitaciones, casi el mismo número de
cuartos de baños, y que Barry había
ganado una fortuna con sus negocios.
—Barry despidió a todo el servicio al
poco de casarnos —le dijo Coreen al
advertir su asombro—, a todos excepto
a Henry —añadió mientras se quitaba el
sombrero y lo dejaba sobre una
mesita—. No le gustaba que la gente lo viera conducir
su propio coche.
Se quitó también la chaqueta y, al
hacerlo, una de las mangas del vestido se le
levantó un poco, dejando por un
instante al descubierto la marca de un cardenal en el
antebrazo. Casi había desaparecido,
observó mentalmente Bill, que recordaba lo
amoratado que lo había tenido el día
que se lo hizo; de los cardenales del rostro ya no
quedaba ni huella.
De aquello hacía algo más de una
semana. Se había presentado en Jacobsville sin
avisar para darle una sorpresa a
Coreen, pero al llegar a la casa nadie había
contestado al timbre. Extrañado, fue a
preguntarle a la vecina si sabía si el señor y la
señora Tarleton habían salido. La
mujer le dijo que estaban en el hospital, que parecía
ser que ella había tenido un
accidente. Bill se había ido corriendo al hospital, pero
al llegar allí, comprobó para su
alivio, aunque la encontró llena de moraduras y con un
esguince en el tobillo, que no había
sido nada grave. Barry le explicó que Coreen había
estado practicando ala delta y que
había tenido una caída un tanto aparatosa. Bill
sabía que su amiga era aficionada a
ese deporte desde sus días de universidad, pero
sus compañeros siempre habían dicho
que era una verdadera maestra, así que parecía
extraño que se hubiera descuidado de
ese modo. «Es que se levantaron unas rachas de
viento muy fuertes de repente, y no
tuvo tiempo de reaccionar», le explicó Barry
cuando ella hizo ese comentario, « ¿No
es verdad, cariño?», había dicho volviéndose a
Coreen. Y ella había asentido.
—Siéntate, haré un poco de café —le
dijo su amiga, sacándola de sus
pensamientos.
—Oh, no, ni hablar, lo haré yo —se
apresuró a replicar Bill—. Eres tú quien
necesitas que se ocupen de ti. ¿Has
podido dormir algo esta noche?
Coreen meneó la cabeza.
—No dejo de tener pesadillas —le
confesó frotándose la frente mientras
tomaba asiento en uno de los sofás del
salón.
—¿Y esas pastillas que te dio el
médico para dormir?
—Me da miedo empezar a tomarlas y no
poder pasar sin ellas.
—Tonterías, no te ocurrirá nada por
tomar una o dos. Además...
Pero Bill no terminó la frase porque
en ese momento se abrió y se cerró la
puerta principal. Sólo una persona se
consideraba con la libertad de entrar sin llamar
al timbre. Oyeron pasos acercarse
desde el vestíbulo, y al cabo apareció Tom
aflojándose la corbata. No llevaba su
sombrero vaquero y con aquel traje oscuro tan
elegante no parecía el mismo.
—Estaba a punto de hacer café —le dijo
su hermano lanzándole una mirada de
advertencia para que no fustigase a
Coreen—. ¿Quieres una taza?
—Sí, por favor.
—Coreen, ¿quieres que prepare algo para
almorzar? —se ofreció su amigo.
—La verdad es que no hay demasiado en
la nevera, ni en la alacena —respondió la
joven.
—Tranquila, veré qué puedo hacer —sonrió
Bill y se fue a la cocina,
mordiéndose la lengua para no
mencionar la poca consideración de los vecinos. No
quería incomodar a Coreen. Era
tradición en las zonas rurales llevar comida preparada
a quienes habían tenido un fallecimiento
en la familia, y la de Jacobsville era una
comunidad muy unida.
Tom, sin embargo, no era tan
considerado como su hermana y, en cuanto ésta
hubo desaparecido, puso el dedo en la
llaga:
—¿Cómo es que nadie te ha traído
comida? —le preguntó con aspereza a la joven
viuda, esbozando una sonrisa cruel
mientras tomaba asiento frente a ella—. ¿Es que
los vecinos también creen que mataste
a tu marido?
Coreen sintió náuseas en la boca del
estómago, pero tragó saliva y alzó sus ojos
azules hacia él.
—Nunca tuvimos una relación estrecha
con ningún vecino. Barry decía que si les
dábamos confianza acabaríamos
teniéndolos en la casa todo el tiempo. Nunca le gustó
la gente.
—Y a ti nunca te gustó él —masculló
Tom con puro veneno en la voz—. Me lo contó
todo sobre ti, Coreen, todo.
