lunes, 4 de julio de 2016

PARA ENTENDER MEJOR Y 1

PARA ENTENDER MEJOR.-
Coreen y Tom Kaulitz se enamoraron nada más conocerse, pero él se negó a
admitir sus sentimientos, y apartó a la joven de sí, echándola prácticamente en
brazos de su primo Barry, con quien terminó casándose. El matrimonio acabó siendo
un verdadero infierno para la joven, ya que su marido la maltrataba, celoso del amor
que ella aún sentía por Tom. Dos años después, Barry, que conducía ebrio, se mató
en un accidente de tráfico. Durante todo ese tiempo, Tom había creído las mentiras
de su primo sobre cómo el desprecio de Coreen lo había empujado a la bebida, pero
poco a poco iría descubriendo el horror por el que había pasado la joven, al tiempo
que tendría que afrontar sus sentimientos.

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 Capítulo 1.-
Tras el entierro, Tom Kaulitz se mantuvo alejado del resto de los asistentes,
observando fijamente y con desprecio a la joven y esbelta viuda enlutada, de pie junto
a un Rolls Royce negro, mientras recibía las condolencias de unos y otros. Su primo
Barry había muerto y aquella mujer era la culpable. No sólo había atormentado a su
marido durante dos años, empujándolo a convertirse en un alcohólico, sino que también
había dejado que condujera ebrio, matándose al precipitarse su coche por el borde de
un puente. Y allí estaba, sin una lágrima en sus ojos. Su hermano Bill, tras besar y
abrazar a la viuda, se acercó a él para reprenderlo por su actitud.
—Deja de mirarla de ese modo. ¿Es que no tienes sentimientos? —le espetó
enfadado.
Tom, de cuarenta años de edad, contaba dieciséis más que su hermano, y su
cabello, antaño oscuro como el de el, se había llenado de prematuras canas, pero por
lo demás, tenía el aspecto de un hombre mucho más joven.
—¿Acaso los tiene ella? —replicó con una sonrisa cínica, dando una larga calada al
cigarrillo que tenía entre sus dedos.
—Me prometiste que ibas a dejarlo —le recordó el. Tom enarcó una ceja.
—Y te estoy haciendo caso: ya apenas fumo, sólo cuando estoy nervioso o
irritado y siempre en lugares abiertos.
—Eso no basta, recuerda lo que te dijo el médico. Sé que detestas que te
sermonee pero eres mi hermano y me preocupa tu salud.
Tom esbozó una sonrisa amable.
—Está bien, tú ganas. Volveré a intentarlo... a partir de mañana —dijo. Bill
frunció el ceño, pero él había girado la cabeza y estaba observando de nuevo a la viuda
con la misma mirada gélida en sus ojos azules—. La amante esposa... —masculló—. No
ha derramado ni una lágrima tras dos años de matrimonio...
—¿Quién eres tú para juzgarla? Nadie puede saber lo que pasa dentro de un
matrimonio.
Tom ignoró el reproche y dio otra calada al cigarrillo escrutando de nuevo el
rostro de la viuda.
—¿Y a qué viene el velo entonces? —inquirió a su hermano, señalando con un
gesto de la cabeza el sombrero negro con velo que llevaba la mujer—. ¿Acaso teme que
la madre de Barry se pregunte por qué sus ojos están secos?
—Eres tan mordaz e insensible que no me extraña que no te hayas casado —lo
increpó Bill disgustado—, y tampoco me extraña que la gente diga que no hay una
mujer en todo Texas con valor para hacerte pasar por la vicaría.
—No hay una mujer en todo Texas por la que esté dispuesto a pasar por la
vicaría —corrigió él—. Sencillamente no soporto a ninguna.
—Y a Coreen menos que a ninguna —murmuró su hermano al ver que los ojos de
Tom habían vuelto a fijarse en la joven viuda—. Es curioso, hubo un tiempo en que
hubiera jurado que te gustaba.