La joven no tenía que preguntarle para
imaginar qué clase de mentiras le habría
contado, como que era frígida y lo
había rechazado desde que se habían casado. Cerró
los ojos y se frotó la frente, donde
se estaba formando el principio de un dolor de
cabeza.
—¿No tienes un negocio que atender?
—le espetó—, ¿varios, de hecho?
Tom cruzó una pierna sobre la otra.
—Mi primo ha muerto y he venido a su
entierro.
—Pues el entierro ya ha terminado —le
respondió ella cortante.
—Y supongo que ya debes estar
imaginándote con los millones de Barry en tu
bolsillo. Pues yo que tú no contaría
aún las ganancias: todavía no se ha leído el
testamento. Tina ya viene hacia aquí.
—Espoleada por ti, sin duda.
Tom enarcó las cejas.
—No necesita que nadie la espolee.
Coreen se puso de pie. El dolor y el
tormento de aquellos dos años la estaban
corroyendo por dentro como el ácido.
—Yo no maté a Barry.
Tom también se levantó.
—Dejaste que se subiera a un coche y
que condujera cuando había bebido. Sí,
Coreen —añadió asintiendo con la
cabeza ante la mirada de estupefacción de la
joven—, las noticias se extienden como
la pólvora en las pequeñas localidades como
Jacobsville. Bill y yo hemos vuelto a
instalarnos en el rancho y la gente dice que en
la fiesta de los Ballenger, anteayer,
Barry te pidió que lo llevases a casa, y tú te
negaste, así que se marchó solo y
salió disparado por el borde de un puente.
De modo que así era cómo las malas
lenguas habían tergiversado los hechos...
Coreen se quedó mirando a Tom pero no
dijo nada. Bill no le había dicho que habían
vuelto a Jacobsville para quedarse.
¿Cómo iba a soportar tener que vivir en la misma
ciudad que Tom?
—¿No te defiendes? —la retó burlón—.
¿No vas a buscar ninguna excusa?
—¿De qué serviría? —le contestó ella
cansada—. Tú ya me has condenado, igual
que los demás.
Tom caminó por el salón, deteniéndose
junto a una estantería, y se giró hacia ella.
—Barry me escribió hace un par de
semanas —le dijo de repente—. En su carta
decía que había cambiado el
testamento, y que me mencionaba en él. ¿No lo sabías?
No, Coreen no lo sabía, lo único que
Barry le había dicho era que lo había
cambiado pero desconocía su contenido.
—Imagino que también mencionará a Tina
—continuó Tom, acercándose a ella y
mirándola fijamente.
Había una sonrisa tan engreída en sus
labios, que las manos de la joven se
cerraron clavándose las uñas en las
palmas para contener la ira que se estaba
apoderando de ella. Estaba harta, harta
del incesante aguijoneo de Tom. ¿Por qué tenía
que soportarlo después del infierno
por el que había pasado?
—Márchate, por favor —le rogó
desesperada—. Márchate...
Tom se había detenido apenas un metro
frente a ella y Coreen no estaba segura
de poder contener mucho más tiempo las
lágrimas que se estaban agolpando en sus
ojos. Bajando el rostro para que no
pudiera ver la angustia en él, trató de pasar por su
lado para huir escaleras arriba, pero
tropezó con el borde de la alfombra, y estuvo a
punto de caer de bruces al suelo
cuando Tom, en un acto reflejo, dio un paso adelante
y la sostuvo, quedando la joven
atrapada en un inesperado abrazo. Años atrás le habría
parecido un sueño encontrarse entre
los fuertes brazos de Tom Kaulitz, pero después
de su matrimonio con un hombre que la
había maltratado, aquel contacto provocó
miedo en Coreen.
—¡Déjame!, ¡suéltame...! —gimió
zafándose y echándose atrás. Se dejó caer sobre
el sofá y rompió en amargos sollozos
ocultando el rostro entre las manos. Tom, que no
se había esperado esa reacción, se
quedó mirándola estupefacto, sintiéndose mal por
haberla puesto en ese estado, pero se
dijo que si lloraba era porque se sabía culpable.
De mala gana se sacó un pañuelo del
bolsillo y lo puso en las manos de la joven.
—Sécate esas lágrimas de cocodrilo —le
ordenó malhumorado. Justo en ese
momento regresaba Bill con una bandeja
cargada con un plato de sándwiches, café,
y algo de fruta pelada y cortada. Al
ver el rostro lloroso de Coreen y sus ojos
enrojecidos, lanzó una mirada
fulminante a su hermano, pero éste no se dio por
aludido.
—Vamos, Corrie, come un poco, te
vendrá bien —le dijo a su amiga mientras
depositaba la bandeja sobre la mesita
baja entre los sofás enfrentados. Tom volvió a
sentarse observando cómo Bill servía
el café y le daba una taza a su amiga.