—Tiene veinticuatro años y yo cuarenta; demasiado joven para mí, aunque
hubiera estado interesado en ella.
—¿Sabes, Tom? Te equivocas respecto a Coreen. No es la clase de persona que
crees.
—Me parece encomiable que defiendas a tus amigos, Bill, pero no lograrás
convencerme de que esa mujer de ahí está penando por su difunto esposo.
—Siempre la has tratado con la punta del pie —continuó el sin escucharlo. Tom
se tensó visiblemente.
—Eso es porque siempre estaba atosigándome.
Bill no contestó a eso.
—¿Irás a la casa después? —le preguntó—. Se hará la lectura del testamento
tras el almuerzo.
—Vaya, qué sorpresa, la viuda tiene prisa por saber cuánto dinero le
corresponde... —masculló Tom.
—Ha sido idea de la madre de Barry, no suya —le aclaró Bill irritado. Tom giró
la cabeza y se quedó observando un instante a una mujer delgada y de baja estatura
vestida con un elegante traje negro de diseño.
—¿De la tía Tina?
—Detesta a Coreen tanto o más que tú —dijo Bill—. Seguro que espera que
Barry no le haya dejado un centavo para poder echarla de la casa.
Tom tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la suela del zapato.
—¿Acaso te extraña? Coreen mató a su hijo.
—¡Tom!
La fría mirada en los ojos azules de su hermano podría haber cortado un
diamante.
—Ella nunca lo amó. Se casó con él sólo porque su padre había muerto y no le
había dejado más que deudas. Hasta la casa estaba hipotecada. ¿Y se mostró
agradecida al menos con Barry? No, pasó los dos años de su matrimonio haciéndolo
sufrir. Más de una vez tuve que ofrecerle un hombro donde llorar a nuestro pobre
primo.
—¿Cuándo? —inquirió el—. No recuerdo que fueras nunca a su casa. Incluso te
negaste a ser su padrino en la boda.
Tom apartó la vista.
—Vino a Victoria varias veces a verme por asuntos de negocios, y un día se
sinceró conmigo porque ya no aguantaba más. Me lo contó todo acerca de Coreen. Fue
ella quien lo empujó a la bebida.
—Eso no puedes probarlo. ¿Y acaso le has pedido a Coreen que te cuente su
versión de la historia? —le espetó su hermano—. Es mi amiga, Tom, y no voy a
permitirte que la acuses de ese modo. Al menos podrías acercarte a ella y darle tus
condolencias.
Tom enarcó una ceja.
—¿Por qué tendría que hacerlo cuando no le importa que su marido esté muerto?
Además, las apariencias nunca me han importado. No voy a darle mis condolencias sólo
por quedar bien ante ella o ante los demás.
Bill gruñó desesperado y regresó junto a Coreen. Cuando los asistentes
comenzaron a dispersarse, ambos subieron al Rolls Royce negro, y Henry, el chofer,
puso el automóvil en marcha dirigiéndose hacia la enorme casa.
—Tom estaba diciéndote algo acerca de mí, ¿no es cierto? —inquirió Coreen en un
tono tenso. El velo negro del sombrero resaltaba aún más la palidez de su rostro, y
había una mirada trágica en sus ojos azules. Bill asintió en silencio.
—No tienes por qué sentirte culpable por su actitud hacia mí —le dijo la joven
viuda—. Conozco a tu hermano desde que íbamos juntos a la universidad, ¿recuerdas?
Tom siempre me ha odiado. Es algo que viene incluso de antes de mi matrimonio—añadió.
Bill sabía que su amiga había estado muy enamorada de su hermano pero
ignoraba que él había sido el catalizador que la había empujado a aquel matrimonio, a
una unión que ella jamás había querido.
—Bueno, ya sabes que Tom siempre ha rehuido cualquier clase de compromiso
—murmuró, tratando en cierto modo de disculparlo—. Nunca ha ido en serio con nadie.
Coreen asintió con la cabeza.