—Tina me ha dicho durante el entierro
que está alojada en un motel —comentó
sin dar tregua a Coreen—. ¿No hay
sitio para ella en la casa de su propio hijo?
La joven, que había recobrado la
compostura, lo miró brevemente antes de
responder con aspereza:
—Le ofrecí que se viniese aquí estos
dos días, hasta que regresara a Houston,
pero se negó.
Tom bajó la vista a la taza de café
que su hermano le estaba pasando en ese
momento.
—Cuando todo esto haya acabado,
deberías marcharte un par de semanas a un
lugar tranquilo —le dijo Bill a
Coreen—, a la costa, por ejemplo. Ahora es temporada
baja y no habrá nadie.
—Sí, ¿por qué no? —intervino de nuevo
Tom, en el mismo tono sarcástico—,
cuando hayas cobrado el dinero podrás
permitírtelo. Podrás irte a Montecarlo, o a Las
Bahamas, o...
—¡Ya basta! —gritó Coreen fuera de sí,
los ojos como platos en su rostro
pálido—. ¡Deja de atormentarme!
—¡Tom, por favor! —intercedió Bill por
ella. El ruido de un coche deteniéndose
frente a la casa atrajo la atención de
Tom, que se levantó y fue a abrir la puerta.
—No lo soporto más, no lo soporto...
—balbució Coreen dejando con manos
temblorosas la taza sobre la mesita—.
¿Por qué me hace esto?, ¿por qué...?
Bill peinó el corto cabello castaño de
su amiga con los dedos.
—Creo que es por algo que Barry le
contó —murmuró contrayendo el rostro y
meneando la cabeza—, pero no sé qué
pudo ser. Antes, en el cementerio, me dijo que
durante estos dos años había visto a
Barry a menudo, y que él le había contado cosas
acerca de ti.
Coreen dejó escapar una risa amarga.
—Conociendo a Barry, seguramente se
trataba de una sarta de mentiras para que
tuviera lástima de él —dijo—. Yo era
siempre la culpable de todos sus problemas —alzó
el rostro hacia su amigo—. Fui yo
quien lo arrastré a la bebida, ¿lo sabías? —añadió con
ironía.
—No, eso no es cierto, bebía porque
quería —replicó Bill con firmeza, no
queriendo imaginar de qué barbaridades
habría acusado su hermano a Coreen.
—Pues debes ser la única persona en
Jacobsville que crea eso —respondió la
joven viuda.
Desde el vestíbulo llegaron voces que
se acercaban, una profunda y muy calmada,
la de Tom, y otra aguda e impaciente,
la de Tina Tarleton. Al poco rato entraban ambos
en el salón.
—Creí que ese maldito notario ya
habría llegado —dijo irritada mientras se
sacaba los guantes negros con muy mal
genio.
—Supongo que tendría que ir a su
oficina para recoger los papeles necesarios
—dijo Coreen. La mujer le clavó la
vista, como si fuera un molesto insecto en el que
acabase de reparar.
—Cierto, y sin duda estará aquí muy
pronto —masculló—. Yo que tú empezaría a
hacer el equipaje para dejar esta
casa.
—No se preocupe, no me llevará demasiado
—le contestó Coreen. Bill la miró
extrañada pero no inquirió acerca del
porqué, y en ese instante se oyó cómo otro
vehículo se detenía fuera. Bill se
acercó a la ventana y levantó la cortina para mirar.
—Es el notario —anunció. Y tras una
mirada a su amiga, fue a recibirlo.
—Al fin —dijo Tina malhumorada, yendo
tras ella—. Ya era hora.
Coreen no se movió. Se quedó sentada,
observando fijamente el que había sido el
sillón preferido de Barry, y Tom, que
estaba de pie, la vio estremecerse de pronto y
observó cómo la mirada en sus ojos
azules se tornaba angustiada. De modo que se
sentía culpable... Y así debía ser, se
dijo. Esperaba que la remordiera la conciencia, y
que en toda su vida, no volviera a
tener otro momento de paz.
En ese momento entró en el salón el
notario, un hombre alto y con una incipiente
calvicie, seguido de Tina y de Bill.
Coreen se puso de pie y suspiró entre nerviosa y
aliviada. Al fin terminaría todo. No
sabía si bien o mal para ella, si Barry le habría
dejado al menos unos miserables
dólares o si tendría que empezar de cero, pero al
menos la pesadilla había acabado.
BIENVENIDAS A LA SERIE 11 ... ESPERO Y LES GUSTE ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA :))
Pobree!
ResponderEliminarSiguelaa Virgiii.. ;)
Sigueeee
ResponderEliminarMe encanto virgi espero los próximos caps..
ResponderEliminarSigueeeeeee!!!!!
ResponderEliminarSiguelaaa. Esta buenaaa
ResponderEliminar