—Supongo que lo que hizo vuestra madre lo afectó —dijo porque Bill le había
hablado de su infancia.
—Sí, después de aquello se volvió muy receloso con las mujeres —contestó su
amigo exhalando un suspiro—, aunque, ¿sabes?, durante un tiempo estuve convencido
de que sentía algo por ti —añadió mirando a Coreen por el rabillo del ojo, curioso por
ver su reacción.
Sin embargo, el rostro de la joven viuda no dejó entrever emoción alguna.
Durante aquellos dos años había aprendido muy bien a ocultar sus sentimientos, porque
su marido siempre había aprovechado el más mínimo signo de debilidad o vulnerabilidad
para atacarla. Un día, durante la primera semana después de la boda, había cometido
el error de mencionar a Tom en presencia de Barry, sin darse cuenta de que el solo
matiz en su voz al pronunciar su nombre había delatado que aún seguía amándolo. Esa
noche Barry volvió a casa borracho y le dio una paliza. Pero, de eso, nadie sabía nada.
—¿Por qué ha insistido Tina en que el testamento se lea tan pronto? —le
preguntó Bill, arrancándola de tan amargos recuerdos. Los largos dedos de Coreen
se aferraron al bolso negro que tenía sobre las rodillas.
—Porque está segura de que Barry se lo ha dejado todo a ella, incluida la casa
—contestó—. Ya sabes cómo se opuso siempre a nuestro matrimonio. Si la hizo
beneficiaria única, me echará a la calle antes de que anochezca. Y apuesto a que lo
hizo —murmuró con la mirada vidriada—. Me daba cien dólares a la semana y con eso
tenía que arreglármelas para hacer la compra y pagar las facturas.
Su amigo alzó el rostro hacia ella, sobrecogido por aquella revelación, y de
pronto se fijó en que el vestido que llevaba Coreen no era precisamente nuevo. Sabía
que no había sido precisamente feliz en su matrimonio, pero nunca había tenido a
Barry por uno de esos avaros que daban con cuentagotas el dinero a sus esposas.
Después de todo, sin saberlo, tal vez no había andado muy desencaminado al decirle a
Tom aquello de que no podía saber lo que había ocurrido dentro del matrimonio de su
primo y Coreen.
—Sólo tengo los vestidos que me compré antes de casarme —le dijo Coreen
adivinando lo que estaba pensado y evitando su mirada—, pero no me importó —se
apresuró a añadir—, me las apañé con lo que tenía. Nunca he necesitado demasiado.
Sin embargo, a pesar de esa aseveración, lo único en lo que podía pensar Bill
era que su tía había acudido al entierro con un vestido de diseño exclusivo, mientras
que Coreen llevaba uno que no aguantaría otra temporada.
—Pero, ¿por qué?, ¿por qué te hacía eso? —inquirió indignado. Coreen sonrió con
tristeza.
—No te preocupes. Aunque me haya dejado sin un centavo, no me derrumbaré.
Buscaré un trabajo. Me las arreglaré como sea.
—Pero no puede haber sido tan cruel, tiene que haberte dejado algo...
La joven viuda meneó la cabeza.
—Bill, Barry me odiaba, ¿es que nunca te diste cuenta? Estaba acostumbrado
a que las mujeres se le echasen encima y no podía soportar la idea de ser la segunda
opción de nadie —le dijo—. Pero todo ha acabado... ha acabado... —murmuró más para
sí que para su amiga—. Oh, Bill, me siento tan avergonzada...
—¿Avergonzada de qué? —inquirió el joven que no terminaba de comprender
sus palabras.
—Del alivio que siento —respondió Coreen en un susurro apenas audible, como
temerosa de que el coche tuviera oídos—. ¡Se ha acabado!, ¡al fin se ha acabado! Y no
me importa que la gente crea que yo lo maté —concluyó estremeciéndose.
A Bill le picaba la curiosidad pero no quiso presionarla. Coreen se lo contaría
algún día, cuando se sintiese preparada para hacerlo. Durante aquellos dos años apenas
había tenido contacto con ella ya que Coreen siempre le decía que no podía recibirla,
que a Barry lo ponían de mal humor las visitas, pero Bill siempre le había quitado
importancia, diciéndose que se debería a que era exageradamente posesivo, que no
quería que su esposa prestara atención a otras personas.
—Bueno, ahora podremos quedar de vez en cuando sin tener que hacerlo a
escondidas —le dijo Bill. Coreen alzó los ojos preocupada hacia los de su amigo.
—¿No le habrás contado a Tom que teníamos que vernos así?
—No, nunca se lo conté —fue la contestación de Bill—. De hecho... —murmuró
vacilante—, de hecho me cortaba cada vez que intentaba hablarle de ti.
Los delgados hombros de Coreen se relajaron y giró el rostro hacia la ventanilla.
—Ya veo.
—¿Qué es lo que ves? —masculló Bill irritado ante esa resignación—. Yo... ¡no
es justo lo que está haciendo contigo! No lo comprendo, Coreen, no entiendo por qué se
comporta así. Su actitud hoy durante el entierro me ha avergonzado.
—Apreciaba a Barry —contestó la viuda sin mirarla. Barry había tenido engañado
a todo el mundo, así que, ¿por qué iba a haber sido el hermano de Bill una
excepción? No, Tom no tenía ni idea de lo que su primo la había hecho pasar.
El vehículo se había detenido y el chofer les abrió la puerta.
—Gracias, Henry —murmuró Coreen, tomando la mano que le ofrecía para
ayudarla a bajar. Henry pasaba ya de los cincuenta y era un militar retirado, fornido y
de corto cabello canoso, que llevaba años trabajando para Barry. Nadie lo sabía pero le
debía su vida a aquel hombre.
—No hay de qué, señora Tarleton —respondió el chofer suavemente.
Bill entró en la casa con Coreen, observando extrañado que no saliera a
recibirlas criada alguna, ni cocinera, ni mayordomo... lo cual era en verdad bastante
raro, dado que la vivienda tenía un total de ocho habitaciones, casi el mismo número de
cuartos de baños, y que Barry había ganado una fortuna con sus negocios.
—Barry despidió a todo el servicio al poco de casarnos —le dijo Coreen al
advertir su asombro—, a todos excepto a Henry —añadió mientras se quitaba el
sombrero y lo dejaba sobre una mesita—. No le gustaba que la gente lo viera conducir
su propio coche.
Se quitó también la chaqueta y, al hacerlo, una de las mangas del vestido se le
levantó un poco, dejando por un instante al descubierto la marca de un cardenal en el
antebrazo. Casi había desaparecido, observó mentalmente Bill, que recordaba lo
amoratado que lo había tenido el día que se lo hizo; de los cardenales del rostro ya no
quedaba ni huella.
De aquello hacía algo más de una semana. Se había presentado en Jacobsville sin
avisar para darle una sorpresa a Coreen, pero al llegar a la casa nadie había
contestado al timbre. Extrañado, fue a preguntarle a la vecina si sabía si el señor y la
señora Tarleton habían salido. La mujer le dijo que estaban en el hospital, que parecía
ser que ella había tenido un accidente. Bill se había ido corriendo al hospital, pero
al llegar allí, comprobó para su alivio, aunque la encontró llena de moraduras y con un
esguince en el tobillo, que no había sido nada grave. Barry le explicó que Coreen había
estado practicando ala delta y que había tenido una caída un tanto aparatosa. Bill
sabía que su amiga era aficionada a ese deporte desde sus días de universidad, pero
sus compañeros siempre habían dicho que era una verdadera maestra, así que parecía
extraño que se hubiera descuidado de ese modo. «Es que se levantaron unas rachas de
viento muy fuertes de repente, y no tuvo tiempo de reaccionar», le explicó Barry
cuando ella hizo ese comentario, « ¿No es verdad, cariño?», había dicho volviéndose a
Coreen. Y ella había asentido.
—Siéntate, haré un poco de café —le dijo su amiga, sacándola de sus
pensamientos.
—Oh, no, ni hablar, lo haré yo —se apresuró a replicar Bill—. Eres tú quien
necesitas que se ocupen de ti. ¿Has podido dormir algo esta noche?
Coreen meneó la cabeza.
—No dejo de tener pesadillas —le confesó frotándose la frente mientras
tomaba asiento en uno de los sofás del salón.
—¿Y esas pastillas que te dio el médico para dormir?
—Me da miedo empezar a tomarlas y no poder pasar sin ellas.
—Tonterías, no te ocurrirá nada por tomar una o dos. Además...
Pero Bill no terminó la frase porque en ese momento se abrió y se cerró la
puerta principal. Sólo una persona se consideraba con la libertad de entrar sin llamar
al timbre. Oyeron pasos acercarse desde el vestíbulo, y al cabo apareció Tom
aflojándose la corbata. No llevaba su sombrero vaquero y con aquel traje oscuro tan
elegante no parecía el mismo.
—Estaba a punto de hacer café —le dijo su hermano lanzándole una mirada de
advertencia para que no fustigase a Coreen—. ¿Quieres una taza?
—Sí, por favor.
—Coreen, ¿quieres que prepare algo para almorzar? —se ofreció su amigo.
—La verdad es que no hay demasiado en la nevera, ni en la alacena —respondió la
joven.
—Tranquila, veré qué puedo hacer —sonrió Bill y se fue a la cocina,
mordiéndose la lengua para no mencionar la poca consideración de los vecinos. No
quería incomodar a Coreen. Era tradición en las zonas rurales llevar comida preparada
a quienes habían tenido un fallecimiento en la familia, y la de Jacobsville era una
comunidad muy unida.
Tom, sin embargo, no era tan considerado como su hermana y, en cuanto ésta
hubo desaparecido, puso el dedo en la llaga:
—¿Cómo es que nadie te ha traído comida? —le preguntó con aspereza a la joven
viuda, esbozando una sonrisa cruel mientras tomaba asiento frente a ella—. ¿Es que
los vecinos también creen que mataste a tu marido?
Coreen sintió náuseas en la boca del estómago, pero tragó saliva y alzó sus ojos
azules hacia él.
—Nunca tuvimos una relación estrecha con ningún vecino. Barry decía que si les
dábamos confianza acabaríamos teniéndolos en la casa todo el tiempo. Nunca le gustó
la gente.
—Y a ti nunca te gustó él —masculló Tom con puro veneno en la voz—. Me lo contó
todo sobre ti, Coreen, todo.
La joven no tenía que preguntarle para imaginar qué clase de mentiras le habría
contado, como que era frígida y lo había rechazado desde que se habían casado. Cerró
los ojos y se frotó la frente, donde se estaba formando el principio de un dolor de
cabeza.
—¿No tienes un negocio que atender? —le espetó—, ¿varios, de hecho?
Tom cruzó una pierna sobre la otra.
—Mi primo ha muerto y he venido a su entierro.
—Pues el entierro ya ha terminado —le respondió ella cortante.
—Y supongo que ya debes estar imaginándote con los millones de Barry en tu
bolsillo. Pues yo que tú no contaría aún las ganancias: todavía no se ha leído el
testamento. Tina ya viene hacia aquí.
—Espoleada por ti, sin duda.
Tom enarcó las cejas.
—No necesita que nadie la espolee.
Coreen se puso de pie. El dolor y el tormento de aquellos dos años la estaban
corroyendo por dentro como el ácido.
—Yo no maté a Barry.
Tom también se levantó.
—Dejaste que se subiera a un coche y que condujera cuando había bebido. Sí,
Coreen —añadió asintiendo con la cabeza ante la mirada de estupefacción de la
joven—, las noticias se extienden como la pólvora en las pequeñas localidades como
Jacobsville. Bill y yo hemos vuelto a instalarnos en el rancho y la gente dice que en
la fiesta de los Ballenger, anteayer, Barry te pidió que lo llevases a casa, y tú te
negaste, así que se marchó solo y salió disparado por el borde de un puente.
De modo que así era cómo las malas lenguas habían tergiversado los hechos...
Coreen se quedó mirando a Tom pero no dijo nada. Bill no le había dicho que habían
vuelto a Jacobsville para quedarse. ¿Cómo iba a soportar tener que vivir en la misma
ciudad que Tom?
—¿No te defiendes? —la retó burlón—. ¿No vas a buscar ninguna excusa?
—¿De qué serviría? —le contestó ella cansada—. Tú ya me has condenado, igual
que los demás.
Tom caminó por el salón, deteniéndose junto a una estantería, y se giró hacia ella.
—Barry me escribió hace un par de semanas —le dijo de repente—. En su carta
decía que había cambiado el testamento, y que me mencionaba en él. ¿No lo sabías?
No, Coreen no lo sabía, lo único que Barry le había dicho era que lo había
cambiado pero desconocía su contenido.
—Imagino que también mencionará a Tina —continuó Tom, acercándose a ella y
mirándola fijamente.
Había una sonrisa tan engreída en sus labios, que las manos de la joven se
cerraron clavándose las uñas en las palmas para contener la ira que se estaba
apoderando de ella. Estaba harta, harta del incesante aguijoneo de Tom. ¿Por qué tenía
que soportarlo después del infierno por el que había pasado?
—Márchate, por favor —le rogó desesperada—. Márchate...
Tom se había detenido apenas un metro frente a ella y Coreen no estaba segura
de poder contener mucho más tiempo las lágrimas que se estaban agolpando en sus
ojos. Bajando el rostro para que no pudiera ver la angustia en él, trató de pasar por su
lado para huir escaleras arriba, pero tropezó con el borde de la alfombra, y estuvo a
punto de caer de bruces al suelo cuando Tom, en un acto reflejo, dio un paso adelante
y la sostuvo, quedando la joven atrapada en un inesperado abrazo. Años atrás le habría
parecido un sueño encontrarse entre los fuertes brazos de Tom Kaulitz, pero después
de su matrimonio con un hombre que la había maltratado, aquel contacto provocó
miedo en Coreen.
—¡Déjame!, ¡suéltame...! —gimió zafándose y echándose atrás. Se dejó caer sobre
el sofá y rompió en amargos sollozos ocultando el rostro entre las manos. Tom, que no
se había esperado esa reacción, se quedó mirándola estupefacto, sintiéndose mal por
haberla puesto en ese estado, pero se dijo que si lloraba era porque se sabía culpable.
De mala gana se sacó un pañuelo del bolsillo y lo puso en las manos de la joven.
—Sécate esas lágrimas de cocodrilo —le ordenó malhumorado. Justo en ese
momento regresaba Bill con una bandeja cargada con un plato de sándwiches, café,
y algo de fruta pelada y cortada. Al ver el rostro lloroso de Coreen y sus ojos
enrojecidos, lanzó una mirada fulminante a su hermano, pero éste no se dio por
aludido.
—Vamos, Corrie, come un poco, te vendrá bien —le dijo a su amiga mientras
depositaba la bandeja sobre la mesita baja entre los sofás enfrentados. Tom volvió a
sentarse observando cómo Bill servía el café y le daba una taza a su amiga.
—Tina me ha dicho durante el entierro que está alojada en un motel —comentó
sin dar tregua a Coreen—. ¿No hay sitio para ella en la casa de su propio hijo?
La joven, que había recobrado la compostura, lo miró brevemente antes de
responder con aspereza:
—Le ofrecí que se viniese aquí estos dos días, hasta que regresara a Houston,
pero se negó.
Tom bajó la vista a la taza de café que su hermano le estaba pasando en ese
momento.
—Cuando todo esto haya acabado, deberías marcharte un par de semanas a un
lugar tranquilo —le dijo Bill a Coreen—, a la costa, por ejemplo. Ahora es temporada
baja y no habrá nadie.
—Sí, ¿por qué no? —intervino de nuevo Tom, en el mismo tono sarcástico—,
cuando hayas cobrado el dinero podrás permitírtelo. Podrás irte a Montecarlo, o a Las
Bahamas, o...
—¡Ya basta! —gritó Coreen fuera de sí, los ojos como platos en su rostro
pálido—. ¡Deja de atormentarme!
—¡Tom, por favor! —intercedió Bill por ella. El ruido de un coche deteniéndose
frente a la casa atrajo la atención de Tom, que se levantó y fue a abrir la puerta.
—No lo soporto más, no lo soporto... —balbució Coreen dejando con manos
temblorosas la taza sobre la mesita—. ¿Por qué me hace esto?, ¿por qué...?
Bill peinó el corto cabello castaño de su amiga con los dedos.
—Creo que es por algo que Barry le contó —murmuró contrayendo el rostro y
meneando la cabeza—, pero no sé qué pudo ser. Antes, en el cementerio, me dijo que
durante estos dos años había visto a Barry a menudo, y que él le había contado cosas
acerca de ti.
Coreen dejó escapar una risa amarga.
—Conociendo a Barry, seguramente se trataba de una sarta de mentiras para que
tuviera lástima de él —dijo—. Yo era siempre la culpable de todos sus problemas —alzó
el rostro hacia su amigo—. Fui yo quien lo arrastré a la bebida, ¿lo sabías? —añadió con
ironía.
—No, eso no es cierto, bebía porque quería —replicó Bill con firmeza, no
queriendo imaginar de qué barbaridades habría acusado su hermano a Coreen.
—Pues debes ser la única persona en Jacobsville que crea eso —respondió la
joven viuda.
Desde el vestíbulo llegaron voces que se acercaban, una profunda y muy calmada,
la de Tom, y otra aguda e impaciente, la de Tina Tarleton. Al poco rato entraban ambos
en el salón.
—Creí que ese maldito notario ya habría llegado —dijo irritada mientras se
sacaba los guantes negros con muy mal genio.
—Supongo que tendría que ir a su oficina para recoger los papeles necesarios
—dijo Coreen. La mujer le clavó la vista, como si fuera un molesto insecto en el que
acabase de reparar.
—Cierto, y sin duda estará aquí muy pronto —masculló—. Yo que tú empezaría a
hacer el equipaje para dejar esta casa.
—No se preocupe, no me llevará demasiado —le contestó Coreen. Bill la miró
extrañada pero no inquirió acerca del porqué, y en ese instante se oyó cómo otro
vehículo se detenía fuera. Bill se acercó a la ventana y levantó la cortina para mirar.
—Es el notario —anunció. Y tras una mirada a su amiga, fue a recibirlo.
—Al fin —dijo Tina malhumorada, yendo tras ella—. Ya era hora.
Coreen no se movió. Se quedó sentada, observando fijamente el que había sido el
sillón preferido de Barry, y Tom, que estaba de pie, la vio estremecerse de pronto y
observó cómo la mirada en sus ojos azules se tornaba angustiada. De modo que se
sentía culpable... Y así debía ser, se dijo. Esperaba que la remordiera la conciencia, y
que en toda su vida, no volviera a tener otro momento de paz.
En ese momento entró en el salón el notario, un hombre alto y con una incipiente
calvicie, seguido de Tina y de Bill. Coreen se puso de pie y suspiró entre nerviosa y
aliviada. Al fin terminaría todo. No sabía si bien o mal para ella, si Barry le habría
dejado al menos unos miserables dólares o si tendría que empezar de cero, pero al

menos la pesadilla había acabado.


BIENVENIDAS A LA SERIE 11 ... ESPERO Y LES GUSTE ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA :))

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